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sábado, 22 de diciembre de 2007

La plaza y libros

Me pierdo buscando la Plaza Mayor, que quería ver de noche y en la que ya no dejaré ningún beso. Hace demasiado que no vuelvo a Madrid, porque antes me sabía el camino de memoria y hoy he acabado frente a la puerta del Thyssen. Me duelen los pies desde hace tres días, pero camino sin parar y me detengo en el Canal de Isabel II para ver las fotografías de Don McCullin, que se anuncian con un gran: "¡¡Atención!! algunas imágenes pueden herir su sensibilidad" y yo me pregunto qué sensibilidad escapista tan fácilmente herible tienen algunos. Le han descrito Susan Sontag y John Le Carré. Fotografía hasta los paisajes en blanco y negro y la negrura de África y las muertes de SIDA y el llanto seco de un niño huérfano -¿cuántos años tendrá hoy, si es que vive?- y la matanza de Sabra y la guerra de Vietnam y Chipre en guerra y la construcción del muro de Berlín y el Checkpoint Charlie. Subo para ver todas las fotos, a pesar del vértigo -no te quedes clavada en medio de la escalera, no te vas a caer, sigue subiendo, respira, no mires abajo- y vuelvo a comprar el catálogo de la muestra y hago recuento: me falta el Prado, me falta el Thyssen, me falta Mapplethorpe, me falta comprar más libros (mi hermano vuelve a pedirme a Samuel Johnson), me quedan dos días, me estoy cayendo de sueño y son las siete y diez de la tarde, dentro de hora y media cojo el metro, podría pasarme por la Fnac y terminar las compras y seguir revolviendo libros y seguir fundiéndome la paga extra en bibliotecas...

Imagen de Don McCullin.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Se acabó

Nombrar algo es poseerlo. Yo no te puedo nombrar. No te voy a poder nombrar nunca. Si viera una esquela, no sabría que eres tú. No podré asociarte a una palabra. No iré a ningún entierro, no me meteré en tu cama, no escucharé tu voz, ni te miraré los ojos, ni te contagiaré la risa, ni te daré un abrazo, ni caminaré contigo por Madrid. Me voy a quedar sin saber en qué trabajas, cómo te vistes, qué comida te gusta, qué música escuchas cuando tienes frío, quién es tu mejor amigo, cómo juegas con tus sobrinos (no sé si tienes sobrinos), la manera en que caminas, si sonríes socarronamente o qué cara pones cuando te asombro.
Ya me ocurrió una vez.
Duele menos.
Por supuesto que duele menos.
Pero duele.
No sólo duele. Ojalá sólo doliera.
El resto me lo ahorro.
Total, a nadie le importa.

Imagen de Diana Bas.

martes, 13 de noviembre de 2007

Segundas partes nunca fueron buenas

Hace algunos años, muy pocos, salí de una historia que me devastó. Después de la devastación, uno sigue con vida. Ya no eres tú, nunca serás tú del todo, pero continúas yendo a trabajar, o buscando un empleo, comes, bebes, sales con los amigos, sigues empuñando un bolígrafo para verte desde fuera y te vuelves a inventar los días, como buenamente puedes, porque no dejaste de respirar a pesar del frío y de la asfixia. Uno puede quedarse sin aire y seguir aspirando y espirando varias veces por minuto. Aprendes a vestirte de cenizas, como Alejandra Pizarnik, y descubres, para tu sorpresa, que sigues siendo confiada, que no te resulta demasiado difícil abandonarte de nuevo y que tu patrimonio, lo que quedará al final, es esa manera de darte cuando el otro es atrayente y tú estás cómoda.

"Tú no te permites no sentir". Me lo dijo Nerea en aquella época. La misma en la que podía llorar hasta agotarme, la misma de la frustración y los vaivenes, la misma en que abominé mil veces del verde y la esperanza, porque no es verdad que la esperanza sea lo último que se pierde, pero sí es verdad que sigues esperando lo que sabes que no va a llegar nunca, el pinchazo en el globo imperceptible por donde se colará lo que quieres, aunque no haya ni un alfiler cerca y aunque sepas que las palabras nunca y jamás son los adverbios más claros de tu vida.

Me encantaría ser mental. Fría. Correcta. Distante. Tener un carácter un poquito menos primario, menos tumultuoso, muchísimo más pausado, más pensado, menos loco. Me encantaría no tardar tanto en darme cuenta, ser bastante más analítica, más observadora, más lejana. Pero tengo 31 años y a veces elijo la ceguera porque estoy a gusto viendo sólo una parte. La cuestión es que cuando la ves entera, ya sólo queda romperlo todo. Total, tampoco van a intentar recomponerlo.

