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lunes, 10 de diciembre de 2007

Otra etapa más

Hace no tanto tiempo, le escribí un mensaje. Hoy me ha llegado otro, al móvil: una fotografía de un niño guapo, que nació ayer, con tres kilos 860 gramos, almeriense -crecerá viendo el mar, cuatro calles y una alcazaba hermosa-. Se llama como su padre, que es mi amigo, y le he oído llorar mientras buscaba en su madre comida. No sé cuándo le veré, porque Almería está muy lejos (y no me apetece nada volver a esa ciudad), pero supongo que no me pesarán las diez horas y media en autobús cuando vuelva a conseguir más de cuatro días libres. "Otra etapa más de la vida", me ha dicho. He asistido a unas cuantas de las suyas. Y me va a gustar ésta, aunque sea como hoy: de lejos, con fotos y con una llamada de teléfono para oír el llanto de un niño que me gusta.

Imagen de losiek.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Se acabó

Nombrar algo es poseerlo. Yo no te puedo nombrar. No te voy a poder nombrar nunca. Si viera una esquela, no sabría que eres tú. No podré asociarte a una palabra. No iré a ningún entierro, no me meteré en tu cama, no escucharé tu voz, ni te miraré los ojos, ni te contagiaré la risa, ni te daré un abrazo, ni caminaré contigo por Madrid. Me voy a quedar sin saber en qué trabajas, cómo te vistes, qué comida te gusta, qué música escuchas cuando tienes frío, quién es tu mejor amigo, cómo juegas con tus sobrinos (no sé si tienes sobrinos), la manera en que caminas, si sonríes socarronamente o qué cara pones cuando te asombro.
Ya me ocurrió una vez.
Duele menos.
Por supuesto que duele menos.
Pero duele.
No sólo duele. Ojalá sólo doliera.
El resto me lo ahorro.
Total, a nadie le importa.

Imagen de Diana Bas.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Sobre el control...

Iba a comenzar diciendo que yo no me controlo, Adela, que yo soy de las que se muerden la lengua, cuando se la muerden. Pero no es del todo cierto, porque me he pasado la vida controlándome. Controlo las lágrimas, controlo las ganas de mandar un correo; me levanto por las mañanas con los dedos picándome, porque querría hacer esa llamada que no haré nunca. Intento no cerrar el blog desde que he perdido el necesario anonimato que me hacía sentirme más o menos libre al escribir -vivo en una región que es un pueblo-. Cuido las palabras en una charla, a no ser que me embale; a veces me gustaría estamparle a alguien la cara contra la pared -dos o tres por semana y siempre la misma- y controlo la frustración que me producen ciertas relaciones, hasta que me sale por los poros y entonces lo que intento manejar como buenamente puedo es el asco que me da cierta parte de mí. Tampoco se me nota el miedo que le tengo al resto de la gente. En mi oficio, además, la autocensura es la más peligrosa de las prácticas. Mis bajones, irreales y absurdos, los conocen dos o tres personas y me arrepiento al punto de lo poco o lo mucho que cuento porque soy de las imbéciles que comienza enseñando el cuarto de atrás y proyecto una imagen con la que no me identifico, o no del todo.

Lo que ocurre con esto es que, también, me he pasado años tratando de interiorizar la diferencia -sutil, quizá- entre el control y la represión. Y ningún diccionario me ayuda.


Imagen de jonwild.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Sobre la desesperanza del amor que debe ser esperanzado

Arwen me hace un encargo que no sé cómo cumplir. Yo de amores no entiendo, lo he dicho ya alguna vez. Sí de esperas, me paso la vida esperando lo que no va a suceder nunca. Por eso no puedo escribir "del amor que debe ser esperanzado": porque no sé si debe serlo, porque no sé de correspondencias, porque no sé qué nombre dar a lo que ella siente -puedo llamarlo dolor, añoranza, miedo, pérdida; pero tampoco será bastante-, porque a mí los ritos se me escapan y porque ya sé que nunca entenderé lo que no he vivido nunca.


¿Quién considera amor, y no suicidio, a lo que sólo fluye en una dirección? Si hay desesperanza, no es amor ya: es otra cosa: un final, un cierre, un cumplimiento. La esperanza es volver a amar -tú volviste a amar: ocurrió de nuevo: ocurrió que te amaron mientras amaste, la misma persona a la que amabas te amó: lo demás no es amor: es frustración, indignidad, quiebro-. Quizá por eso dices que debe ser esperanzado: como sentimiento último, abstracto, posible. A ti no se te ha negado esa esperanza: no se te va a negar nunca, porque la buscarás, más pronto que tarde.

