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sábado, 3 de noviembre de 2007

Sabía que te irías

No me equivoqué contigo. Sabía que te irías, tarde o temprano, que yo no te buscaría, que no podría buscarte, que me ampararía en el respeto, que sólo sería posible algún correo electrónico que espera una respuesta que no va a llegar porque no puede llegar.

Recuerdo tu voz llena de tabaco. Las ganas de querer que te escondieras en mí. La sonrisa grande, el abrazo, la caricia. Veo tus manos de la misma forma en que las siento, porque nadie tiene tiempo de recorrerte el cuerpo lentamente. Releo algún mensaje ("es genial bailar contigo"), memorizo la mirada del primer encuentro, mi temblor de piernas, la danza lenta de una canción de Uncle Kracker, deshacer la cama con un motivo durante meses, desear una palabra...

Sólo espero que, en una de éstas, no se me olvide tu cara.

Imagen de Contra-Diction.

domingo, 28 de octubre de 2007

Finales


Las historias se acaban. El mayor problema es decidir cuándo. Seguimos, a pesar de conocer el final, de saber la fecha exacta, de recordar la frase que las volvió del revés o que cambió el cien por un cero. A pesar de la autodestrucción (no debí confiar, no debí mostrar, no debí hacer); de la constancia, de las lágrimas, del miedo, de las oportunidades. Si el "no" ya lo tenemos, ¿deberíamos intentarlo? ¿Deberíamos seguir intentándolo? ¿Cómo se sabe qué importante eres para una persona, lo que significaste, lo que aún puedes ser? ¿Fuiste un buen rato delante de una pantalla, fuiste un polvo, o dos, apresurados, descolocaste su existencia? ¿Cómo se mide eso? Qué hacemos con el miedo a preguntar, a que piensen que somos demasiado insistentes, o que estamos demasiado desesperadas, o que tampoco fue para tanto, niña. Cómo guardamos las ganas de pedir, de escuchar una voz, de mirar. Cómo puede la petición no transformarse en exigencia. Cómo saber que no es demasiado tarde. Cómo saber cuánto tiempo tiene que transcurrir, cuando el otro se va, para dejar de desear que vuelva...

Este texto está dedicado. La persona a la que se lo he escrito ya sabe que es para ella. Y no: no habla de mí. Aunque también. Y no, niño: no eres tú.


lunes, 1 de octubre de 2007

Encargos

Las historias de amor son todas curiosas. Algunas nos crean heridas que otros curan, pacientemente, aunque ellos no sean culpables del dolor. Otras van y vienen: comienzan cuando dos son pequeños, se acaban, pasan años y llega el tiempo del reencuentro y la alegría. De crear proyectos comunes, organizar una boda, elegir trajes, invitar a los amigos que están lejos y a los que han asistido diariamente a esta historia recobrada. Llega el tiempo de los nervios, de las dudas, de pensar si saldrá bien, de creer que saldrá bien. De saber que la otra persona es la correcta. Que el otro es tu idioma, tu patria y tu cuerpo.

No se puede explicar el amor. Las palabras tampoco bastan mucho. No describen la pasión, la felicidad, los cosquilleos en el estómago, ni la serenidad cuando ves a alguien y sientes que por fin estás en casa. No son suficientes para explicar por qué sabemos que podemos, que queremos, pensar en dos. Dejar de ser uno del todo para ser del todo de alguien. A pesar de las dificultades, de las crisis, de los mil problemas. A pesar, también, de las ausencias.

No sé si desear suerte. En una boda no se desea suerte. Sólo, quizá, que esto no suponga ningún esfuerzo. Que no haya que trabajar el amor, porque el amor no necesite trabajo. Que fluya solo. Que no desaparezcan las ganas de contar cada nimia cosa que ocurre. Que te puedas mirar en los ojos de otro, y reconocerte, y saber que eres mejor porque te miras con sus ojos. Que el otro te conforme y te complete y te construya. Que sigáis siendo dos, aunque seáis juntos. Que os apasione lo cotidiano: una puesta de sol, un libro, un paseo, un café con amigos, hacer un viaje. Que sepáis que el mundo es vuestro. Eso es lo único que puedo desear en una boda...