A veces, para algunos, las reglas son más importantes que las personas. Y, cuando eso pasa, cuando no hay excepciones, ni resquicios, ni esperanza, la única deducción posible es que tú nunca fuiste demasiado. A pesar de la intimidad, a pesar de todas las horas de todos los días de años. A pesar del humor, de las risas, de la excitación y de todas las palabras, porque las palabras a veces no valen absolutamente nada. No valen ni el recuerdo que evocan porque no hay un encuentro que evocar -hay por aquí alguien que entenderá esta frase igual que yo- y tampoco sirven para otra cosa que para el arrepentimiento. Debí decir menos o no decir nada. Pero no valgo para eso.

Quizá sí para poder, ahora, a la segunda, desterrar la esperanza y creerme que nunca, que jamás.

Y para preguntarme por qué carajo no le hice caso a Pupe hace dos años, cuando me dijo que otra vez no y yo le dije -qué ilusa soy a veces- que quizá esta vez fuera distinto.


Imagen de riazorenho

Imagen de L4ur4

domingo, 28 de octubre de 2007

Déjame entrar

Todos tenemos puertas cerradas.
Yo pido que me dejen entrar.
A veces entro sin permiso.




Quien entra en mí suele hacerlo de golpe. Suelo ser generosa en las palabras, salvo que tenga un mal día, porque se me da mal mentir y porque, aunque la gente, en general, me dé miedo, en particular suelen gustarme. Y me gustan personas de muy distinto tipo. Atraigo, además, a quien no habla, a quien no cuenta, a quien no se muestra. Me ha pasado siempre, no sé qué lo provoca y supongo que, si lo supiera, tampoco podría utilizarlo. Algunos de mis mejores amigos pueden dar fe: no son de muchas palabras, o de casi ninguna. Se me da mal, muy mal, hacer preguntas, salvo con Adúlter, al que escribo con signos de interrogación. Sólo soy cómica si me encuentro muy a gusto. Escribiendo no. No me sale. No sé si es estilo, que dudo mucho que lo tenga, o incapacidad (por eso admiro a Suntzu). Hablo mucho, o poco, depende del interlocutor. No digo demasiado. Así que no entiendo esa atracción.



Tampoco entiendo por qué me atraen a mí las puertas cerradas. Las personas que nunca te darán un abrazo; las que jamás te dirán te quiero; las que se cuidarán de demostrarte que les importas, si es que les importas algo -porque eso a veces no se nota: eso a veces hay que decirlo-; la gente a la que no verás, aunque llevéis hablando seis años, porque cumplen reglas absurdas, porque lanzan excusas que no se cree nadie, porque te atraparon con el primer mensaje y tú eres rápida y de efecto retardado y de las que te perderás el tono de la voz y la risa y un cine porque al final tú sólo eres lila sobre blanco y nada más (ni una sola cosa más). Por qué me atraen quienes son sólo privados, quienes lo transforman todo en privado y en silencio, quienes nunca te dejarán traspasar nada aunque tú te desnudes todas las veces, aunque no plantees siquiera el intercambio, pero lo esperes, ya sabes, por aquello de la reciprocidad. No es por el más difícil todavía: no suele atraerme lo difícil por sí mismo. Tampoco son ganas de sufrir, porque sufrir me gusta lo justo. Quizá no sea más que una broma: que sean capaces de contarte su vida todos, excepto justo aquellos de quienes quieres saberla más que nada. O que toda regla tiene una excepción que la confirma.


O que soy gilipollas, pero eso ya lo sabía.

El post viene de aquí.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Escribir el miedo


escribir el miedo es escribir
despacio, con letra
pequeña y líneas separadas,
describir lo próximo, los humores,
la próxima inocencia
de lo vivo, las familiares
dependencias carnosas, la piel
sonrosada, sanguínea, las venas,
venillas, capilares

Lo escribió Olvido García Valdés y yo lancé una voz gozosa en mi trabajo cuando le dieron el Premio Nacional de Poesía. "La poesía sólo escribe el miedo", dijo una vez. Y que la atención, la paciencia y la violencia eran necesarias para ser poeta.

Yo escribo el miedo. Lo he escrito toda mi vida, desde que puedo recordar, porque escribo contra el miedo. Para ponerle nombre y para ahuyentarlo. No me sale demasiado bien.