Lo que no sé es qué hago contándote lo que tú ya sabes.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Charlas pequeñas

Voy al cine y encuentro tres llamadas perdidas a la vuelta. Son de una de esas cuatro mujeres de mi vida, la que está más lejos: se le ha estropeado el ordenador al instalar un programa que sería más un virus que otra cosa: el disco duro con sus proyectos -es arquitecto-, con fotografías y, sobre todo, con películas. Por eso llamaba, desesperada: "¡No puedo ver cine!" y me he recordado en sus casas de Madrid y de Alcalá, la cama grandísima, el porrito de antes de acostarse, las mantas, la lámpara, cerveza, Coca-Cola y los cedés: ahora Bergman, ahora Antonioni, ahora Woody Allen, ahora Tarkovsky, Linklater, Fellini o Truffaut. Yo me duermo antes de que acaben o en la primera escena: suele ocurrirme si pretenden que vea algo a las dos de la mañana, pero es una costumbre hermosa y necesaria: un libro -"estoy leyendo mucho", me dice: como si hubiera dejado de hacerlo alguna vez- y una peliculita para finalizar el día. Nos reímos -"se ha muerto el ordenador en mis brazos"- y me pregunta.


Tiene la capacidad de hacerme resumir mi vida en cuatro frases: lo peor de ella. Porque nunca le resumo mi vida, al final. Sólo le hablo de lo que esa vida me provoca, de los sentimientos que suscita, de la irritabilidad, las ganas de largarme de un lugar del que no me voy a ir nunca por ahora, el cansancio, la incredulidad, la frustración, los ataques indiscriminados y lo idiota que puedo llegar a ser.

Cuando acabo, lo de siempre. Nos reímos, nos mandamos besos y nos decimos que nos queremos, con o sin palabras -hoy ha sido sin ellas-. Luego, sigo sintiendo: que quiero volver a estar en esa cama calentita con el ordenador encendido, viendo películas en versión original y acurrucada, besarla, patear Madrid, caminar durante horas por Madrid sólo por el gusto de descubrir que esa ciudad es abarcable, entrar en librerías, buscar un restaurante, pagar una botella de vino, reírnos, hacer muecas, oírla recordarme quién soy y pedirle que me abrace.


Imagen de Javier Saracho.

domingo, 4 de noviembre de 2007

El café de los domingos

El rito más sano del mundo es el café de los domingos. Ahora suenan a alianzas, trajes de novia, invitaciones que no se quieren hacer pero que son ineludibles, la diferencia entre la famila y los amigos y los precontratos con un salón de comidas. Llego con mil cosas en la cabeza que no me apetece contar porque son absurdas y ya me sé todas las respuestas posibles. Así que me zambullo, entre un partido de fútbol, un café, una menta poleo, en mil charlas sobre las dietas que las tres estamos haciendo porque casi ninguna de mis amigas cumple los cánones de belleza (aquí, o se habla de comida, o se habla de sexo) y me río y escucho e intento centrarme en temas de los que no entiendo.


Porque ciertamente nunca me he fijado, salvo lo imprescindible, en los vestidos de novia, en los ramos o en alianzas. Nunca he tenido que disponer unas mesas, la única razón por la que me casaría sería por poder reunir a todos mis amigos en un mismo lugar durante unas horas y nunca he sabido de las reglas mínimas de vestimenta protocolaria (mañana, vestido corto; noche, vestido largo: es lo máximo que alcanzo) y los precios de un menú me parecen desorbitadísimos.

Ahora me queda casi un año para acostumbrarme. Se casan el año que viene dos de mis mejores amigas: una en mayo (tengo seis meses para quitarme treinta kilos de encima, gramo arriba, gramo abajo) y otra en octubre (y otros cuatro para no volverlos a engordar) y aquí estoy yo, hablando de fechas de entregas de pisos, viajes de lunas de miel y con mi complejo de Peter Pan a cuestas. Y con cierta soledad que se hace una montaña en determinados momentos, cuando miras a tu alrededor y ves a los demás con una vida hecha que tú distas mucho de elegir, de querer elegir, de poder elegir, pero que no te importaría probar a veces. Como un experimento analítico, aunque sólo fuera para poder escribirlo, para poder adentrarte.