(Cariño, a ver si te vale, porque la verdad es que yo no estoy nada inspirada y escribir de amor se me da fatal).

Imagen de olvwu.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Si supiera

Imagen de Renmeleon.

Escribir, siempre, es escribir una carta a alguien. Aunque después no la lea. Si supiera que no la ibas a leer nunca, te diría muchas más cosas. Podría abrirme entera, dejar que te escondieras dentro de mí, mirar tus abismos, sentir vértigo. Intentaría conjurar el miedo, el tuyo y el mío, porque me quedan pendientes un café en Madrid, ver un atardecer extremeño de los que glosó Antonio López, sentarme a la orilla de un lago al Norte, ir a un concierto, mirarme contigo en una pantalla de cine (aunque ya no repongan esa película), enseñarte las ciudades que amo, presentarte a la gente que me quiere, oírte hablar, sonreír, verte trastear por una casa (fregar los platos, hacer la cama, cocinarme); que seas, realmente, el primero en sacarme a bailar; regalarte un libro, hacer un viaje, recorrerte el cuerpo.

Imagen de equusignis.

Si supiera que no la ibas a leer nunca, te hablaría de la frustración, del desengaño y de las máscaras. De mi concepto del amor, del dolor y del llanto. De lo necesario que me eres a veces, aunque no surjas ya como un ahogo. Te contaría mis planes, te lanzaría a la cara mis verdades inmutables de un segundo y sabrías, por fin, que no tengo opinión de casi nada.

De ti tampoco. Ni de ti siquiera.

sábado, 15 de septiembre de 2007

El baile más antiguo del mundo

El beso, el abrazo, la caricia, el tacto de una lengua húmeda y dulce, la mirada, las manos que no saben dónde posarse, los susurros, la miel y el agua, la boca que apresa otra boca, los mapas, las yemas de los dedos, el mordisco, el ardor, la calma, los vaivenes, las palabras, la bañera y el colchón, las risas, el ruido, un gemido imperceptible, el estallido de los músculos, el reconocimiento, el cansancio, la entrega.

Me lo dijeron una vez.

Es el baile más antiguo del mundo.

A Sorrow, porque también le gusta bailar.

Imagen de 3amfromkyoto.

viernes, 7 de septiembre de 2007

No sé si te han contado...

No sé si te han contado alguna vez cómo se abre una mujer. La asfixia que se nota de golpe, los nervios concentrados en el centro, la sensación de que caes, de que te estás cayendo, y no hay asidero alguno al que agarrarse, cómo se nota la humedad dentro, cómo resbalan los líquidos, cómo notas que están bajando, que eres agua caliente, que la única parte de tu cuerpo que reacciona y que se mueve es esa agua que quiero que te bebas como si hubieran pasado siglos desde que la tomaste por última vez.


Eso sucede cuando la excitación es lenta. Pero hay veces que un estímulo acelera el pulso y en un segundo vuelves a ser agua densa, jugo espeso, y notas que tus piernas se abren porque tu sexo se abre, que quiere partirte por la mitad y el sexo abierto te duele, y no lo calma un dedo, porque necesitarás dos, al menos, metidos dentro, o una lengua lenta y profunda que repte despacio, o un sexo duro, terriblemente duro, también mojado, entrando, saliendo, embistiéndote, y no existen los brazos, ni las piernas, ni la espalda, sólo nosotros, clavados, moviéndonos, intentando acoplar ritmos, tus ojos muy abiertos, tu boca dentro de mi boca, mi boca dentro de la tuya, el baile más antiguo del mundo, el instinto, la mente ocupándose de los centros, del movimiento de los músculos, de apresar todo lo que se mueve, y se escurre, del calor que cubre el cuerpo, del peso que me aplasta mientras entras y sales y me quemas y me llenas y vuelves a beberme...

El cuadro, por supuesto, es de Modigliani y el texto primigenio se lo escribí a Adúlter, pero alguien me hizo cambiarle un par de palabras...

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Ahí te va

Deseo

Imagen de Jeroen Willekens.


