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jueves, 27 de diciembre de 2007

El plan es sólo arte




Madrid, 19 de diciembre de 2007.


El plan es sólo arte. La mejor pinacoteca del mundo, el claustro de los Jerónimos, la ampliación de Moneo, las Fábulas de Velázquez y la colección general. Me hace falta un carnet de prensa, constato. Veo a Sorolla, Goya, Madrazo y descubro los retratos fuertes de Vicente López, a quien no conocía.

La imagen es el retrato que Vicente López pintó de Francisco de Goya.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Aprendo a mirar II

También están la lluvia y el frío y las paradas para comer (Madrid es muy sano, demasiado sano: no permiten fumar en casi ningún sitio) y el aire que se cuela en las rendijas y los carteles grandes, las firmas de ropa con ropa prohibitiva, el metro caluroso y esta forma de aprender a viajar sola sin estar sola del todo, porque llama Arwen, porque llama Sonia, porque son las cuatro y media de la tarde y a las nueve he quedado con Begoña. Pero sola veo Ocultos y sola veo las esculturas poderosas de Camille Claudel y sola leo sus cartas y como en Vitamina un buffet libre de ensaladas y en el mercado de Fuencarral me hago socia de Greenpeace y vuelvo a sacar mi libreta de Shakespeare para hablar de estas vacaciones en Madrid cerca de la Navidad.

Vuelvo a aprender a mirar. En el metro hay un señor que se parece a Tomás Segovia. Me encuentro en Trafis con un tipo al que conozco de alguna manifestación por una vivienda digna, Kois explicándome qué camino había que tomar si la policía cargaba, y conozco a Íñigo, que trabaja en todo, desde buzo para obras bajo el agua hasta porteador y que construye altillos -lo que me costó robar esas maderas- y hablo un poco con quien me encuentro y descubro que, en esta ciudad impersonal, la gente sonríe si tú sonríes primero.


Imagen de la página Escribir es vivir.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Aprendo a mirar


Madrid, 18 de diciembre de 2007.

Veo a la Camille Claudel atormentada y a una mujer de rodillas ante una chimenea -El pensamiento profundo- y el corazón se paraliza y me oprime porque hay historias de amor que te mantienen encerrada durante treinta años, a pesar del orgullo, la dignidad -no se pase más por mi taller- y el tormento.

Aprendo a mirar. Compro una libreta con las letras tachadas de William Shakespeare. Escribo en los bares, de nuevo. Recuerdo lo que han dado de sí tres días y medio: la desazón de las Vidas Minadas de Gervasio Sánchez, leer títulos de libros (y comprarlos: ensayos de Virginia Woolf, los dos volúmenes que me faltaban de Memoria del Fuego, de Galeano y varios otros que no puedo nombrar porque son regalos de Reyes; tres catálogos de exposiciones -la de Claudel, la de Gerva, la del paisaje que reúne a Pollock, Nolde -me he enamorado-, Munch, van Gogh, Constable- y alguno más, que dejo en Traficantes de Sueños -William Wordsworth: volveré). Y un café en el Café Gijón lleno de cuadros, la foto de Alfonso a la izquierda, cerillero y anarquista; tres ancianos hablando a borbotones, con la mirada lúcida y un vermú de grifo. Y un concierto divertido, emocionante, de los Flying Pickets, la voz como instrumento más bello del mundo; los nervios de Nerea con una hipoteca a nombre de su hermana y una posible nueva vida y un crédito ICO para un ordenador con el que ver películas y el Círculo de Bellas Artes y Bergman, y el Hostal Olga, donde eché mi primer polvo, y mil letreros divertidos en las calles (José Luis y sus Chaquetillas, Sailor y Lula) y el metro que te lleva a todos lados...

viernes, 7 de diciembre de 2007

Agenda para unas vacaciones de frío

Me voy a Madrid una semana, acabo de decidirlo y de hablar con mi partenaire, que tiene que trabajar (pero que sacará tiempo para mí). Y, como además de pasarme por la 8 1/2 y de trastear en librerías, me apetece una visita culturo-festiva, apunto aquí lo que tengo que ver y a dónde tengo que ir para que no me ocurra como con la exposición de Roy Liechtenstein, que la última vez fui a verla justo el día que cerraba el Museo...



