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viernes, 28 de diciembre de 2007

De museos y viajes

Madrid, 20 de diciembre de 2007.

Madrid me mata y me destroza los pies: el Prado es mareante: demasiada gente, pero relativo silencio: en comparación, el Thyssen parece una tasca. No compro ningún catálogo: pesan demasiado. Nerea ha tenido que dejarme dos maletas y no sé cómo voy a acarrear las cosas. Veo los dibujos de Durero y las pinturas de Cranach, el Viejo y el Joven, y algunos otros cuadros de pintores alemanes que me hacen sonreír porque ahora sé de dónde saca la Viuda algunas de sus imágenes contundentes. Ayer fue el turno de Velázquez, la piel de gallina de nuevo cuando veo al Cristo, como me pasó a los 17, y todos agolpados ahora, otra excursión de instituto, delante del Jardín de las Delicias de Hyeronimus Bosch. Después -después de Velázquez, después de los maestros del XIX, después de los Grecos del Prado- paso por delante de Tiziano y Tintoretto, muy rápido porque estoy harta de cuadros y porque el Prado necesita de las horas más despejadas del día, de muchos días, para no saturarte. Pero busco a Van der Weyden, por supuesto, para detenerme un rato ante esas telas de relieve y estudio la composición de algunos lienzos, la regla de los tercios, las líneas de fuga, el uso de la luz. En los dibujos de Durero eso es imposible: son de decorado de película fantástica, mil detalles, aquí un perro, allí un cántaro, allí una hierba, un río desdibujado, una montaña...

Fotos y cuadros y esculturas. Luis Ramón Marín, 1908-1940, Ramón Gómez de la Serna en un circo y Josephine Baker, un cuerpazo, en su camerino, y los desayunos de Alfonso XIII. Como en El Vesubio, de nuevo. Lo complicado que resulta encontrar un sitio donde permitan fumar en Madrid. Debería haber bares con sillones para echar una siesta, sobre todo cuando llueve.

Como sola, una lasaña. Al lado hay un grupo de chicos que hablan de cine: de Spielberg, de Tarkovsky. Uno lleva la voz cantante, cigarro tras cigarro, muy guapo, muy apasionado; dos no abren la boca en el tiempo que dura la comida y él se va, me sonríe, le dice a sus amigos que vean Beau Geste y desaparece. Me quedo sola con un grupo de chicas enfrente, pero su conversación es mucho menos interesante: creo que trabajan en una revista o en un medio de comunicación, porque una dice que ha hecho una entrevista y otra habla del departamento de diseño gráfico. Dentro de tres horas he quedado con Nerea y, aunque el ensayo de viajar sola no ha sido tal, porque he estado acompañada la mayor parte del tiempo, creo que tendré que empezar por países hispanoparlantes para no perderme -Begoña se ha quedado enamorada de Argentina y quiere volver más pronto que tarde- y que el agua caliente con sal va a ser la mejor compañera de mis pies.


Primera pintura: Retrato de una dama, de Hans Baldung Grien.
Segunda pintura: El Descendimiento, de Roger van der Weyden.

jueves, 27 de diciembre de 2007

El plan es sólo arte




Madrid, 19 de diciembre de 2007.


El plan es sólo arte. La mejor pinacoteca del mundo, el claustro de los Jerónimos, la ampliación de Moneo, las Fábulas de Velázquez y la colección general. Me hace falta un carnet de prensa, constato. Veo a Sorolla, Goya, Madrazo y descubro los retratos fuertes de Vicente López, a quien no conocía.

La imagen es el retrato que Vicente López pintó de Francisco de Goya.

