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jueves, 23 de agosto de 2007

El club de los suicidas

No me suelen molestar las adaptaciones: cine y literatura son dos discursos distintos y, lo mismo que no comparo cuadros y edificios, tampoco lo hago con libros y películas. Salvo que te menten a la madre.

Hoy me he lanzado al televisor porque he escuchado un título, El Club de los Suicidas, que yo tengo en una edición de bolsillo, junto con El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pasta naranja, desde hace más de diez años. Se va a estrenar un largo, cine español, comedia, final feliz, algún polvo de por medio -ya se sabe: el cine patrio y las elipsis en las escenas de cama no son compatibles- y moraleja. Porque un grupo de personas que están hechas polvo y se quieren morir, descubren, gracias al poder maravilloso del amor, que merece la pena tirar p'alante. Porque la película es un canto a la vida. Es una adaptación muy libre, han dicho. Y tan libre. Lo peor es que seguro que hay algún panoli que se lee el libro después y monta en cólera porque no es como la peli.

Imagen de Lulife.

lunes, 18 de junio de 2007

Hoy he visto esto


Una maravilla.
Mis tripas todavía están rugiendo.
Puro Fincher.
Así que, nenas mías, menos Piratas del Caribe 3 y más cine.

Vale, vale. Ya. Lo admito. Mi piel ruge. Si llegan a salir también James Spader, Willem Dafoe y George Clooney, rugiría más aún.

Pero es que están estos dos. Lo digo en mi descargo.


Está Elias Koteas, el segundo en mi ranking de morbo (el primero es el Dafoe, indiscutible, desde que puedo recordar, y se morirá siendo el primero) desde que lo vi en aquel Crash, de Cronenberg. Qué 46 años, Dios.



Sí, lo sé. A la mayoría de las mujeres de mi edad, quien les pone es Brad Pitt. O saldrían del cine queriendo ir a la cama de Jake Gyllenhaall. Yo lo asumo. Mi concepto de belleza es un tanto extraño.


Y está Robert Downey Jr., al que siempre es un lujazo ver, aunque en estas versiones dobladas que tenemos la desgracia de sufrir nos priven de una de las voces más hermosas del mundo. Deja de drogarte y actúa y canta, niño, que es lo que sabes hacer...



Id a verla. Es una orden.

martes, 1 de noviembre de 2005

Before Sunset / Before Sunrise

La manera en que crecemos, la manera en que vivimos. La forma en que uno puede, a veces, transmitirlo todo y mirar a los ojos de alguien y saber que ese alguien sí conoce quién eres. Que sí podría ser. Que sería posible. Que el deseo existe y que es bueno y que existe la añoranza y es terrible.
Uno se pasa la vida despidiéndose. Diciendo adiós a personas sin las que no cree poder vivir y descubriendo más tarde que era cierto, que después de que se marcharan no ha hecho nada a derechas, aunque el recuerdo se diluya porque la memoria no nos atenaza siempre. Intenta repetir las mismas historias, intenta sentirse vivo y completo y profundo, dulce, amoroso, ocurrente, divertido y sensual... Y lo consigue a ratos -días, meses, años incluso- para después darse la vuelta, pararse un momento para mirar atrás y pensar en cómo caminar hacia adelante y darse cuenta de que ha ganado mil formas de perder el tiempo. Mil maneras de no ser extraordinario.
¿Y ahora qué? Todas las teorías por la borda, un sinfín de teorías que se acaban cuando aparece alguien, que comienzan cuando se marcha, una y otra vez, repetidas, marchitas. Porque ya no sostienen, porque nunca fueron nada, porque ni siquiera la experiencia puede salvarnos de equivocarnos de nuevo, porque estamos llenos de verdades inmutables de un segundo.
¿Es eso, al final, lo único importante? ¿La conexión que puedes lograr con alguien a quien nunca tendrás porque hay historias que empiezan sin futuro?
Hoy sé que voy a pasarme el resto de la vida, el resto de las historias, deseando estar con otra persona...