Ahora tengo miedo de relaciones rotas, de que no me crean, de tensar las cuerdas.

Y ni siquiera sé cómo escribirlo.

Imagen de haciendo click.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Si supiera

Imagen de Renmeleon.

Escribir, siempre, es escribir una carta a alguien. Aunque después no la lea. Si supiera que no la ibas a leer nunca, te diría muchas más cosas. Podría abrirme entera, dejar que te escondieras dentro de mí, mirar tus abismos, sentir vértigo. Intentaría conjurar el miedo, el tuyo y el mío, porque me quedan pendientes un café en Madrid, ver un atardecer extremeño de los que glosó Antonio López, sentarme a la orilla de un lago al Norte, ir a un concierto, mirarme contigo en una pantalla de cine (aunque ya no repongan esa película), enseñarte las ciudades que amo, presentarte a la gente que me quiere, oírte hablar, sonreír, verte trastear por una casa (fregar los platos, hacer la cama, cocinarme); que seas, realmente, el primero en sacarme a bailar; regalarte un libro, hacer un viaje, recorrerte el cuerpo.

Imagen de equusignis.

Si supiera que no la ibas a leer nunca, te hablaría de la frustración, del desengaño y de las máscaras. De mi concepto del amor, del dolor y del llanto. De lo necesario que me eres a veces, aunque no surjas ya como un ahogo. Te contaría mis planes, te lanzaría a la cara mis verdades inmutables de un segundo y sabrías, por fin, que no tengo opinión de casi nada.

De ti tampoco. Ni de ti siquiera.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Deseo

Imagen de Jeroen Willekens.


Quiero poner mi boca
a un palmo de tu ombligo.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Un año menos.

Imagen de Madrid de R. Durán.

Llegó con palabras, que es como llega casi toda la gente interesante que me gusta. Mensaje va, mensaje viene, nunca respondía a los míos, pero nos buscábamos... "¿Quieres mi messenger?", le pregunté. "Llevo dos horas hablando contigo. ¿De verdad crees que no quiero?". De eso hace casi dos años. Durante este tiempo, me ha demostrado muchos días, muchos, dónde está, sin que haga falta una mirada, un abrazo, un apretón de manos. Es un tío paciente, sabe cómo suavizarme y cómo tocar y de pronto me descubrí sintiéndome traidora si no le contaba qué ocurría. Me hace reír, me hace vibrar, me frustra y me serena.

Imagen de Sevilla de unlittleangel.

Es inteligente hasta el descaro; tiene un temple que ya quisiera yo para mí, pero no es una persona fácil. Yo tampoco. A veces se asusta, porque soy expresiva. Pero hay mil cosas que no le digo. Como que me gustaría seguir sabiendo dónde está. Que me gustaría haber sabido a tiempo qué regalarle. Que me gustaría saber.

Imagen de Melilla de angelrm.

Hacía mucho tiempo que no me ocurría. Que no conseguía con nadie esa conexión al minuto, esa tranquilidad, el reconocimiento, la calma y la entrega. No sé qué lo provoca, nunca lo he sabido, pero me da igual. Me hace hablar. Me despierta. Me muestra lo que soy. Me excita. Yo no hago, para él, ni la mitad. Tampoco es que se deje. A veces me basta. Otras no. Pero hoy le escribo, sin saber qué decirle del todo, porque quiero regalarle palabras. Quiero regalarme.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Sin finales

Me estoy volviendo experta en historias inconclusas. No en historias acabadas, que sería un consuelo, porque uno puede superar, medianamente, todos los finales -la muerte también, o te suicidas-, sino en historias de puerta abierta, cuyos discursos acaban por no tener significado alguno. Comencé a los 25, con un tipo que me regalaba cuadros y poemas y que jamás ha quedado con nadie a quien hubiera conocido por Internet. Porque la vida real es mejor, aunque yo no las distinga, y porque tuve la desgracia de encontrármelo en un foro, que si me hubiera topado con él en el metro, podría haber tenido la oportunidad de escucharle la voz y la risa, de tomarme un café a su lado, ver un atardecer extremeño, ir al cine o darle las gracias. Nunca sabré por qué no hizo excepciones. Seguimos hablando, no se nos olvidan las fechas importantes, tardó un año en decirme su nombre y, desde hace siete, ir a Madrid es pensar en una persona a la que jamás veré. De vez en cuando aún manifiesta la osadía que no perdió diciéndome que nunca se sabe. Pero yo sí lo sé, porque hay cosas que han de hacerse a tiempo para que no pierdan todo el sentido.