Quiero poner mi boca
a un palmo de tu ombligo.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Sin finales

Me estoy volviendo experta en historias inconclusas. No en historias acabadas, que sería un consuelo, porque uno puede superar, medianamente, todos los finales -la muerte también, o te suicidas-, sino en historias de puerta abierta, cuyos discursos acaban por no tener significado alguno. Comencé a los 25, con un tipo que me regalaba cuadros y poemas y que jamás ha quedado con nadie a quien hubiera conocido por Internet. Porque la vida real es mejor, aunque yo no las distinga, y porque tuve la desgracia de encontrármelo en un foro, que si me hubiera topado con él en el metro, podría haber tenido la oportunidad de escucharle la voz y la risa, de tomarme un café a su lado, ver un atardecer extremeño, ir al cine o darle las gracias. Nunca sabré por qué no hizo excepciones. Seguimos hablando, no se nos olvidan las fechas importantes, tardó un año en decirme su nombre y, desde hace siete, ir a Madrid es pensar en una persona a la que jamás veré. De vez en cuando aún manifiesta la osadía que no perdió diciéndome que nunca se sabe. Pero yo sí lo sé, porque hay cosas que han de hacerse a tiempo para que no pierdan todo el sentido.

Lo mejor es que después duele menos. Si llega alguien igual ya no importa tanto, o importa por el recuerdo, por la sensación, que no se va, de no haber aprendido nada en siete años. Al final eres tú mismo quien se da la explicación que no recibió, la única posible, y es que nunca importaste, más allá de unos correos apresurados o de una charla por Messenger. Lo mejor es que después duele menos y a veces ni duele.

No duele tampoco cuando se aventuran las razones de una desaparición abrupta, las heridas de quien rompe la cadena por el eslabón más débil. Y agradecerías una llamada, un hola qué tal, un lo siento, un no puedo, un ya sabes que no puedo. Pasaste por una vida, la descolocaste un segundo que duró casi dos años y, de vez en cuando, quieres intentarlo: mandar un mensaje, llamar tú. Pero te vence el respeto por otra decisión. Por otra persona que no espera que hagas nada, ni siquiera una noche de borrachera móvil en mano porque hace siglos que no te emborrachas. Su poder era elegir y yo lo sabía y lo acepté, aunque a veces me quede la sensación de que he sido una prueba, o un juego. Ya: nunca fui un buen soldado.

Del próximo que llegue, sabré cuándo empieza, pero espero dejarle claro que pretendo, si no es mucho pedir y sin afán de molestar, oiga, que tenga la decencia de decirme por qué acaba.


Imagen de Madrid: imagonovus.
Imagen de Almería: jlmieza.

domingo, 15 de julio de 2007

Cuando acabe...


... no me preguntes qué tal.
No me jodas la noche.

miércoles, 30 de mayo de 2007

Comprar un billete...




...ir a un hotel, no salir de las cuatro esquinas de una cama, comenzar a ser agua muchas veces, descubrir el cuerpo, arañar las horas, hablar, hablar, hablar. Perder la memoria. Ser piel. Despedirte rápido y para siempre. Volver a la estación, caminar lento, sentir el dolor punzante de los músculos. Refugiar un adiós en la risa. En la risa, los abrazos, los besos en la boca... y en la mejor palabra que se puede decir, que se puede escuchar.
Cuéntame. Cuéntame ahora mismo.
Y desnudarte de nuevo, mil veces.



Después del baño. Desnudo secándose el costado. Degas.

lunes, 28 de mayo de 2007

.


lunes, 7 de mayo de 2007

Una vez

Una vez quise. Quise de la manera en que quiere todo el mundo: definitiva, abismal, sin esperanza. Luego he querido de otras formas. Sin lágrimas, porque nunca las tuve, pero me las devolvieron con creces durante un año; con calma, como si se pudiera querer calmadamente; contenida, porque no es lo mismo el control que la represión, me repetí, aunque jamás haya llegado a creerme del todo aquella frase. Me regalaron cuadros de Georgia O'Keefee, Chagall y Klimt; poemas de Miguel Hernández, José Hierro, Ángel González, Goytisolo, Barrett Browning, Alejandra Pizarnik y otros cientos; canciones de Ella Fitzgerald y Andrés Calamaro. Ya no miro títulos de libros pensando que estarán en su estantería, pero tampoco hace falta porque soy parte de él. Y con esto quiero decir precisamente eso: que ciertas partes de mí, ahora, le deben lo que son. Que le debo lo que soy o parte de lo que soy o algunas de las mejores partes de mí. No he vuelto a querer así. Dudo mucho que vuelva a querer así.


