Me es extraño volver a los lugares en los que he vivido, recordar la clase de persona que habitó en ellos, mirar ciertos ojos, volver a abrazar algunos cuerpos y, sobre todo, sonreír a alguien que fue mi amigo, sin verle extraño porque soy más fuerte y puedo soportar, y tragarme sin que se note, que él me vea extraña a mí.
Hubo ciertos ritos que no volverán a cumplirse jamás. Con él aprendí que las intuiciones siempre tienen razón: que lo conocí, que lo conozco, más de lo que nadie lo hará nunca. Que a veces los que están dentro de la historia saben más que quienes observan de lejos. Que no recuperaré, porque ya no hay tiempo, ninguna charla hasta las siete de la mañana, ningún café a deshora, ningún baile borracho, ninguna risa. No vendrán las horas que salíamos y nos apartábamos de los demás para seguir hablando, y me buscaba, y le buscaba y le contaba lo que pocas veces he podido contarle a nadie, y me contaba lo que nunca volverá a contar porque su miedo es más fuerte que sus ganas y el mío pudo demostrarle lo importante que era, lo importante que querría que siguiera siendo, lo que disfrutaba hablando con ese tipo observador, penetrante y lúcido... pero me impidió decirle que le quería.
Es irónico. Yo, que reivindico el tacto por encima de todas las cosas; que beso en la boca cuando me apetece y a quien antes me besó primero; que necesito pieles cálidas a mi lado y apresar una mano y rodear un hombro. Yo, que no he vuelto a abrirme a nadie tanto como lo hice con él, que no he vuelto a confiar en nadie extraño desde que me fui, que no he vuelto a mostrarme entera de ese modo, tan calmado, tan directo, ésta soy yo, esto soy yo y ya no hay traumas... Yo, después de narrarle lo que se dijo pocas veces, después de saber que ya no voy a volver a decirlo, después de darme entera, de fiarme y confiar... yo, decía, y eso es lo irónico...
...nunca fui capaz de darle un abrazo.