Escucho. Pongo condiciones. Porque me he perdido, también, mil ritos en mi vida (liarse con alguien cuando tienes quince; acabar un fin de año borracha; echar un polvo en un coche) y no me apetece perderme alguno más. Así que les digo que no tengo hermanas y no las voy a tener nunca y que quiero hacer cosas tontas: ir a que se prueben trajes de novia, mirar alianzas, preparar una despedida de soltera (el plan perfecto: cena y copas y charla), seguir opinando de lo que no sé -escotes tipo barco o palabra de honor -que a ver de dónde viene el nombre-, trajes con corte medieval, mantillas, calados y telas de nombre impronunciable o contundente, como tafetán -qué palabra más bonita-). Asisto a dos historias que culminarán en mayo y en octubre y que me siguen asombrando.

A veces me asombran los desenlaces lógicos.

Imagen del café de Sogno Lucido.

Imagen de boda de MadeInItaly.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Sabía que te irías

No me equivoqué contigo. Sabía que te irías, tarde o temprano, que yo no te buscaría, que no podría buscarte, que me ampararía en el respeto, que sólo sería posible algún correo electrónico que espera una respuesta que no va a llegar porque no puede llegar.

Recuerdo tu voz llena de tabaco. Las ganas de querer que te escondieras en mí. La sonrisa grande, el abrazo, la caricia. Veo tus manos de la misma forma en que las siento, porque nadie tiene tiempo de recorrerte el cuerpo lentamente. Releo algún mensaje ("es genial bailar contigo"), memorizo la mirada del primer encuentro, mi temblor de piernas, la danza lenta de una canción de Uncle Kracker, deshacer la cama con un motivo durante meses, desear una palabra...

Sólo espero que, en una de éstas, no se me olvide tu cara.

Imagen de Contra-Diction.

domingo, 28 de octubre de 2007

Finales


Las historias se acaban. El mayor problema es decidir cuándo. Seguimos, a pesar de conocer el final, de saber la fecha exacta, de recordar la frase que las volvió del revés o que cambió el cien por un cero. A pesar de la autodestrucción (no debí confiar, no debí mostrar, no debí hacer); de la constancia, de las lágrimas, del miedo, de las oportunidades. Si el "no" ya lo tenemos, ¿deberíamos intentarlo? ¿Deberíamos seguir intentándolo? ¿Cómo se sabe qué importante eres para una persona, lo que significaste, lo que aún puedes ser? ¿Fuiste un buen rato delante de una pantalla, fuiste un polvo, o dos, apresurados, descolocaste su existencia? ¿Cómo se mide eso? Qué hacemos con el miedo a preguntar, a que piensen que somos demasiado insistentes, o que estamos demasiado desesperadas, o que tampoco fue para tanto, niña. Cómo guardamos las ganas de pedir, de escuchar una voz, de mirar. Cómo puede la petición no transformarse en exigencia. Cómo saber que no es demasiado tarde. Cómo saber cuánto tiempo tiene que transcurrir, cuando el otro se va, para dejar de desear que vuelva...

Este texto está dedicado. La persona a la que se lo he escrito ya sabe que es para ella. Y no: no habla de mí. Aunque también. Y no, niño: no eres tú.


El blog de Jotacé

Soy carne de cómic. Se lo debo a mi santa madre y a ser la mediana de dos hermanos. A la santa, porque, cuando teníamos que quedarnos en la cama porque estábamos malos (la palabra "enfermo" me suena a seria), nos traía a Los Vengadores, Spiderman y La Patrulla X, El Motorista Fantasma, Daredevil, Los Cuatro Fantásticos, El Caballero Luna, Capa y Puñal y Batman. Primero fue Marvel. Luego DC. No conozco nombres de guionistas ni dibujantes, salvo los básicos y me dan igual las guerras editoriales, pero los colecciono y ahí están, bien alineados, en varias estanterías de mi casa. Algunas de sus frases se han convertido en mantras. Estos días me repito una de ellas: "He estado peor. Y estaré mejor".

Hace algún tiempo, en uno de los comentarios del blog de Jotacé (en el que no suelo escribir mucho, porque yo cuando escribo pretendo una respuesta -que me parece que es lo mínimo que se despacha-) le dije que le escribiría un texto porque no sé dibujar. Cumple tres años. Es de los blogs más prolíficos que he encontrado por ahí y uno de los más creativos, divertidos e irónicos. Hay toda una legión de seguidores pasándole viñetas para que las analice y se ha convertido en referente. Haciendo únicamente cosas como ésta: descontextualizando.