1.- Don McCullin. Sala de Exposiciones Canal de Isabel II -Santa Engracia, 125. Es uno de los mejores fotoperiodistas del mundo y me apetece mucho una exposición fotográfica.
  • Hora: Martes a sábado, de 11:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:30h; domingos y festivos, de 11:00 a 14:00h; lunes, cerrado.
  • Precio: Visitas guiadas gratuitas los sábados de 12:00 a 14:00 horas y de 18:00 a 20:00 horas y los domingos de 12:00 a 14:00 horas.
2.- Museo del Prado, para las Fábulas de Velázquez, los pintores del XIX, la ampliación de Moneo y las puertas de Cristina Iglesias. Y para detenerme, otra vez y de nuevo como siempre, ante El Descendimiento de Van der Weyden, que es mi cuadro favorito.
  • Los Grecos del Prado
    Fecha de inicio: 04/12/2007
    Fecha de fin: 10/02/2008
    Hora: De martes a domingo de 9:00 a 20:00h
    Precio: General, 6 euros. Reducida, 3 euros. Entrada gratuita de martes a sábado, de 18:00 a 20:00h y el domingo, de 17:00 a 20:00h. Venta Vía web, Centro de Atención al visitante o en el teléfono gratuito 902 10 70 77.
  • El siglo XIX en el Prado
    Fecha de inicio: 31/10/2007
    Fecha de fin: 20/04/2008
    Hora: De martes a domingo de 9:00 a 20:00h
    Precio: General, 6 euros. Reducida, 3 euros. Entrada gratuita de martes a sábado, de 18:00 a 20:00h y el domingo, de 17:00 a 20:00h. Venta Vía web, Centro de Atención al visitante o en el teléfono gratuito 902 10 70 77.

  • Fábulas de Velázquez: Mitología e historia sagrada del Siglo de Oro
    Fecha de inicio: 20/11/2007
    Fecha de fin: 24/02/2008
    Hora: De martes a domingo de 9:00 a 20:00h
    Precio: General, 8 euros. Reducida, 4 euros. Entrada gratuita de martes a sábado, de 18:00 a 20:00h y el domingo, de 17:00 a 20:00h. Venta Vía web, Centro de Atención al visitante o en el teléfono gratuito 902 10 70 77.

3.- Durero y Cranach. En el Museo Thyssen-Bornemisza.

  • Pases: De martes a domingo, de 10:00 a 19:00h; lunes, cerrado.
  • Precio: Precio exposición temporal: 5 euros. Estudiantes, jubilados y mayores 65 años: 3,50 euros. Exposición temporal + Colección permanente, 9 euros. Reducida, 5 euros para estudiantes y mayores de 65 años. Exposiciones de la serie Contextos de la Colección permanente son gratuitas. La taquilla cierra a las 18:30 horas. Venta anticipada de entradas en las taquillas del Museo y en centros El Corte Inglés.
  • Hora: Martes a sábado, de 11:00 a 20:00h; domingos y festivos, de 11:00 a 14:00h; lunes, cerrado.
  • Precio: Entrada gratuita. Reserva de visitas guiadas para grupos en el teléfono 91 374 66 53

5.- Gervasio Sánchez. Vidas Minadas. Diez años después. Instituto Cervantes. Alcalá 49.

  • Hora: De lunes a sábado, de 11:00 a 14:00 y de 17:00 a 21:00h; domingos y festivos, de 11:00 14:00h.

6.- Día 15 de diciembre. Shuarma. Sala Caracol. C/ Bernardino Obregón, 18.

  • Hora: 22:30 horas.
  • Precio: 15 euros.

7.- Día 16 de diciembre. Flyin Pickets. Sala Galileo. C/ Galileo, 100.

  • Hora: 19:30 horas.
  • Precio: 10 euros.

8.- Día 18 de diciembre. Dayna Kurtz en la Sala Clamores. Calle Alburquerque, 14

  • Hora: 21:30 horas.
  • Precio: 12 euros.

9.- La abstracción del paisaje. Fundación Juan March. Calle Castelló, 77. Es decir, aquí Turner, aquí Rothko, aquí Richter, aquí mi queridísima O’Keefe y mis no menos queridos Pollock, Gottlieb, Constable, Van Gogh, Klee, Munch o Kandinsky (mi partenaire se acordará de los debates que se marcaba, carta va, carta viene, con sus teorías sobre "De lo espiritual en el arte").

