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jueves, 6 de diciembre de 2007

Sobre el control...

Iba a comenzar diciendo que yo no me controlo, Adela, que yo soy de las que se muerden la lengua, cuando se la muerden. Pero no es del todo cierto, porque me he pasado la vida controlándome. Controlo las lágrimas, controlo las ganas de mandar un correo; me levanto por las mañanas con los dedos picándome, porque querría hacer esa llamada que no haré nunca. Intento no cerrar el blog desde que he perdido el necesario anonimato que me hacía sentirme más o menos libre al escribir -vivo en una región que es un pueblo-. Cuido las palabras en una charla, a no ser que me embale; a veces me gustaría estamparle a alguien la cara contra la pared -dos o tres por semana y siempre la misma- y controlo la frustración que me producen ciertas relaciones, hasta que me sale por los poros y entonces lo que intento manejar como buenamente puedo es el asco que me da cierta parte de mí. Tampoco se me nota el miedo que le tengo al resto de la gente. En mi oficio, además, la autocensura es la más peligrosa de las prácticas. Mis bajones, irreales y absurdos, los conocen dos o tres personas y me arrepiento al punto de lo poco o lo mucho que cuento porque soy de las imbéciles que comienza enseñando el cuarto de atrás y proyecto una imagen con la que no me identifico, o no del todo.

Lo que ocurre con esto es que, también, me he pasado años tratando de interiorizar la diferencia -sutil, quizá- entre el control y la represión. Y ningún diccionario me ayuda.


Imagen de jonwild.