viernes, 25 de noviembre de 2005

El mundo abarcable

Hay ritos, estúpidos, constantes, que sólo se tienen con unas pocas personas y que siempre vuelven, de forma inconsciente, cuando menos te lo esperas. Como cuando fuimos a la boda de Carmelo y yo no veía a Alonso desde hacía cuatro o cinco años, pero se encendió un cigarro y se lo quité de la boca para fumármelo yo, un acto reflejo que se había repetido mil veces durante los años de Facultad (qué lejos quedan y lo que los añoro a veces) y me miró, sonrió y dijo: "Hay cosas que nunca cambian" y sólo entonces me di cuenta de que era cierto, que él siempre prendía cigarros que yo le quitaba... Y me entristecí, porque esos tiempos se han acabado ya, esa vorágine de charlas intensas, de abrazos y de amor brutal a diario hace mucho que se fue y me encanta darme cuenta de que los lazos fuertes siguen con alguna gente, con mucha gente, pero me entristece darme cuenta de todo lo perdido. De esa inocencia que se fue de pronto.
El mundo era abarcable, entonces. Demasiado abarcable, todo estaba por hacer y todo era posible y elucubrábamos dónde estaríamos en el 2005... ¿Hijos? No nos veíamos con hijos, ni con otras parejas que no fueran las que se mantenían entonces, ni nos veíamos separados aunque sabíamos que se nos acababa el tiempo. El mundo parecía pequeño: la izquierda, la revolución, el anarquismo, las drogas, el compromiso social, la disidencia, la resistencia, la verdad... Había muy pocos conceptos en nuestras vidas, nos movían pocas cosas, pero eran las mejores. Realmente fueron las mejores y ni siquiera nos dábamos cuenta; yo, al menos, no me percataba de tantísima acción; los días se te escurrían entre los dedos: Jandro me llevaba al campo a hablar de mi yo primitivo y a construir las bases de una amistad con la que no han podido la distancia y los kilómetros; Carmelo me acogía en su casa, fin de semana sí y fin de semana también, en ese piso franco de la calle Orden de Malta, equiparable al de la Calle Tintes, de Javi de Palos; Karmen me regalaba tardes de compra interminables que acababan en el McDonalds; Baranco me hacía descubrir que a veces uno se enamora y ni siquiera sabe si se ha enamorado, Mariángeles y María Vázquez me hacían comiditas; Eugenia y María construían de su casa un lugar para las tormentas... Y había palabras, muchas palabras. Nadie abandonó. Nos sentíamos muy orgullosos de nosotros, de nuestros logros, Carmelo le enseñaba mis tarjetas de Navidad a medio Cox y medio Cox nos visitaba más tarde: sus amigos de allí, de ese pueblo alicantino tan perdido que sólo vimos cuando se casó, me preguntaban si era yo la que escribía; Karmen me decía que me veía escribiendo novelas; Maricarmen y yo nos regalábamos a Mario Benedetti, leíamos las poesías de David y Josémari, las recitábamos de memoria, hablábamos mucho de historia y de política, pero sobre todo de Literatura, sobre todo de libros que nos pasábamos, nos dejábamos, recomendaciones constantes... Qué hermosos son los descubrimientos inocentes. Qué hermoso es cuando el mundo te parece tan abarcable y tan justo.

1 comentario:

arwen dijo...

Es precioso Olga. Hay cosas que compartimos en la facultad y otras que no, pero me has hecho recordar muchas cosas.
Y yo voy más allá, a esos cuatro años, pero también a otros tres que no he dejado atrás porque también sigue habiendo personas que están ahí, que, afortunadamente, siguen estando ahí.
Personas que me dieron conversaciones en las noches melillenses, que se arrancaron a bailar conmigo,que compartieron mis locuras, mis ataques de risa interminables y, sobre todo, porque para mí fue muy importante, me dieron no uno, los dos hombros para que me apoyara, llorara, me secara las lágrimas y me diera cuenta de que yo y ellos éramos muchísimo más importantes que cualquier otra persona, o una persona en concreto, que se fuera de mi vida.
POr ellos