Lo mejor es que después duele menos. Si llega alguien igual ya no importa tanto, o importa por el recuerdo, por la sensación, que no se va, de no haber aprendido nada en siete años. Al final eres tú mismo quien se da la explicación que no recibió, la única posible, y es que nunca importaste, más allá de unos correos apresurados o de una charla por Messenger. Lo mejor es que después duele menos y a veces ni duele.

No duele tampoco cuando se aventuran las razones de una desaparición abrupta, las heridas de quien rompe la cadena por el eslabón más débil. Y agradecerías una llamada, un hola qué tal, un lo siento, un no puedo, un ya sabes que no puedo. Pasaste por una vida, la descolocaste un segundo que duró casi dos años y, de vez en cuando, quieres intentarlo: mandar un mensaje, llamar tú. Pero te vence el respeto por otra decisión. Por otra persona que no espera que hagas nada, ni siquiera una noche de borrachera móvil en mano porque hace siglos que no te emborrachas. Su poder era elegir y yo lo sabía y lo acepté, aunque a veces me quede la sensación de que he sido una prueba, o un juego. Ya: nunca fui un buen soldado.

Del próximo que llegue, sabré cuándo empieza, pero espero dejarle claro que pretendo, si no es mucho pedir y sin afán de molestar, oiga, que tenga la decencia de decirme por qué acaba.


Imagen de Madrid: imagonovus.
Imagen de Almería: jlmieza.

domingo, 13 de mayo de 2007

Éste sí va para ti







Esta tarde, que amanece, descubro que algún día te hablaré sobre los cielos lilas de mi tierra...

sábado, 12 de mayo de 2007

Interpretaciones

Hasta ahora, este poema me había parecido más tierno que revanchista. Hoy he comenzado a pensar que quizá pide cierto tipo de pago de deudas...

Dame cobijo
con toda la ternura
que te he prestado.
Mario Benedetti.

lunes, 7 de mayo de 2007

Una vez

Una vez quise. Quise de la manera en que quiere todo el mundo: definitiva, abismal, sin esperanza. Luego he querido de otras formas. Sin lágrimas, porque nunca las tuve, pero me las devolvieron con creces durante un año; con calma, como si se pudiera querer calmadamente; contenida, porque no es lo mismo el control que la represión, me repetí, aunque jamás haya llegado a creerme del todo aquella frase. Me regalaron cuadros de Georgia O'Keefee, Chagall y Klimt; poemas de Miguel Hernández, José Hierro, Ángel González, Goytisolo, Barrett Browning, Alejandra Pizarnik y otros cientos; canciones de Ella Fitzgerald y Andrés Calamaro. Ya no miro títulos de libros pensando que estarán en su estantería, pero tampoco hace falta porque soy parte de él. Y con esto quiero decir precisamente eso: que ciertas partes de mí, ahora, le deben lo que son. Que le debo lo que soy o parte de lo que soy o algunas de las mejores partes de mí. No he vuelto a querer así. Dudo mucho que vuelva a querer así.


La jaula

Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa
desnuda en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

Alejandra Pizarnik.

Lo que hago mejor últimamente es alejar a la gente que me importa.

viernes, 4 de mayo de 2007

Ahora que pierdo

Ahora que pierdo lo que soy, o que tengo conciencia de haberlo perdido, y llega el cansancio y ya no hay la costumbre de desear un buen día ni de dar (o mandar, que es casi lo mismo, pero no es igual) un abrazo o un beso o mil al llegar al tajo. Ahora que llegan otros y se van (o creo que se van) algunos. Ahora que aparece el hastío y regresa el silencio y me enamoro de unas letras y una voz y no tengo ganas de hacer nada ni de escribir nada, leo a Szymborska y lamento, como nunca, no saber, no poder, escribir poemas.


Discurso en el depósito de objetos perdidos

Perdí algunas diosas en el camino de sur a norte,
y también muchos dioses en el camino de este a oeste.
Se me apagaron para siempre un par de estrellas, ábrete cielo.
Se me hundió en el mar una isla, otra.
Ni siquiera sé exactamente dónde dejé las garras,
quién trae mi piel, quién vive en mi concha.
Mis hermanos murieron cuando me arrastré a la orilla
y sólo algún huesito celebra en mí ese aniversario.
Salté de mi pellejo, perdí vértebras y piernas,
me alejé de mis sentidos muchísimas veces.
Desde hace mucho cerré mi tercer ojo ante todo esto,
me despedí de todo con la aleta, me encogí de ramas.
Se esfumó, se perdió, se dispersó a los cuatro vientos.
Yo misma me sorprendo de mí misma, de lo poco que quedó de mí:
un individuo aislado, del género humano por ahora,
que sólo perdió su paraguas ayer en el tranvía.