sábado, 22 de diciembre de 2007

La plaza y libros

Me pierdo buscando la Plaza Mayor, que quería ver de noche y en la que ya no dejaré ningún beso. Hace demasiado que no vuelvo a Madrid, porque antes me sabía el camino de memoria y hoy he acabado frente a la puerta del Thyssen. Me duelen los pies desde hace tres días, pero camino sin parar y me detengo en el Canal de Isabel II para ver las fotografías de Don McCullin, que se anuncian con un gran: "¡¡Atención!! algunas imágenes pueden herir su sensibilidad" y yo me pregunto qué sensibilidad escapista tan fácilmente herible tienen algunos. Le han descrito Susan Sontag y John Le Carré. Fotografía hasta los paisajes en blanco y negro y la negrura de África y las muertes de SIDA y el llanto seco de un niño huérfano -¿cuántos años tendrá hoy, si es que vive?- y la matanza de Sabra y la guerra de Vietnam y Chipre en guerra y la construcción del muro de Berlín y el Checkpoint Charlie. Subo para ver todas las fotos, a pesar del vértigo -no te quedes clavada en medio de la escalera, no te vas a caer, sigue subiendo, respira, no mires abajo- y vuelvo a comprar el catálogo de la muestra y hago recuento: me falta el Prado, me falta el Thyssen, me falta Mapplethorpe, me falta comprar más libros (mi hermano vuelve a pedirme a Samuel Johnson), me quedan dos días, me estoy cayendo de sueño y son las siete y diez de la tarde, dentro de hora y media cojo el metro, podría pasarme por la Fnac y terminar las compras y seguir revolviendo libros y seguir fundiéndome la paga extra en bibliotecas...

Imagen de Don McCullin.

Aprendo a mirar II

También están la lluvia y el frío y las paradas para comer (Madrid es muy sano, demasiado sano: no permiten fumar en casi ningún sitio) y el aire que se cuela en las rendijas y los carteles grandes, las firmas de ropa con ropa prohibitiva, el metro caluroso y esta forma de aprender a viajar sola sin estar sola del todo, porque llama Arwen, porque llama Sonia, porque son las cuatro y media de la tarde y a las nueve he quedado con Begoña. Pero sola veo Ocultos y sola veo las esculturas poderosas de Camille Claudel y sola leo sus cartas y como en Vitamina un buffet libre de ensaladas y en el mercado de Fuencarral me hago socia de Greenpeace y vuelvo a sacar mi libreta de Shakespeare para hablar de estas vacaciones en Madrid cerca de la Navidad.

Vuelvo a aprender a mirar. En el metro hay un señor que se parece a Tomás Segovia. Me encuentro en Trafis con un tipo al que conozco de alguna manifestación por una vivienda digna, Kois explicándome qué camino había que tomar si la policía cargaba, y conozco a Íñigo, que trabaja en todo, desde buzo para obras bajo el agua hasta porteador y que construye altillos -lo que me costó robar esas maderas- y hablo un poco con quien me encuentro y descubro que, en esta ciudad impersonal, la gente sonríe si tú sonríes primero.


Imagen de la página Escribir es vivir.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Aprendo a mirar


Madrid, 18 de diciembre de 2007.

Veo a la Camille Claudel atormentada y a una mujer de rodillas ante una chimenea -El pensamiento profundo- y el corazón se paraliza y me oprime porque hay historias de amor que te mantienen encerrada durante treinta años, a pesar del orgullo, la dignidad -no se pase más por mi taller- y el tormento.

Aprendo a mirar. Compro una libreta con las letras tachadas de William Shakespeare. Escribo en los bares, de nuevo. Recuerdo lo que han dado de sí tres días y medio: la desazón de las Vidas Minadas de Gervasio Sánchez, leer títulos de libros (y comprarlos: ensayos de Virginia Woolf, los dos volúmenes que me faltaban de Memoria del Fuego, de Galeano y varios otros que no puedo nombrar porque son regalos de Reyes; tres catálogos de exposiciones -la de Claudel, la de Gerva, la del paisaje que reúne a Pollock, Nolde -me he enamorado-, Munch, van Gogh, Constable- y alguno más, que dejo en Traficantes de Sueños -William Wordsworth: volveré). Y un café en el Café Gijón lleno de cuadros, la foto de Alfonso a la izquierda, cerillero y anarquista; tres ancianos hablando a borbotones, con la mirada lúcida y un vermú de grifo. Y un concierto divertido, emocionante, de los Flying Pickets, la voz como instrumento más bello del mundo; los nervios de Nerea con una hipoteca a nombre de su hermana y una posible nueva vida y un crédito ICO para un ordenador con el que ver películas y el Círculo de Bellas Artes y Bergman, y el Hostal Olga, donde eché mi primer polvo, y mil letreros divertidos en las calles (José Luis y sus Chaquetillas, Sailor y Lula) y el metro que te lleva a todos lados...