Espero que no se canse nunca. Feliz cumpleaños, chaval.

lunes, 15 de octubre de 2007

De conciertos y ambientes

El niño ríe y grita y salta sobre un pie y juega y se emociona y me regala -creo- un puñaíto de palabras. Le brillan los ojos y canta y deja cantar y le arropan los amigos. No fue perfecto, porque hay un teatro en mi ciudad con una acústica espantosa en el que se empeñan en hacer conciertos o porque algún duende de esos suyos jugó con el sonido. Pero había una niña que movía los brazos, dos amigas mías que saltaban, muchas miradas y, sobre todo, mucho asombro. Repetiremos, supongo.
Algún día hablaré del fenómeno fans.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Escribir el miedo


escribir el miedo es escribir
despacio, con letra
pequeña y líneas separadas,
describir lo próximo, los humores,
la próxima inocencia
de lo vivo, las familiares
dependencias carnosas, la piel
sonrosada, sanguínea, las venas,
venillas, capilares

Lo escribió Olvido García Valdés y yo lancé una voz gozosa en mi trabajo cuando le dieron el Premio Nacional de Poesía. "La poesía sólo escribe el miedo", dijo una vez. Y que la atención, la paciencia y la violencia eran necesarias para ser poeta.

Yo escribo el miedo. Lo he escrito toda mi vida, desde que puedo recordar, porque escribo contra el miedo. Para ponerle nombre y para ahuyentarlo. No me sale demasiado bien.

Ahora tengo miedo de relaciones rotas, de que no me crean, de tensar las cuerdas.

Y ni siquiera sé cómo escribirlo.

Imagen de haciendo click.

lunes, 1 de octubre de 2007

Encargos

Las historias de amor son todas curiosas. Algunas nos crean heridas que otros curan, pacientemente, aunque ellos no sean culpables del dolor. Otras van y vienen: comienzan cuando dos son pequeños, se acaban, pasan años y llega el tiempo del reencuentro y la alegría. De crear proyectos comunes, organizar una boda, elegir trajes, invitar a los amigos que están lejos y a los que han asistido diariamente a esta historia recobrada. Llega el tiempo de los nervios, de las dudas, de pensar si saldrá bien, de creer que saldrá bien. De saber que la otra persona es la correcta. Que el otro es tu idioma, tu patria y tu cuerpo.

No se puede explicar el amor. Las palabras tampoco bastan mucho. No describen la pasión, la felicidad, los cosquilleos en el estómago, ni la serenidad cuando ves a alguien y sientes que por fin estás en casa. No son suficientes para explicar por qué sabemos que podemos, que queremos, pensar en dos. Dejar de ser uno del todo para ser del todo de alguien. A pesar de las dificultades, de las crisis, de los mil problemas. A pesar, también, de las ausencias.

No sé si desear suerte. En una boda no se desea suerte. Sólo, quizá, que esto no suponga ningún esfuerzo. Que no haya que trabajar el amor, porque el amor no necesite trabajo. Que fluya solo. Que no desaparezcan las ganas de contar cada nimia cosa que ocurre. Que te puedas mirar en los ojos de otro, y reconocerte, y saber que eres mejor porque te miras con sus ojos. Que el otro te conforme y te complete y te construya. Que sigáis siendo dos, aunque seáis juntos. Que os apasione lo cotidiano: una puesta de sol, un libro, un paseo, un café con amigos, hacer un viaje. Que sepáis que el mundo es vuestro. Eso es lo único que puedo desear en una boda...

(Cariño, a ver si te vale, porque la verdad es que yo no estoy nada inspirada y escribir de amor se me da fatal).

Imagen de olvwu.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Si supiera

Imagen de Renmeleon.

Escribir, siempre, es escribir una carta a alguien. Aunque después no la lea. Si supiera que no la ibas a leer nunca, te diría muchas más cosas. Podría abrirme entera, dejar que te escondieras dentro de mí, mirar tus abismos, sentir vértigo. Intentaría conjurar el miedo, el tuyo y el mío, porque me quedan pendientes un café en Madrid, ver un atardecer extremeño de los que glosó Antonio López, sentarme a la orilla de un lago al Norte, ir a un concierto, mirarme contigo en una pantalla de cine (aunque ya no repongan esa película), enseñarte las ciudades que amo, presentarte a la gente que me quiere, oírte hablar, sonreír, verte trastear por una casa (fregar los platos, hacer la cama, cocinarme); que seas, realmente, el primero en sacarme a bailar; regalarte un libro, hacer un viaje, recorrerte el cuerpo.

