La revolución azafrán (Myanmar)
Visten de naranja, se han rapado el pelo y caminan silenciosos a pesar de los soldados, las balas y los toques de queda. Se les unen muchos, miles, porque recuerdan que los monjes servían como intermediarios entre el pueblo y los reyes; porque protestaron contra el colonialismo británico (y los ingleses se largaron, como siempre, por la puerta de atrás), para pedir una democracia y por la subida del precio de los carburantes. No hay dinero para sanidad ni para educación. Mucha gente no puede comer dos veces al día. Los militares son caros: es una ley histórica.
La llaman la revolución azafrán, pero aún no ha revuelto nada. Tampoco revolvió nada el arresto domiciliario de Ang San Suu Kyi, que dura cuatro años, ni una dictadura militar de décadas. Sólo que ahora ocupan las primeras páginas de los periódicos, se busca un gentilicio para los habitantes de Myanmar (a los que se les sigue llamando birmanos) y se habla de los monjes y su historia. De que a las protestas se las responde con trincheras.
Dentro de un tiempo, que será poco, Myanmar pasará a ser una columna en página par a la derecha. Con ciertos temas siempre ocurre lo mismo. Idéntico comportamiento editorial para Asia que para África: las dictaduras, el hambre, algunas guerras, sólo son noticia cuando no hay noticias.