Wislawa Szymborska
De "Si acaso" 1978 Versión de Gerardo Beltrán

Una del montón

Soy la que soy.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades.

Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
de debajo de algún árbol.

En el vestuario de la naturaleza
hay muchos trajes.
Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.
Cada uno, como hecho a la medida,
se lleva dócilmente
hasta que se hace tiras.

Yo tampoco he elegido,
pero no me quejo.
Pude haber sido alguien
mucho menos individuo.
Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre,
partícula del paisaje sacudida por el viento.

Alguien mucho menos feliz,
criado para un abrigo de pieles
o para una mesa navideña,
algo que se mueve bajo un cristal de microscopio.

Árbol clavado en la tierra,
al que se aproxima un incendio.

Hierba arrollada
por el correr de incomprensibles sucesos.

Un tipo de mala estrella
que para algunos brilla.
¿Y si despertara miedo en la gente,
o sólo asco,
o sólo compasión?

¿Y si hubiera nacidono en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?

El destino, hasta ahora,
ha sido benévolo conmigo.

Pudo no haberme sido dado
recordar buenos momentos.

Se me pudo haber privado
de la tendencia a comparar.

Pude haber sido yo misma, pero sin que me sorprendiera,
lo que habría significado
ser alguien completamente diferente.

Wislawa Szymborska
Versión de Gerardo Beltrán.

jueves, 26 de abril de 2007

Te presto


Te presto la ternura y las ganas de abrazarte por dentro, de acariciarte el corazón, de que descanses de tu vida y de tus miedos.
Abandónate.
Permítetelo.

domingo, 1 de abril de 2007

Te abrazo

Hoy quiero abrazarte.

Un abrazo fuerte. Largo. De ésos que escondes la nariz en el cuello del otro.
Un abrazo de los que surgen por una charla íntima o por el deseo de ser un refugio.
O el deseo de ser.
Quiero abrazarte muchas veces.
No todas te las digo.
Ni siquiera sé si todas se notan.


Imagen: Abrazo, de Ángela García.

viernes, 26 de enero de 2007

Instantes

Hay alguien que regresa a una ciudad que no fue suya del todo, pero sí un poco suya, para poder cerrar las puertas. Un hombre perdido que recoge a su pareja de años en una estación, pero al que le gustaría dormir con otra. Una mujer, o una niña, que espera que se abra una ventana para poder ser tierna con alguien a quien no puede nombrar. Un duende que disfruta de la nieve en Asturias y lo escribe para que otros lo veamos. Una amiga suya que regresa a Granada y siente las mismas ganas de llorar que yo sentí cuando pisé las calles de Sevilla el fin de semana pasado. Cientos de mujeres poderosas que discuten sobre el feminismo en Mérida y que sí tienen presencia: Nadia Nair, Isel Rivero, Dolores Juliano, Rosa Cobo, Helena Taberna. Un hombre que planea un fin de semana con una mujer de la que no está enamorado, pero con la que se casó. Y una mujer, o una niña, que piensa en tenerlo dentro de su cama otra vez cuando sale en coche a trabajar, a diario.

viernes, 22 de diciembre de 2006

Piel

La piel es capaz de rugir antes de que lo haga la boca. Comienza a picar, en el escote, y con el filo de las uñas, de los dedos, casi sin darme cuenta, pero a la vez muy consciente, acaricio el cuello desde la base y bajo. Porque la piel se eriza, reacciona y se levanta. Avisa del ataque antes que yo, o lo espera.
No creo que escapemos si alguna vez surge.



Imagen de Carla van de Puttelaar


viernes, 14 de julio de 2006

El norte de los tristes

Otra vez las mismas explicaciones. Otra vez las mismas historias, la misma irrealidad, como si no hubiera aprendido bastante. De nuevo la irritación, que llegará y sacará la peor parte de la frustración que espoleo. De nuevo saber cómo acabará todo. No querer acabarlo. No querer, no haber querido, empezar.