Imagen de equusignis.

Si supiera que no la ibas a leer nunca, te hablaría de la frustración, del desengaño y de las máscaras. De mi concepto del amor, del dolor y del llanto. De lo necesario que me eres a veces, aunque no surjas ya como un ahogo. Te contaría mis planes, te lanzaría a la cara mis verdades inmutables de un segundo y sabrías, por fin, que no tengo opinión de casi nada.

De ti tampoco. Ni de ti siquiera.

domingo, 23 de septiembre de 2007

A él sí

Huele a marea baja, a ría, a dulce, a cuidado, a serenidad, morriña y tristeza. Él habla bajito, sabe dónde está y lo que quiere y que la quiere con locura. "Te gustará conocerle. A él sí" y, cuanto más le conozco, más me gusta. Me gustan su calidez, su entrega, su forma de mirarla, la expresividad de sus ojos, la media sonrisa cuando dramatiza o miente, la disposición, las manos rudas que abrazan y tocan.

No sé qué hace que dos personas se fundan. Que puedan seguir juntas a pesar de la vida individual de cada uno, que se comparte cuando se puede y como se puede. Que el amor no desaparezca: que se afiance y se pruebe y se cribe. No sé qué lo provoca pero, cuando veo a quienes acompañan a algunos de mis amigos, me alegro de que sean ellos y no otros. Me alegro de que sea él, de que sea él el compañero, el amigo, el amante. De que la búsqueda intermitente haya sido tan fructífera y de que, ahora, el amor se les pueda tocar y sea tan denso, tan palpable, tan vivo.

Imagen de Selva de Esmelle.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Te quiero

No se puede desterrar el miedo, ni la angustia de la espera, ni el deseo de (buenas) noticias, ni las elucubraciones; ni podrás hacer nada para calmar el dolor, salvo estar y abrazar, ni vencerás la impotencia ni la rabia ni la pena ni sabrás contestar a las preguntas.

Sólo escribes, como si fueran posible las palabras. Y, cuando ya sabes, quieres que diez horas y media de viaje pasen pronto y abrazarla y abrazarlos y fundirte. No vamos a calmar el dolor, porque sólo podemos hacer eso. Abrazar, decir te quiero y volver a abrazar y esperar y repetir te quiero y abrazar.

No podemos hacer nada, pero queremos estar para hacer sólo eso. Estar, abrazar, decir te quiero y volver a abrazar fuerte, muy fuerte.
Ya sabes: que no puedas respirar.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Y llora y se desnuda

Comparte profesión y sueños con cuatro o cinco personas que ven todo de otro modo. O, al menos, eso es lo que percibe. No sabe hacia dónde van, o son ellos los que no lo saben: porque no sienten de la misma forma, ni utilizan igual las palabras, ni saben describir de qué están hechos, ni cuál es el proyecto, ni qué pieza engarza, ni a qué amores se deben. Ni a qué preguntas deberían responderse, ellos, todos.

Por eso a veces no sabe siquiera cómo expresarlo. Y llora y se desnuda.

sábado, 15 de septiembre de 2007

El baile más antiguo del mundo

El beso, el abrazo, la caricia, el tacto de una lengua húmeda y dulce, la mirada, las manos que no saben dónde posarse, los susurros, la miel y el agua, la boca que apresa otra boca, los mapas, las yemas de los dedos, el mordisco, el ardor, la calma, los vaivenes, las palabras, la bañera y el colchón, las risas, el ruido, un gemido imperceptible, el estallido de los músculos, el reconocimiento, el cansancio, la entrega.

Me lo dijeron una vez.

Es el baile más antiguo del mundo.

A Sorrow, porque también le gusta bailar.

Imagen de 3amfromkyoto.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Otoño

Llega el otoño y llegan las lluvias. Es mi estación favorita del año, la única que saludo y me espolea. A los demás les causa la primavera el mismo efecto, pero yo renazco cuando todo muere. Hubo un tiempo en que el inicio del año lo marcaba septiembre. Luego comencé a contar las ciudades: ellas eran mis épocas. Pero siempre el otoño me revuelve, siempre lo agita todo: la luz amarilla, el ocre de los árboles, las hojas caídas a montones, el olor a tierra mojada, comenzar a abrigarse, la primera tarde en casa leyendo con la lluvia golpeando los cristales, los relámpagos tardíos, la tormenta, la niebla.