viernes, 7 de diciembre de 2007

Agenda para unas vacaciones de frío

Me voy a Madrid una semana, acabo de decidirlo y de hablar con mi partenaire, que tiene que trabajar (pero que sacará tiempo para mí). Y, como además de pasarme por la 8 1/2 y de trastear en librerías, me apetece una visita culturo-festiva, apunto aquí lo que tengo que ver y a dónde tengo que ir para que no me ocurra como con la exposición de Roy Liechtenstein, que la última vez fui a verla justo el día que cerraba el Museo...



1.- Don McCullin. Sala de Exposiciones Canal de Isabel II -Santa Engracia, 125. Es uno de los mejores fotoperiodistas del mundo y me apetece mucho una exposición fotográfica.
  • Hora: Martes a sábado, de 11:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:30h; domingos y festivos, de 11:00 a 14:00h; lunes, cerrado.
  • Precio: Visitas guiadas gratuitas los sábados de 12:00 a 14:00 horas y de 18:00 a 20:00 horas y los domingos de 12:00 a 14:00 horas.
2.- Museo del Prado, para las Fábulas de Velázquez, los pintores del XIX, la ampliación de Moneo y las puertas de Cristina Iglesias. Y para detenerme, otra vez y de nuevo como siempre, ante El Descendimiento de Van der Weyden, que es mi cuadro favorito.
  • Los Grecos del Prado
    Fecha de inicio: 04/12/2007
    Fecha de fin: 10/02/2008
    Hora: De martes a domingo de 9:00 a 20:00h
    Precio: General, 6 euros. Reducida, 3 euros. Entrada gratuita de martes a sábado, de 18:00 a 20:00h y el domingo, de 17:00 a 20:00h. Venta Vía web, Centro de Atención al visitante o en el teléfono gratuito 902 10 70 77.
  • El siglo XIX en el Prado
    Fecha de inicio: 31/10/2007
    Fecha de fin: 20/04/2008
    Hora: De martes a domingo de 9:00 a 20:00h
    Precio: General, 6 euros. Reducida, 3 euros. Entrada gratuita de martes a sábado, de 18:00 a 20:00h y el domingo, de 17:00 a 20:00h. Venta Vía web, Centro de Atención al visitante o en el teléfono gratuito 902 10 70 77.

  • Fábulas de Velázquez: Mitología e historia sagrada del Siglo de Oro
    Fecha de inicio: 20/11/2007
    Fecha de fin: 24/02/2008
    Hora: De martes a domingo de 9:00 a 20:00h
    Precio: General, 8 euros. Reducida, 4 euros. Entrada gratuita de martes a sábado, de 18:00 a 20:00h y el domingo, de 17:00 a 20:00h. Venta Vía web, Centro de Atención al visitante o en el teléfono gratuito 902 10 70 77.

3.- Durero y Cranach. En el Museo Thyssen-Bornemisza.

  • Pases: De martes a domingo, de 10:00 a 19:00h; lunes, cerrado.
  • Precio: Precio exposición temporal: 5 euros. Estudiantes, jubilados y mayores 65 años: 3,50 euros. Exposición temporal + Colección permanente, 9 euros. Reducida, 5 euros para estudiantes y mayores de 65 años. Exposiciones de la serie Contextos de la Colección permanente son gratuitas. La taquilla cierra a las 18:30 horas. Venta anticipada de entradas en las taquillas del Museo y en centros El Corte Inglés.
  • Hora: Martes a sábado, de 11:00 a 20:00h; domingos y festivos, de 11:00 a 14:00h; lunes, cerrado.
  • Precio: Entrada gratuita. Reserva de visitas guiadas para grupos en el teléfono 91 374 66 53

5.- Gervasio Sánchez. Vidas Minadas. Diez años después. Instituto Cervantes. Alcalá 49.

  • Hora: De lunes a sábado, de 11:00 a 14:00 y de 17:00 a 21:00h; domingos y festivos, de 11:00 14:00h.

