Ella
Le están reservadas todas las fotos en los viajes, como al gnomo de Amélie. Los cafés con ella me quedan ronca, porque nos robamos las palabras y porque los jalono con tabaco. Dice que no tiene autoridad, pero lo cierto es que aglutina en torno a sí a un montón de gente de la que ella es nexo de unión y parte indispensable. No tiene secretos inconfesables. Es amistosa: esto es, cuida a la gente a la que quiere. Se emociona con las cosas pequeñas. Va de cara, es contundente y es realista. Le gustan los zapatos, la ropa, los jabones de colores y los libros y las series de treinteañeras urbanitas que buscan su espacio y por eso en Nueva York hizo el recorrido de Sex and the City. Compra ediciones de películas clásicas de lujo. Me descubre y me recuerda lo que soy y me habla de todas las incoherencias de mi carácter como si fuera yo misma. Le brillan el pelo y los ojos. Paso con ella seis días por semana. Y no me canso.
ÉlColecciona recuerdos, que son todo su patrimonio. Cocina, sin que le moleste nadie, salsas riquísimas para partidos de fútbol aburridos; bocadillos deconstruidos de mortadela y ensaladas con salmón y especias Thai. Habla pausado, escoge las palabras, te amplía el vocabulario y construye frases como si fuera lo más fácil del mundo, pero no escribe porque ha de buscar el momento y, sobre todo, la conciencia. Es radical, en sentido estricto. Una de sus principales aficiones es observar a los demás y, por eso, y porque todos somos sota-caballo-y-rey, puede emitir juicios psicológicos certeros. Viaja para verlo todo y querría ver mucho más. Llega a los 33 sereno, dejando un trabajo y con toda la incertidumbre del mundo, pero no importa. Comenzará de nuevo como si fuera la primera vez que cambia de vida.