De conciertos y ambientes
El niño ríe y grita y salta sobre un pie y juega y se emociona y me regala -creo- un puñaíto de palabras. Le brillan los ojos y canta y deja cantar y le arropan los amigos. No fue perfecto, porque hay un teatro en mi ciudad con una acústica espantosa en el que se empeñan en hacer conciertos o porque algún duende de esos suyos jugó con el sonido. Pero había una niña que movía los brazos, dos amigas mías que saltaban, muchas miradas y, sobre todo, mucho asombro. Repetiremos, supongo.
Algún día hablaré del fenómeno fans.