  • Hora: Lunes a Sábado: 11.00 a 20.00 hs. Domingos y festivos: 10.00 a 14.00 hs.
  • Visitas guiadas gratuitas: Miércoles y jueves: de 11.00 a 13.30 hs. Viernes: de 16.30 a 19.30 hs. Las visitas guiadas comenzarán cada 30 minutos, cada una para un máximo de 15 personas, por orden de llegada.

10.- Roma S.P.Q.R. Centro de Arte Canal. Paseo de la Castellana, 214.

  • Hora: de lunes a domingo, de 10:00 horas a 21:00 horas.
  • Precio: general, 6 euros.

11.- Exposición Ocultos. Son fotos de culos. De Robert Capa, Cartier-Bresson, mi Mapplethorpe querido, Man Ray...

  • Hora: de 11.00 a 20.00 h. Miércoles de 11.00 a 15.00 h.
  • Días: del 3 de octubre de 2007 al 6 de enero de 2008.
  • Lugar: Sala de exposiciones de la Fundación Canal (Mateo Inurria, 2).
  • Precio: Entrada libre.
¿Por qué? Pues porque este año me he encontrado con dos meses de vacaciones, de los que no he disfrutado ningún día porque he tenido que estudiar un examen suspenso. Porque hace mucho que no voy a Madrid. Porque me apetece atracarme de arte. Porque me apetece tomarme un vermú. Porque tengo ganas de vacaciones...

Y porque me gusta el estrés de ocio.

Las fotos son mías, de una de mis últimas visitas a Madrid. No seáis muy crueles, que las he escogido de entre lo mejor.

jueves, 25 de octubre de 2007

Ésta fue mi casa

Allí viví yo. En el segundo piso, encima de los ventanales. Y me sentaba en ese balconcillo a hablar, por las noches, con mi compañera, una mujer menuda, es(tré)pitosa, apasionada, a la que le entraba el nervio a las tres de la mañana y con la que miraba la luna y el edificio de la UNED, con sus arcos ojivales y sus gárgolas.

Allí viví yo hace siete años. Me salvaron la vida tres hombres (un soldado, un sindicalista, un anarquista). Me llevaban diez años, los dos primeros, y dieciocho, el último. No es una frase hecha: me la salvaron de verdad. Hubo otros, porque en Melilla hubo mucha gente. Entre ellos, un tipo leal, con nombre de escritor, que me regaló el único anillo que no me quito jamás y la capacidad de no escuchar las habladurías que llevaran mi nombre. Pero también un periodista loco, que cruzó en coche el Parque Hernández y que me llamaba para ir a romper el ayuno en Ramadán. Y un chaval de quince años, internado en un centro de menores, con el que miré los dibujos que hacía la sangre del cordero en el sacrificio de Aïd El Kebir.

Melilla fue también un grupo de gente desperdigada, de amigos contingentes a los que da igual el tiempo que hace que no veas. Fue el descubrimiento, la madurez, el aprendizaje a base de problemas, problemas y más problemas, el desarraigo, la búsqueda, los amigos. Fue la supervivencia, porque es una ciudad sin ley y allí cada uno se hace las leyes como puede. Hubo otras ciudades después, pero ninguna que recuerde tanto como ella, ninguna que me haya conformado tanto -salvo Sevilla y quizá-, ninguna tan determinante. Porque allí estaban Ángel Castro y sus obras de teatro maravillosas para sus niños de La Salle; Vicente Moga pidiéndome libros descatalogados y el director de cierta institución, de la que no voy a decir el nombre, dando órdenes de que me llevaran a la Biblioteca para que cogiera cuanto quisiera porque era yo y le gustaba leerme.

Melilla fue el té con hierbabuena, que los cristianos no sabemos hacer; fue aprovechar el día de inicio del Ramadán para tomar, con dos amigas mías musulmanas, todo el cerdo y todas las cervezas del mundo; fue un niño perdido que siempre estuvo ahí en la sombra, para que yo me diera cuenta, meses más tarde, de que había estado ahí siempre, con los brazos prestos, el abrazo grande, el beso y la caricia; fueron los viajes de Los Cuatro Carreteros hacia los acantilados de plata de Aguadú, el lugar más hermoso de la Tierra, los cortados donde se matan los inmigrantes que llegan por mar o donde aparece algún cadáver de ajustes de cuentas de vez en cuando; fueron el faro del Hospital del Rey, los jeringos de Los Arcos, los desayunos en el Tropical Rudy; las tapas del Casino; el Palacio de la Asamblea y sus sillones; la frontera de Farhana y su hachís; las coreografías con Arwen en La Vaca; mil canciones que siempre me recordarán ciertos momentos; un mercado con especias olorosas y cien calles que no he vuelto a pisar.

