Voy al cine y encuentro tres llamadas perdidas a la vuelta. Son de una de esas cuatro mujeres de mi vida, la que está más lejos: se le ha estropeado el ordenador al instalar un programa que sería más un virus que otra cosa: el disco duro con sus proyectos -es arquitecto-, con fotografías y, sobre todo, con películas. Por eso llamaba, desesperada: "¡No puedo ver cine!" y me he recordado en sus casas de Madrid y de Alcalá, la cama grandísima, el porrito de antes de acostarse, las mantas, la lámpara, cerveza, Coca-Cola y los cedés: ahora Bergman, ahora Antonioni, ahora Woody Allen, ahora Tarkovsky, Linklater, Fellini o Truffaut. Yo me duermo antes de que acaben o en la primera escena: suele ocurrirme si pretenden que vea algo a las dos de la mañana, pero es una costumbre hermosa y necesaria: un libro -"estoy leyendo mucho", me dice: como si hubiera dejado de hacerlo alguna vez- y una peliculita para finalizar el día. Nos reímos -"se ha muerto el ordenador en mis brazos"- y me pregunta.
Tiene la capacidad de hacerme resumir mi vida en cuatro frases: lo peor de ella. Porque nunca le resumo mi vida, al final. Sólo le hablo de lo que esa vida me provoca, de los sentimientos que suscita, de la irritabilidad, las ganas de largarme de un lugar del que no me voy a ir nunca por ahora, el cansancio, la incredulidad, la frustración, los ataques indiscriminados y lo idiota que puedo llegar a ser.
Cuando acabo, lo de siempre. Nos reímos, nos mandamos besos y nos decimos que nos queremos, con o sin palabras -hoy ha sido sin ellas-. Luego, sigo sintiendo: que quiero volver a estar en esa cama calentita con el ordenador encendido, viendo películas en versión original y acurrucada, besarla, patear Madrid, caminar durante horas por Madrid sólo por el gusto de descubrir que esa ciudad es abarcable, entrar en librerías, buscar un restaurante, pagar una botella de vino, reírnos, hacer muecas, oírla recordarme quién soy y pedirle que me abrace.
Imagen de Javier Saracho.