Bienvenido, otoño.

A Nerea, como siempre.

(Y sí: ya sé que aún estamos oficialmente en verano. Pero hoy llueve en muchas partes).

Imagen de Panos_r.

viernes, 7 de septiembre de 2007

No sé si te han contado...

No sé si te han contado alguna vez cómo se abre una mujer. La asfixia que se nota de golpe, los nervios concentrados en el centro, la sensación de que caes, de que te estás cayendo, y no hay asidero alguno al que agarrarse, cómo se nota la humedad dentro, cómo resbalan los líquidos, cómo notas que están bajando, que eres agua caliente, que la única parte de tu cuerpo que reacciona y que se mueve es esa agua que quiero que te bebas como si hubieran pasado siglos desde que la tomaste por última vez.


Eso sucede cuando la excitación es lenta. Pero hay veces que un estímulo acelera el pulso y en un segundo vuelves a ser agua densa, jugo espeso, y notas que tus piernas se abren porque tu sexo se abre, que quiere partirte por la mitad y el sexo abierto te duele, y no lo calma un dedo, porque necesitarás dos, al menos, metidos dentro, o una lengua lenta y profunda que repte despacio, o un sexo duro, terriblemente duro, también mojado, entrando, saliendo, embistiéndote, y no existen los brazos, ni las piernas, ni la espalda, sólo nosotros, clavados, moviéndonos, intentando acoplar ritmos, tus ojos muy abiertos, tu boca dentro de mi boca, mi boca dentro de la tuya, el baile más antiguo del mundo, el instinto, la mente ocupándose de los centros, del movimiento de los músculos, de apresar todo lo que se mueve, y se escurre, del calor que cubre el cuerpo, del peso que me aplasta mientras entras y sales y me quemas y me llenas y vuelves a beberme...

El cuadro, por supuesto, es de Modigliani y el texto primigenio se lo escribí a Adúlter, pero alguien me hizo cambiarle un par de palabras...

De un mundo raro

Llevo once años utilizando Internet y he visto de todo. Pero todavía me asombra. Quizá porque utilizo en la red las mismas reglas que en la vida que llaman real: no miento, no juego, voy de cara. Alguno puede parecerme un gilipollas, pero me cuidaré mucho de decirlo, porque hay otros métodos. Tampoco hago juicios sumarísimos. Eso sí: me fío de mi intuición, que no me falla nunca. La intuición me sirvió una vez para advertir a alguien sobre una chica que le perseguía (aparentemente feminista, culta, inteligente, progresista y una fiera en la cama. Todo, aparentemente) para que, ocho meses después, me reconociera cuánta razón tenía. Son once años, decía, y me he encontrado a gente de toda ralea.

Los hay que se emocionan y comienzan a preguntarte, a la cuarta charla, si te gustan los críos -que no, que no me gustan-. Los hay que te llaman amor, preciosa, princesa, wappa, mi vida o hasta cielo. Los hay que te cuentan la historia que deberían narrarle a un psiquiatra. Y los que te mandan privados para darte el Messenger, porque se lo dan a todas las tías que se encuentran en determinados foros de Internet, para insultarte a la segunda charla y decir que eres tan fundamentalista "como siempre". Palabras textuales, oigan. "Como siempre", a la segunda charla. Que a saber la imagen que se han formado de ti, o las expectativas que tenían.

Supongo que es un riesgo de Internet, o de escribir. O de mi forma de escribir. Pero no sé hacerlo de otra manera. Me he negado, durante años, a utilizar emoticonos, porque pensaba que el tono de mis palabras se entendía. Aunque las frases cortas suenen contundentes. Aun hoy, sólo uso tres, habitualmente: el de rubor, el de incredulidad, el de broma. Y no siempre. Lo curioso es comprobar cómo la imagen que uno da escribiendo y la imagen que de él se tendría hablando puede ser tan distinta. Cómo pueden desaparecer la ternura, la dulzura o la comicidad, sólo porque tú tienes un estilo y poco tiempo. Después llega el asombro y el saber que no vas a cambiar las formas. Y al que le pique, que se rasque. Pero que no venga jodiendo.


Imagen 1: Internet Map, de Sam Campos.