Y ellos dos. Una vive ahora en mi misma ciudad. Otro está en Granada y ya he contado nuestra historia en este lugar. A él suelo verlo en las crisis, cuando acudo. Hace tres años que no ha hecho falta. De allí me los traje y se quedaron.

Hoy he visto la foto de mi casa y se me ha agolpado un año en dos segundos.

La primera imagen se la he robado a Arwen, que sí que ha vuelto a casa.


La otra imagen es de Ángel RM.

domingo, 14 de octubre de 2007

Miranda del Castañar



He aprendido a distinguir cuáles son los boletus más ricos, a caminar por los pueblos queriendo mirar de otra manera, a descubrir cinco colores distintos en una hoja de vid y a saber cómo se cazan los jabalíes en plena sierra, saliendo a por ellos, bicharracos de más de cien kilos a los que se espera por la noche, sin luz y en silencio.

En Salamanca hay pueblos del siglo XII por los que pasa un río, con la plaza de toros más antigua de España, al pie de un castillo, y con una posada donde se escucha a los Niños de los Ojos Rojos y te hablan de una seta que en la Edad del Bronce servía para hacer fuego. En el Hostal Condado, que también es un hotel, Ángel y Nati te tratan como en casa y sacan vino a mediodía con chorizo y jamón propio, y cocinan tostones a la brasa y hacen una sopa de cocido que resucita a los muertos. Algunos sábados hay baile. Nosotros jugamos a las cartas y pasamos de hablar de Nessum Dorma y Otelo al gonzo, porque somos así de polivalentes. Por eso mi hermano menor toca la gaita en medio del pueblo, notas sobre piedra, y a la orilla de un río y yo echo de menos un papel y un boli, que es la manera que tengo de recordar más tarde la luz cayendo, las sombras, las inscripciones de las casas, el adobe y la madera, los paseos, un sendero con bayas, una alborada fresca y las ganas de hablar de cosas sencillas.


Las fotos son mías. La cámara no y por eso tiene esa fecha engorrosa que no me ha dado la gana de quitar porque no las he editado.

sábado, 29 de septiembre de 2007

La revolución azafrán (Myanmar)

Visten de naranja, se han rapado el pelo y caminan silenciosos a pesar de los soldados, las balas y los toques de queda. Se les unen muchos, miles, porque recuerdan que los monjes servían como intermediarios entre el pueblo y los reyes; porque protestaron contra el colonialismo británico (y los ingleses se largaron, como siempre, por la puerta de atrás), para pedir una democracia y por la subida del precio de los carburantes. No hay dinero para sanidad ni para educación. Mucha gente no puede comer dos veces al día. Los militares son caros: es una ley histórica.

La llaman la revolución azafrán, pero aún no ha revuelto nada. Tampoco revolvió nada el arresto domiciliario de Ang San Suu Kyi, que dura cuatro años, ni una dictadura militar de décadas. Sólo que ahora ocupan las primeras páginas de los periódicos, se busca un gentilicio para los habitantes de Myanmar (a los que se les sigue llamando birmanos) y se habla de los monjes y su historia. De que a las protestas se las responde con trincheras.

Dentro de un tiempo, que será poco, Myanmar pasará a ser una columna en página par a la derecha. Con ciertos temas siempre ocurre lo mismo. Idéntico comportamiento editorial para Asia que para África: las dictaduras, el hambre, algunas guerras, sólo son noticia cuando no hay noticias.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Michelena

En Pontevedra hay una librería que se llama Michelena, como la calle en la que está. Es un pasillo interminable, largo y estrecho, porque en medio de las estanterías de madera hay torretas con más libros. Aquí ensayos literarios, allí novela, allí poesía, aquí los libros en gallego, los cuentos, las revistas especializadas, el estante de Periférica casi vacío, la sección de cine, la de música, la de fotografía, la de historia... Los dependientes saben quién escribió qué, dónde está, cuántos ejemplares quedan: los ves andar de un lado a otro, con libros en las manos, leyendo en sus ratos libres, aconsejando a los clientes y dejándoles tranquilos para que, ellos también, hojeen y lean.