La jaula

Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa
desnuda en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

Alejandra Pizarnik.

Lo que hago mejor últimamente es alejar a la gente que me importa.

jueves, 26 de abril de 2007

Te presto


Te presto la ternura y las ganas de abrazarte por dentro, de acariciarte el corazón, de que descanses de tu vida y de tus miedos.
Abandónate.
Permítetelo.

viernes, 13 de abril de 2007

Noviembre y la memoria

Noviembre siempre ha sido mi mes favorito, porque todo ha comenzado siempre en otoño y porque el otoño es siempre el inicio del año, aunque las etapas tengan nombre de ciudades. Noviembre comenzó, sin melancolía alguna, pero con una memoria nueva y recuperada, una memoria que hacía mucho que no se manifestaba tan bien, tan contundentemente, tan determinante y tan preciosa. Porque ha pasado mucho tiempo de todo, tanto tiempo que ni me acordaba y, sin embargo, ayer volvió todo al principio, el primer día del mes más hermoso del año, por los significados, el aire amarillo, las hojas ocres, la calidez del alma cuando fuera hace frío pero no importa. Ayer tuve un cuerpo, tres cabezas, tres memorias, tres pares de ojos, dos pares de ojos que me miraban y me reconocían y uno, el mío, que se perdía en bailes, en miradas verdes y marrones, cuatro manos que me tocaban y una sensualidad voluptuosa que sólo recupero con dos personas, que hacía mucho tiempo que no recuperaba con dos personas y por eso volvió la memoria y me sentó muy bien que volviera porque hacía más de un año la había perdido y ni siquiera supe darme cuenta. No fue el alcohol, pero también actuó, porque jamás he bebido tanto, pero no tengo resaca, pero estoy muy bien, aunque mi estómago se queje a ratos, muy suave, y la boca me sepa a un tabaco que no paro de fumar a pesar de todo... Y aunque la cabeza rebobine, y me asuste, porque me acuerdo de cada instante y no perdí el control, pero me dejé llevar y me dejé llevar mucho y me sentó muy bien tener tres cuerpos y seis brazos y seis piernas y tres bocas que cantaban y un par de hombres pendientes de mí, riéndose conmigo, jugando conmigo y a mi favor. Me sentó muy bien, tan bien que ni me lo creo, aunque volveré a recordarlo muchas veces.


Me sentó tan bien que podría haber seguido así horas, quizá días, yo borracha, Javi borracho, Keko borracho, mucho vino, muchas copas, mucho abrazo, mucho alcohol, canciones en las que nos fijábamos, letras que dolían pero que tampoco importaban, un mundo de tres que era abarcable y que se desvaneció de madrugada, presente que ya sólo es pasado y que duró un instante. Pero tuve tres cuerpos y hacía tiempo que no estaba tan cómoda en el mío. Keko, Javi y yo, los tres juntos, tenemos un rollo muy bueno, muy sexual pero muy cachondo, muchas bromas pero muy sensual y nunca llega la sangre al río, pero nos reímos mucho y hacía más de un año que no teníamos una noche así. Hacía mucho tiempo que no abrazaba a Keko, hacía mucho tiempo que no me reía tanto con Javi, hacía mucho tiempo que no bailábamos, hacía mucho tiempo que no me mimaban los dos, mano a mano; hacía mucho tiempo de tantas cosas que se me habían olvidado y ayer recuperé la memoria.
La memoria y la risa, porque nos reímos mucho, nos reímos tanto que me dolían las mandíbulas, y nos burlábamos y acabamos tambaleándonos y en algún momento yo tenía dos cubatas encima de la barra y en algún momento nos abrazábamos los tres y en muchos momentos yo le metía la mano en los bolsillos delanteros del pantalón, para buscar ese tabaco o ese mechero que Javi y yo, cuando salimos, siempre llevamos a medias y siempre me decía que siguiera, que ahí no, que más al fondo, y se mordía el labio inferior, y volvíamos a reírnos, un día te meteré mano, a que no, y no se movía, el hijo puta, mientras yo le abrazaba e iba bajando por su espalda, sin bajar del todo porque él no se mueve pero el alcohol no le desinhibe y yo siempre controlo porque me da mucho miedo descontrolar y porque prefiero no arrepentirme de lo que he hecho ni de lo que he dejado de hacer porque prefiero no arrepentirme porque soy así de cobarde.