Todos estos cuentos son uno y el mismo.

jueves, 22 de junio de 2006

Irrealidad

La irrealidad siempre resulta una maravillosa fantasía, cuando se dan las circunstancias adecuadas, cuando los dedos vuelan en el teclado, cuando se crea ese clima que te hace confiar pese a los riesgos. Éste es, quizá, el único medio en el que uno ha de fiarse únicamente de su intuición. Aunque esa intuición resulte, al final, un borrón incierto, una moneda al aire, la asunción del caos.

Internet no inventó la soledad. Ni tampoco el aburrimiento, ni el sexo, ni la creación de máscaras. Al cabo se resume en los pocos datos (siempre son pocos) que uno se atreve a dar. La llegada de las webcam transformó el paraíso de los antiestéticos -en Estados Unidos las empresas comienzan a realizar las entrevistas de trabajo por teléfono para que no las acusen de discriminar a quienes no cumplan un canon de belleza cada día más estricto- en una sucesión de desánimos. Hasta en los foros se cuelgan ya fotografías propias. Así desaparece, poco a poco, una de las mejores cualidades que tenía la red: el anonimato absoluto. No la impunidad: tarde o temprano nada queda impune, ni siquiera aquí. La posibilidad de conocer a alguien sin imagen externa alguna. La posibilidad de la mentira, también: pero qué más da, si siempre se descubre. Y qué más da si en esto, como en todo, cada uno guarda sus propias reglas.

La vida real es mejor. Durante dos años alguien intentó convencerme de eso, que es como intentar que crea que los ordenadores escriben solos y responden y preguntan y cuentan y confían. Pero, durante un tiempo, hubo un espacio completamente mío. Pasó hace más de un lustro. Se llamaba El Reloj Biológico y fue el primer mensaje que escribí en un foro de internet. Antes escribía mejor o allí escribía mejor, porque había quien me espoleaba, quien me hacía investigar y ahondar y sugerir. Después busqué otros lugares. Encontré uno, pero no es mi sitio, por mucho que escriba en él. No será nunca mi sitio. Porque ya no soy Elrond y porque murió David, que nunca se llamó David, ni están Calamaro (sobre todo Calamaro), ni Dem, ni Amapoli/Agripina, ni Guaya, ni Minerva, ni el DiabloCojuelo, ni Náufraga, ni Mayte0, ni Simbad, ni FlorDelMal, ni FOS, ni Gorka, Reuben, Schoff y tantos otros.

Durante dos años conseguí un espacio mío. La red es muy amplia, pero se asemeja a los bares: en pocos te sientes como en casa. La historia nunca acabó. Somos lo que somos, pero la irrealidad no ayuda. Y pusimos demasiado de nosotros mismos, todos. Y sentimos. Nos hicimos amigos. Amé y me amaron.

Nunca se me dio bien olvidar. Nunca se me dio bien cuando sé que todo continúa. Que hubo dos lugares, en el mismo sitio; que uno cerró y que otro sigue, languideciendo, dando los últimos estertores, que duran demasiado ya. Y cuando la curiosidad me puede, me encuentro con que lo que me dañó ya no me importa, pero que sigue existiendo gente que es capaz de pulsarme las teclas; de hacerme reír y llorar en dos segundos, de conseguir que añore brutalmente. De volver a tener miedo a la irrealidad de quien llega después y me recuerda que puede aparecer y desaparecer, rotundamente sí, y que haré mal si no lo tengo en cuenta.

Ya lo decían: nada me han enseñado los años: siempre caigo en los mismos errores.

miércoles, 31 de mayo de 2006

Fantasmas

Hay gente de la que no se vuelve nunca. Personas que surgen de repente, cuando cambia el viento, desenterradas de la memoria por un azar que nunca es azaroso, ni imprevisible del todo, ni inesperado. Llegan con ciertas estaciones, cuando se habla de ciertos temas, cuando la memoria se vuelve un ejercicio indispensable, cuando el cuerpo decide que las heridas han de sangrar aún más de lo que se vertieron hace años, o décadas, o siglos.

Todos tenemos fantasmas. Los monstruos también mueren, me escribieron hace tiempo en la dedicatoria de un libro por leer. Mueren los monstruos ajenos; los que pertenecen a casi cada individuo de cada época, los que han llegado a formar parte del imaginario colectivo, por razones históricas, vitales, de destrucción y muerte. Pero no los propios: los que traen la vergüenza o la culpa. Esos aparecen siempre, a poco que uno se descuide, reflejados en otra gente, otras circunstancias, otras vidas. Trayendo de golpe el dolor, el sonrojo, la tristeza o la rabia.

También hay lugares de los que no se vuelve nunca. Pero eso es otra historia.