A mi hermano, que toca la gaita -en el casco antiguo de Cáceres, cuando va- y que aprende gallego, le gustaría montar una librería y conoce la Michelena de cabo a rabo. Recorro su biblioteca, entre Mr. Potato de La Guerra de las Galaxias, guerreros de Xi'an, grabados japoneses, katanas, hadas y recuerdos de las bodas de los amigos. Mucha poesía, mucho clásico de siglos, todo Shakespeare, mucho Quevedo, Propp, Pushkin, Las Mil y Una Noches, Quino, Séneca. Títulos imprescindibles y títulos que desconozco.

Cuando entro en una librería me da un penterre. Porque allí están: los que me faltan de Dickens -Casa desolada, Los Papeles Póstumos del Club Pickwick, La Pequeña Dorrit, La tienda de antigüedades, David Copperfield-; los que me faltan de Dumas -El Vizconde de Bragelonne a la cabeza-; los que me faltan de todos -Goytisolo, Colinas, Kertész, Grossman, Byron-. Ahí están y yo no tengo tiempo.

Atesoro libros como otros descargan películas que no podrán ver nunca. Y la vida se diversifica y compro tres manuales de fotografía porque quiero aprender a mirar a través de un objetivo y que una imagen mía también cuente una historia, y voy al gimnasio por pura y dura cuestión de kilos y sedentarismo, y voy al cine y al teatro y no hay nada que me guste más que ver a mis amigos y hablar, hablar, hablar...

Y procuro arañar el tiempo. Porque, además y lo confieso, soy de esa clase de mujeres que salen de compras cuando están estresadas (mi último estrés: Stevenson y Barrie. El penúltimo: Galeano, Wilde, Andersen y Conrad). Y espero la ocasión propicia para abrir cada uno de ellos, en silencio, pasando hojas, cerrando páginas. Y, mientras espero, porque calculo que hay unos 400 libros de mi biblioteca que aún no he abierto, sigo comprando y me da un penterre cuando entro en una librería. Porque allí están: Johnson, Arendt, Rilke, Proust, Habermas, Goethe, Cummings, el María Moliner... Allí están ellos, con sus cantos de sirena malditos, porque un día cogieron una pluma de ave, un bolígrafo, un ordenador, y emborronaron cuartillas y crearon versos y respondieron a todas las preguntas.

Y tú estás allí también, intentando resistirte, me harían falta unos zapatos de entretiempo, tengo que ahorrar para el carnet del coche, que me está costando una pasta; o para un piso algún año de éstos, o para viajar, o para ir de copas...

Y al final, piensas: qué coño.

Cada uno tiene sus vicios.

Imagen del marcapáginas de Óscar Villán. El resto está cogido de la página web de la propia librería.

jueves, 23 de agosto de 2007

Paraísos perdidos

Imagen de Madrid: Ramón Durán. Plaza de España.

Hay dos ciudades cuyas calles aprendo de memoria en cada visita. No hay más paraísos que los perdidos: por eso me conformo con habitarlas poco a poco, con colocar el tiempo donde puedo para ver a todo el mundo, con sentirme yo como en ningún otro sitio soy yo.

Imagen de Sevilla: Vincent Benoit. Café.

En cada una de ellas, el rito siempre es el mismo. Me espera una mujer a la que beso en la boca. Voy a casa y me desnudo. Me desnudo por fin, verdaderamente, toda yo entera. Y hablo y por fin digo, porque yo hablo mucho pero casi nunca digo nada. Bebo vino o ron miel, nos reímos hasta que nos duele el cuerpo, fumamos, escucho durante horas. Camino, observo a la gente, escribo en los bares, espero a que lleguen los amigos. Soy yo como en ningún otro sitio soy yo y me reconozco y al fin me gusta lo que veo. Y recuerdo que no volveré a vivir allí, que nunca podré vivir allí, y me aplastan las calles y el cielo, pero hay dos mujeres que me abrazan. Veo gente con la que no vivo, pero que sabe de mí más que nadie. Pienso en volver pronto y siempre vuelvo tarde, para recuperar los meses, para saber que soy feliz, que puedo compartirlo y compartirme. A pesar de que, siempre, en algún momento de ese paseo solitario que es también un rito, la nostalgia, la añoranza, la tristeza, acaben acompañando mi percepción de esas dos ciudades que se me niegan. Y que apreso como puedo en un fin de semana, siempre muy corto, muy rápido, muy nervioso y sin horas.