Recuperé la memoria y se lo dije a los dos, que les echaba de menos a los dos juntos conmigo, a mí con los dos, a ellos conmigo, a los tres, esa corriente que fluye en todas las direcciones y que hace que nos sobren todos los demás. También se me había olvidado eso, cómo fuimos los tres juntos, a ratos, sin planearlo, cómo nos hemos buscado siempre, aunque estuvieran los otros, cómo hemos compartido ese juego, le haces más caso a Javi que a mí, y no era verdad pero a ratos sí era verdad porque yo estaba pendiente de que Javi no se sintiera incómodo ni desplazado cuando Keko y yo nos perseguíamos y él nos miraba y yo le buscaba también y él se dejaba encontrar y me llamaba. Hacía tiempo que no veía a Javi tan calmado, tan risueño, tan feliz y que no me alegraba por su felicidad, porque ha tenido muy pocos motivos últimamente para reírse. Hacía tiempo del asombro y de la ternura y de las miradas que muestran la intimidad mejor de lo que puedan hacerlo las palabras. Hacía mucho tiempo que nada era tan sólido ni tan frágil ni tan duro ni tan quebradizo. Hacía mucho tiempo que no nos comunicábamos sabiendo que sólo podemos entenderlo nosotros. Hacía mucho tiempo de las bromas privadas y de las caricias y de los desafíos. Hacía tanto tiempo de algunas cosas que por poco no se me olvidan, pero ayer recuperé la memoria.

31 de octubre de 2004

martes, 10 de abril de 2007

Nada de eso me sirve

Ni la voz, ni los gemidos, ni un baile, ni un cuerpo rodando sobre el mío, ni una palma de la mano recorriendo pieles, ni el sudor, ni las lenguas, ni la mirada, ni la humedad, ni la apertura, ni la entrada y mucho menos la salida.

Nada de eso me sirve. Lo descubro contigo y tres vinos.

Yo me masturbo con palabras.

A Sonia.

domingo, 1 de abril de 2007

Él dijo:


"No quiero pensar que no volveré a saber de ti y que fuiste como una especie de estrella fugaz que pasó por mi vida"

sábado, 31 de marzo de 2007

Después

Después quedan la culpa y la espera.

No saber qué lugar ocupas.
No querer preguntar.
No poder preguntar.
No poder comunicarse.
Querer mirar a los ojos para nada.
La calma.
Y menos mal que hay calma.

domingo, 25 de marzo de 2007

Volví a bailar contigo

Volví a bailar contigo y cambié un bolígrafo por un mechero. Siempre me traigo algo. El picor en la piel, las risas, los recuerdos y el fuego que uso para encender los cigarros con los que escribo.

Volví a bailar contigo y esto es una isla. Pero en la isla no existe nada más.

Después de la isla, sí.

Dentro, nunca. A no ser los abrazos urgentes, la necesidad de que te escondas en mí (sí, lo sé: es lo más bonito que te han dicho nunca), de ser un refugio o una balsa...

Dentro, me redescubrí. Redescubrí la apertura, la confianza, la entrega.

Vuelvo a repetirlo, porque lo constato. Es genial bailar contigo.

viernes, 22 de diciembre de 2006

Piel

La piel es capaz de rugir antes de que lo haga la boca. Comienza a picar, en el escote, y con el filo de las uñas, de los dedos, casi sin darme cuenta, pero a la vez muy consciente, acaricio el cuello desde la base y bajo. Porque la piel se eriza, reacciona y se levanta. Avisa del ataque antes que yo, o lo espera.
No creo que escapemos si alguna vez surge.



Imagen de Carla van de Puttelaar