6.- Día 15 de diciembre. Shuarma. Sala Caracol. C/ Bernardino Obregón, 18.

  • Hora: 22:30 horas.
  • Precio: 15 euros.

7.- Día 16 de diciembre. Flyin Pickets. Sala Galileo. C/ Galileo, 100.

  • Hora: 19:30 horas.
  • Precio: 10 euros.

8.- Día 18 de diciembre. Dayna Kurtz en la Sala Clamores. Calle Alburquerque, 14

  • Hora: 21:30 horas.
  • Precio: 12 euros.

9.- La abstracción del paisaje. Fundación Juan March. Calle Castelló, 77. Es decir, aquí Turner, aquí Rothko, aquí Richter, aquí mi queridísima O’Keefe y mis no menos queridos Pollock, Gottlieb, Constable, Van Gogh, Klee, Munch o Kandinsky (mi partenaire se acordará de los debates que se marcaba, carta va, carta viene, con sus teorías sobre "De lo espiritual en el arte").

  • Hora: Lunes a Sábado: 11.00 a 20.00 hs. Domingos y festivos: 10.00 a 14.00 hs.
  • Visitas guiadas gratuitas: Miércoles y jueves: de 11.00 a 13.30 hs. Viernes: de 16.30 a 19.30 hs. Las visitas guiadas comenzarán cada 30 minutos, cada una para un máximo de 15 personas, por orden de llegada.

10.- Roma S.P.Q.R. Centro de Arte Canal. Paseo de la Castellana, 214.

  • Hora: de lunes a domingo, de 10:00 horas a 21:00 horas.
  • Precio: general, 6 euros.

11.- Exposición Ocultos. Son fotos de culos. De Robert Capa, Cartier-Bresson, mi Mapplethorpe querido, Man Ray...

  • Hora: de 11.00 a 20.00 h. Miércoles de 11.00 a 15.00 h.
  • Días: del 3 de octubre de 2007 al 6 de enero de 2008.
  • Lugar: Sala de exposiciones de la Fundación Canal (Mateo Inurria, 2).
  • Precio: Entrada libre.
¿Por qué? Pues porque este año me he encontrado con dos meses de vacaciones, de los que no he disfrutado ningún día porque he tenido que estudiar un examen suspenso. Porque hace mucho que no voy a Madrid. Porque me apetece atracarme de arte. Porque me apetece tomarme un vermú. Porque tengo ganas de vacaciones...

Y porque me gusta el estrés de ocio.

Las fotos son mías, de una de mis últimas visitas a Madrid. No seáis muy crueles, que las he escogido de entre lo mejor.

jueves, 23 de agosto de 2007

Paraísos perdidos

Imagen de Madrid: Ramón Durán. Plaza de España.

Hay dos ciudades cuyas calles aprendo de memoria en cada visita. No hay más paraísos que los perdidos: por eso me conformo con habitarlas poco a poco, con colocar el tiempo donde puedo para ver a todo el mundo, con sentirme yo como en ningún otro sitio soy yo.

Imagen de Sevilla: Vincent Benoit. Café.

En cada una de ellas, el rito siempre es el mismo. Me espera una mujer a la que beso en la boca. Voy a casa y me desnudo. Me desnudo por fin, verdaderamente, toda yo entera. Y hablo y por fin digo, porque yo hablo mucho pero casi nunca digo nada. Bebo vino o ron miel, nos reímos hasta que nos duele el cuerpo, fumamos, escucho durante horas. Camino, observo a la gente, escribo en los bares, espero a que lleguen los amigos. Soy yo como en ningún otro sitio soy yo y me reconozco y al fin me gusta lo que veo. Y recuerdo que no volveré a vivir allí, que nunca podré vivir allí, y me aplastan las calles y el cielo, pero hay dos mujeres que me abrazan. Veo gente con la que no vivo, pero que sabe de mí más que nadie. Pienso en volver pronto y siempre vuelvo tarde, para recuperar los meses, para saber que soy feliz, que puedo compartirlo y compartirme. A pesar de que, siempre, en algún momento de ese paseo solitario que es también un rito, la nostalgia, la añoranza, la tristeza, acaben acompañando mi percepción de esas dos ciudades que se me niegan. Y que apreso como puedo en un fin de semana, siempre muy corto, muy rápido, muy nervioso y sin horas.

sábado, 30 de septiembre de 2006

Madrid I

Sepan vuestras mercedes que caminamos por las mismas calles donde otros hombres, de carne y sangre o quizá de leyenda, caminaron antes: Lope de Vega, Cervantes, Quevedo, Tirso de Molina, Murillo, Velázquez... Todos pisaron esta misma plaza.