domingo, 11 de febrero de 2007

Lugares de regreso

De nuevo en la estación, de nuevo los andenes, las agujetas en los hombros, las maletas cargadas de libros por leer, de discos escuchados una y mil veces. Otra vez la bienvenida y los abrazos, los bolsos en el coche, los cafés lentos, las llamadas preguntando por los planes: "Veros", responde: "Preferiblemente, de uno en uno. Y en el mismo lugar, porque me falta el tiempo".

Han talado los árboles. Los troncos sirven como asientos y ella, que no distingue un geranio de un rosal, piensa que podrían haberlos arrancado de raíz, como si nunca hubieran existido. Sólo un agujero que muestre lo que hubo. Recuerda noches de hace años, bebidas ya todas las bebidas y fumado la mitad del hachís en El Salvador, cuando El Bola y Mario y Alonso, borrachos como cubas, comenzaban a cantar: "Yo me voy pa l'Alamea", a seguir bebiendo y a seguir fumando y a hablar de fútbol y a recitar poesías y a tomar café o el último gin tonic en el bar más facha de La Macarena. Recuerda un paseo solitario, de introspección, bajo un cielo de plomo en el que caminó sin rumbo desde la Facultad hasta llegar adonde siempre, adonde vivió Carmelo, ese tipo sabio que le enseñó de Historia, que le alimentó el alma con comida cuatro veces por semana y que siempre será su refugio favorito. Vio vida en las ventanas, escuchó voces de etapas que se cierran y regresó para escribirlo todo: "Estoy en casa -comenzó-. Casa significa Sevilla y, de Sevilla, la Alameda de Hércules; y, de la Alameda, el Café Central". Recuerda las palabras que Josémari le dijo un día, en medio de un abrazo con murmullos, en la puerta de otro bar eterno, cuando llegue la lluvia estaremos ahí, pero la lluvia llegó y hacía frío y ella se encontraba siempre demasiado lejos. En otros puertos, en otros andenes, de un lado a otro buscando unas raíces que perdió hace ya ni sabe cuánto.

Hay otros lugares: la Pila del Pato, con Borges, Tagore, Pessoa y Tabucchi leído en italiano. Un patio con carpas rojas, ajedrez y guitarras, Alonso regalándole, cada 26 de junio al llegar las doce, cuatro frases de 'Rosa María', "pensando si el recuerdo es algo ajeno a lo vivido", cambiándole el significado a las palabras, ofreciendo libros y poemas, recordando siempre que la vida importa. El Lokal inencontrable, salvo con un plano, su escenario lleno de latíos, los instrumentos a punto para un circo nómada de resistencia, las tascas de Triana, el Naima de John Coltrane, la calle San Luis llena de heroína hasta que cerraron el chiringuito del Melero, que se habrá muerto ya de sida o sobredosis; El Paladar con sus croquetas y sus proyectos; las noches de Barato en Los Bermejales... Demasiados sitios para apresarlos en dos días, cuando las costumbres de todos han cambiado tanto y cuando los círculos se van reduciendo sin remedio.

La Alameda pronto será un barrizal intransitable y sólo el tesón ha hecho a los antiguos seguir ocupándola, para demostrar que no importan las máquinas, ni las vallas, ni los muertos arrancados. Y a ninguno se le escapa que Sevilla es, quizá, la ciudad más puta y drogadicta de España o quizá es que ella lo sabe porque conoce a la mitad de los que duermen al raso, y que hay demasiado trasiego de gente pidiendo agua para disolver los paquetillos, demasiada marginación, demasiada puñalada danzando por los aires. Pero nadie hará nunca lo que ha de hacer, porque dinero llama a dinero y porque estamos viviendo la suma de los errores de todos. Y desde algunas ventanas de bares acogedores, a pesar de ello, se puede seguir manteniendo la ilusión de que todo sigue como siempre, con el sol en lo alto, sin nubes y sin lluvias.

domingo, 28 de enero de 2007

La Balada del Café Central

Hay cierta clase de gente que sólo sale por la Alameda y que la visita cuando quiere sentirse en casa. Hay prostitutas rubias de bote que enseñan las tetas a las siete de la tarde y esperan billetes para espantar el mono, y gorrillas que lanzan litronas para luchar por un terreno que no es suyo ni es de nadie. Están la estatua del maestro Caracol y el bullicio puntual del mercadillo, y la gente se ríe y habla, y hay espacio donde encender un fueguito, tocar el djembé, fumarse unos porros como un rito antiguo, detener el tiempo. Hay días en los que el cielo se te cae trozo a trozo y esa Alameda cabrona e inhóspita, comprometida y acogedora, es el único lugar donde todo se derrumba y se reconstruye, una y otra vez.

El Café Central tiene tres puertas por donde se cuela el frío, y mesas de máquinas de coser para calmar los nervios con el traqueteo. Es uno de los pocos bares de Sevilla donde una puede ponerse a escribir sin que la miren ni le pregunten y hay gente que va sola pidiendo tranquilidad y compañía, porque la soledad sigue siendo hermosa y terrible cuando se espera a alguien que te salve de la soledad y porque toda despedida es una traición si no dura siempre. Yo llegué hace años, me llevó un amigo regalabares callado que se transformó. Ahora hay allí una camarera menudita que lee 'Hamlet' en sus ratos libres, Shakespeare comprado en una librería de viejo, y que te sonríe mientras tú emborronas páginas y esperas. Y una morenaza de pelo largo y labios preparados para la risa, que sortea bailando a los compañeros y que pregunta si ya han llegado los amigos.

Los bares la escogen a una como la escogen quienes van al lado, bares para espantar el miedo, para huir de la lluvia, para reencontrarse. Bares que son capaces de engañar a esta sociedad prejuiciosa y conservadora, donde acuden gays y heteros haciendo rancho común, como si realmente estuviera cerca el día en que todos fuéramos capaces de 'entender' un poco mejor. El Café Central toca sus horas de retirada y los minutos de lucha por llegar a la barra o pillar una mesa y se escucha a Lenny Kravitz y a La Unión, que me traslada a los acantilados de plata de Aguadú en esta Sevilla que no tiene mar.

En el Café Central también hay un camarero de jueves a domingo, un tipo moreno, de pelo corto, fibroso y de nariz aguileña, del que ni siquiera sé el nombre pero que siempre acude salvo cuando no es su día. Tiene una camiseta roja de Spiderman, el Spidey de los viejos tiempos, con el uniforme antiguo, el Trepamuros de mi niñez que aún no tenía una hija que le sustituyera y que malvivía haciendo fotos para un periódico de jefe gruñón. Debe de tener buen gusto si le gustan los cómics, pero sólo he intercambiado con él las palabras "enchilada roja, Coca-Cola y Marqués de Cáceres", porque el oficio de periodista nos está volviendo alcohólicos a todos. Él también sonríe y consigue alegrarte la noche, aunque esté oscura y se tambalee, aunque el camino esté trazado y tú debas regresar y despedirte.

La Balada del Café Central sólo puede cantarse desde la distancia, bares que son otra ciudad, a unos pocos cientos de kilómetros, en un lugar que no elegiste y con locales asépticos sin camareros que sonríen, y sin mesas con gatos y sin algunas caras a las que quisieras ver más a menudo. Se entona bajito, sin conversaciones en corro, sin humo de hachís, sin aroma de vino, sin cuadros de caballos, sin amigos cerca. Esos amigos que esperan verte caminar de nuevo por la Alameda, de nuevo en casa.

lunes, 4 de diciembre de 2006

Barcelona

Prometo no tardar cinco años en volver. Y lo prometo porque dos días son pocos, poquísimos, para apresar nada de una ciudad como ésta. Me recordó a Madrid. Me recordó a Madrid quizá porque me sentí igual de cómoda que en esa otra ciudad que recorro tanto. Visité curvas y un mercado, lleno de frutas exóticas e insípidas. Paseé. Paseamos. Nos reímos. Arreglamos el mundo.