Piénsenlo. Recuerden vuestras mercedes Madrid, suéñenlo, porque la memoria de los que les precedieron les demandará justicia.

Madrid II










Madrid. El Madrid de los Austria,












el de Valle-Inclán,

















Larra


















y Juan Gris.












El Madrid de franquicias,












el de las obras inacabables,











el de las campanadas de fin de año,














el Madrid tumultuoso, el de calles amplias,











barrios residenciales, moles sin ton ni son.










El Madrid que también se vuelve acogedor a ratos, el que se puede patear para ir encontrando, poco a poco, lo que un día fue.

Madrid III


Ese Madrid de callejuelas, la Plaza Mayor como centro y como excusa para sentarse en el suelo, tomar un café, lanzar besos al aire.












Las ventanas con postigos,











la Gran Vía rotunda,











el Parque de las Tetas, las tabernas con vino y vermouth.
















El Madrid que es rojo de ladrillo, las tejas antiguas, la Cibeles, la Plaza de España y Don Quijote y Sancho. El Madrid desconocido para los madrileños, el clima recio, el humo, los coches.















Y el Madrid militante.

Madrid IV






La ciudad que puede, gracias a unos pocos,














transformarse en grito, en protesta y en rabia.










La que dibuja agujeros en la realidad















y piensa que todo está por hacer y todo es posible.

















La de los músicos callejeros,













los mendigos en la plaza, la depredadora, la que niega sueldos que la disfruten y techos donde guarecerse.

viernes, 29 de septiembre de 2006

Madrid V

Esta ciudad me cabrea y me enamora a partes iguales. Ya no es la promesa no resuelta, el lugar en el que debería vivir, sino las calles a las que vuelvo, al menos una vez al año, para caminarlas con cuatro o cinco personas. Para recordar lo que soy, lo que quiero, el camino que sigo. Para calmar y para sentir.

A pesar de la gente, del ruido, de los semáforos que no dan tiempo a cruzar la calle, de las escaleras mecánicas por las que todo el mundo corre, de la prisa, el estrés, la individualidad exacerbada, el anonimato. Esta ciudad estruendosa y loca también es mi casa, también es mía, aunque la pise con tanta premura como los que viven allí y como los que también la odian y la aman sin decidirse nunca por un sentimiento u otro.

Madrid VI

Madrid es, también, los cafés que no bebí, los porros que no me fumé, el vino y las copas que jamás se compartieron, el tabaco rubio, el tabaco negro, Madrid Rock, Malasaña. Sentir que tú no mereces que se rompan las reglas. Los lugares que pisaron otros con él, pero no tú. Este Madrid es también un no. Un no que nunca se asume, pero que siempre se podrá comentar con Nerea, hasta que ya no duela y ya no importe. Madrid es ella, sobre todo, y es su casa, y es su cama, y es su olor, aunque también sean otras personas a ratos, más reales que el recuerdo de lo que nunca sucedió y de lo que ya no ocurrirá jamás.

Madrid VII


Madrid. Donde las acciones de la gente anónima interesan poco. Donde los bares se reconvierten en multinacionales del ocio donde no se fuma y se bebe muy rápido. La ciudad luminosa. La promesa. La búsqueda de un lugar íntimo, de un grupo íntimo, de unas relaciones que te abarquen y con las que no sea difícil verse. La ciudad depredadora de los supervivientes. La que, sin embargo, tiene la capacidad, siempre, de hacerme sentir que soy, que estoy, en el centro del mundo.

miércoles, 7 de diciembre de 2005

Valencia de Alcántara

Sí me siento en casa aquí, de tanto en cuanto, algunos días más en casa que otros, porque, cada vez que visito las ciudades en las que fui (o soy) feliz, me queda más honda la sensación de que jamás encontraré un hogar en el que sentirme completamente a gusto mientras todas las personas que quiero están a kilómetros y kilómetros, cada vez más gente y más lejos porque quien se desplaza suelo ser yo.