Y tuve mi ración de descubrimiento. Una cena compartida, unas copas, vino (anotado para la posteridad: Ribera del Duero, Pago de Carraovejas), de charla. De constatar lo que ya sabía. Que, después de un lustro telefónico, Internet, el móvil y el cara a cara no difieren un ápice...


Barcelona ha tenido colores. El de los árboles, los rojos de la casa de Tania y Óscar, la noche cayendo a las cinco de la tarde, el crisol de gentes caminando por las Ramblas, el de los azules y rosas de La Pedrera o los lilas y mares de la Casa Batlló.




Sensaciones. La sonrisa de un anciano que me explicó a Gaudí. La honestidad de un taxista que me dejó en la puerta y apagó el taxímetro y me contó su vida. La de quienes alternaban el catalán y el castellano, hasta que me descubrí diciendo "deu", "bon día" y "gracies". El cansancio en las piernas. Querer andar más, apresar más, y no poder.



Y Gaudí. Que nos ha quedado la sensación de que Barcelona no existía antes de que él llegara, porque hay otras Barcelonas que no hemos podido ver.

Necesito más días en ese lugar...

sábado, 30 de septiembre de 2006

Madrid I

Sepan vuestras mercedes que caminamos por las mismas calles donde otros hombres, de carne y sangre o quizá de leyenda, caminaron antes: Lope de Vega, Cervantes, Quevedo, Tirso de Molina, Murillo, Velázquez... Todos pisaron esta misma plaza.

Piénsenlo. Recuerden vuestras mercedes Madrid, suéñenlo, porque la memoria de los que les precedieron les demandará justicia.

Madrid II










Madrid. El Madrid de los Austria,












el de Valle-Inclán,

















Larra


















y Juan Gris.












El Madrid de franquicias,












el de las obras inacabables,











el de las campanadas de fin de año,














el Madrid tumultuoso, el de calles amplias,











barrios residenciales, moles sin ton ni son.










El Madrid que también se vuelve acogedor a ratos, el que se puede patear para ir encontrando, poco a poco, lo que un día fue.

Madrid III


Ese Madrid de callejuelas, la Plaza Mayor como centro y como excusa para sentarse en el suelo, tomar un café, lanzar besos al aire.












Las ventanas con postigos,











la Gran Vía rotunda,











el Parque de las Tetas, las tabernas con vino y vermouth.
















El Madrid que es rojo de ladrillo, las tejas antiguas, la Cibeles, la Plaza de España y Don Quijote y Sancho. El Madrid desconocido para los madrileños, el clima recio, el humo, los coches.















Y el Madrid militante.

Madrid IV






La ciudad que puede, gracias a unos pocos,














transformarse en grito, en protesta y en rabia.










La que dibuja agujeros en la realidad















y piensa que todo está por hacer y todo es posible.

















La de los músicos callejeros,













los mendigos en la plaza, la depredadora, la que niega sueldos que la disfruten y techos donde guarecerse.

viernes, 29 de septiembre de 2006

Madrid V

Esta ciudad me cabrea y me enamora a partes iguales. Ya no es la promesa no resuelta, el lugar en el que debería vivir, sino las calles a las que vuelvo, al menos una vez al año, para caminarlas con cuatro o cinco personas. Para recordar lo que soy, lo que quiero, el camino que sigo. Para calmar y para sentir.

A pesar de la gente, del ruido, de los semáforos que no dan tiempo a cruzar la calle, de las escaleras mecánicas por las que todo el mundo corre, de la prisa, el estrés, la individualidad exacerbada, el anonimato. Esta ciudad estruendosa y loca también es mi casa, también es mía, aunque la pise con tanta premura como los que viven allí y como los que también la odian y la aman sin decidirse nunca por un sentimiento u otro.

Madrid VI

Madrid es, también, los cafés que no bebí, los porros que no me fumé, el vino y las copas que jamás se compartieron, el tabaco rubio, el tabaco negro, Madrid Rock, Malasaña. Sentir que tú no mereces que se rompan las reglas. Los lugares que pisaron otros con él, pero no tú. Este Madrid es también un no. Un no que nunca se asume, pero que siempre se podrá comentar con Nerea, hasta que ya no duela y ya no importe. Madrid es ella, sobre todo, y es su casa, y es su cama, y es su olor, aunque también sean otras personas a ratos, más reales que el recuerdo de lo que nunca sucedió y de lo que ya no ocurrirá jamás.