Aquí no huele a azahar, como en Sevilla, ni a borra de caballo salvo en San Isidro (el 15 de mayo) en el que las calles están tan llenas de herraduras como de neumáticos. Pero huele a tierra mojada (y ha olido mucho a tierra quemada) y a naranjas que no están metidas en ninguna bandeja con papel film transparente, sino formando parte de los árboles, como una tentación constante en los días de campo y caminata. Y huele a flores, a menudo, y se ve alguna lila que crece sola y que te hace preguntarte qué caminos recorrió. Y suena el agua de los ríos, del río Sever, del río Alburrel, del Tajo majestuoso pasando por Herrera de Alcántara y por Cedillo, con atardeceres en los que el sol se cae entre dos montañas y que cada día que visitas te ofrece, como un regalo hermoso, un paisaje completamente nuevo.


Y hay más olores, sí: el olor de la flor de jara, que yo jamás había visto y que se ha convertido en mi favorita, blanca, grande y amarilla, poblando las lindes de las carreteras, mostrándole al caminante que hay vida más allá del coche.
En estas tierras he descubierto a cambiar una pantalla de cine por unos paisajes inmensos, por las piedras viejas y por paseos al lado de una vía de tren comiendo naranjas ácidas, como a mí me gustan. He descubierto que puedo vivir con dos o tres bares tan sólo y con un café en el Cruce con tarta de queso, la mejor tarta de queso del mundo y con trayectos a la piscina natural de A Portagem en verano, para no bañarme porque el agua está helada..


Y he descubierto, también, que soy lenta para contar lo que ocurre dentro, que necesito un espacio grande y mío, que sigo aprendiendo a ponerle nombre a los desencantos y que puedo ser absurda y patética, pero que ya no sé cómo entrar en los demás para quedarme.


Estos días me he sentido en casa en Madrid, en la casa cinematográfica que es esa ciudad, caminando por el metro sin perderme y recuperando la capacidad de asombro ante una sociedad a la que no pertenezco, llena de hormigas que no te piden perdón cuando te pisan y de gente que no sonríe ni se entristece porque tienen todos la misma cara. Me asombro, también, cuando veo a hombres abrazándose y besándose, alegres de verse un día más porque aquí los gestos masculinos de cariño están prohibidos y los femeninos se circunscriben a las relaciones de pareja. Aprendo a mirar y a crecer, aunque siga pensando que no soy más que una niña sin raíces porque tampoco yo las tengo, porque nunca existe el lugar perfecto en el que quedarse, a pesar de que, de vez en cuando, sobrevenga esa sensación de estar en el mejor sitio del mundo, en el único sitio en el que podrías quedarte por ahora.


Valencia de Alcántara, la comarca, puede ser un buen candidato, aunque no me acostumbre a estas relaciones, aunque la mitad de las veces no sepa cómo hablar ni cómo expresarme, aunque a menudo me parezca que he dejado de guardia a un yo equivocado que vive los días pendiente de noticias, de páginas de libros que me sé de memoria, de reflexiones que articulo en el poco tiempo que me queda, de conversaciones en las que participo sin estar del todo porque me pierdo con los términos agrarios y con los localismos y con ese portuñol que no acabo de entender.


Y sin embargo, sonrío, aunque muchas veces espere el momento de desplazarme otra vez para sentirme en casa, en Sevilla, en Madrid, en Lisboa, en Granada, en Badajoz, porque mi patria ya son sólo unas pocas personas que me recuerdan que hubo raíces, a veces, pocas raíces, por unos pocos años, que se plantaron despacito pero que, sin embargo, crecen con cada reencuentro y me hacen recordar lo mal que llevo vivir lejos de la gente que me quiere, porque ya no tengo territorios de infancia. Mi territorio comenzó a los 18 años, el resto queda ahí, vuelve de vez en cuando, pero es una nebulosa. Febrero de 2004