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domingo, 18 de noviembre de 2007

El joven eterno


Camino hacia los 92 años y ya noto el aliento de la muerte en mi nuca. Mientras tanto, vivo y recuerdo, que es una forma de vivir dos veces. A la edad de uno de mis nietos perdí a mi padre y me hice adulto de golpe. A la edad de otro de mis nietos, estudiante universitario, yo tenía que tomar decisiones en un estado mayor del ejército de la República. Ahora me hablan de una memoria histórica que para mí es realidad vivida, mi propia historia. En mi corazón apenas hay a estas alturas espacio y tiempo para la reivindicación, para la revancha: sigo viviéndome y reviviéndome más allá de leyes, conmemoraciones, titulares o debates políticos. Con Neruda, confieso que he vivido. O mejor, confieso que he sobrevivido. He vivido una vida que no elegí: me vino impuesta, pero siempre le fui leal y fiel. Como un ciprés, todavía estoy aquí, dando sombra y cobijo a los pájaros que anidan en mis ramas. 92 años dan para mucho, pero parece que el tiempo se ha detenido en mis 21 años. Soy un imperativo categórico: ¡Sobrevive! ¡Vive! ¡Recuerda! Mientras llega el cumplimiento de mi vida, pienso, escribo, leo, recuerdo, rezo y vivo, como corresponde al joven que nunca he dejado de ser, al joven eterno que ya soy.

Ignacio M. Muñiz. Alicante.

Carta publicada en el XL Semanal 1001. Del 1 al 6 de enero de 2007.

Imagen de Robert Capa.

domingo, 27 de mayo de 2007

El ciego de la plaza

Hace frío y olor a yerbabuena.

La gente apenas para ya en la plaza para escuchar los cuentos del ciego que, entre temblores, busca bajo las galerías un abrigo.

La tabla laminada, que antaño era acosada por los ojos de los niños, ahora permanece tranquila, sumida en su niebla, quizá inventando nuevos cuentos.

El agua de la fuente está congelada, incluso detuvo su caída en ese borde quebrado, formando una lágrima de cristal.

Un ruido bajo las galerías.

El ciego intenta hacerse un ovillo para evitar la pérdida de calor y esconde su barba desarraigada bajo el cuello, como si fuera una bufanda, tal vez.

Calienta sus manos, oscuras y callosas con el vaho (siempre me ha parecido humo), que escapa de su pecho.
Me recuerda por un momento a mi abuelo.
De alguna forma, todos los viejos me recuerdan a mi abuelo.

Me veo en el salón de su casa, sentado en el suelo muy cerca de la chimenea ("échate atrás, que te vas a quemar") y el aroma del tabaco de pipa y la copa de vino sostenida por uno de los brazos del sillón, donde tras mirarnos a todos sus nietos, comenzaba a hablar.
Yo me daba la vuelta, con la cara enrojecida por el calor y miraba su rostro sonriente (enrojecido por el vino), y me disponía a devorar ávidamente ese cuento que estaba por comenzar.

Un ruido.
El ciego levanta su cabeza, estira el cuello como si fuera un perro de presa.
Sale de su refugio y se encamina hacia su tablón.
Veo las golondrinas piando donde hubiera haber crios.
Quizá el anciano también se esté quedando sordo y no distinga el silbido de los pájaros de las risas de los niños.
Deja su escudilla en el suelo, sin ninguna moneda y comienza a resonar su voz profunda, perfectamente modulada, hipnótica a los oídos.
(El Cid hace jurar a su rey).
Incluso los pájaros se callan y miran con curiosidad a ese hombre harapiento que gesticula tan rápido, que a veces brama y otras susurra.
Pero al segundo golpe del bastón, apuntando con total precisión sobre uno de los dibujos, los pájaros escapan, temerosos de que el tercer golpe se dirija contra ellos.
(El Cid parte al destierro)
Ciego y sordo, ni siquiera sabe que ni los animales le atienden.

Vuelvo a mi cabaña de campo, la voz de mi abuelo, (los moros abren un cofre y descubren que tan sólo hay piedras), el olor a pan tostado, Chico tendido sobre la alfombra, con sus grandes orejas, lamiéndole la mano.

(No son gigantes, señor, sino molinos de viento.)
¿Gigantes?, ¿cuánto tiempo he perdido sumido en mis pensamientos?
El ciego permanece solo, en medio de la plaza, en medio de la niebla.
(El Quijote derrota al caballero de Los Espejos).
En mis recuerdos, otro caballero rescata a la princesa Rapunzel, trepando por su larga melena dorada.
En la plaza, Sancho mira abatido la derrota de su señor a manos del caballero de La Blanca Luna.

El ciego tiembla, tiembla demasiado, comienzo a preocuparme y me dirijo hacia donde se encuentra.
A mi abuelo le tiembla la voz, y entre tosidos construye en nuestras mentes una casa de chocolate y caramelo.
Se desploma en medio de la plaza, corro a ayudarle, intento tomarle el pulso, pero tiene demasiada ropa sucia y desgarrada, aflojo sus botones, un olor acre asciende de su cuerpo, toco el cuello del ciego (su barba es cálida), está muerto.

Vuelvo a mi cabaña, acabo de despertarme y me dirijo al salón, a saludar a mi abuelo (él se levanta pronto), una tía llora en la puerta, ("no dejéis que entren los niños")
(Don Quijote muere en su cama)

Los cuentos también se mueren, han quedado esclavizados en paredes de papel, ya no vuelan con la voz de mi abuelo, con la voz de los ciegos, ahora los niños se asustan de esa cárcel encerrada entre dos gruesas pastas.
Y lloro mientras sujeto el cuerpo del ciego, de la forma en que me impidieron llorarle a mi abuelo. Y le imploro que siga narrando esas historias a los niños...
E insisto en que no pronuncie la palabra...
FIN

(Siempre se me anuda la garganta cuando leo este cuento. Quizá porque lo escribió mi hermano. Quizá porque habla de mi abuelo).

Color de cera

Tus huesos abrazan la piel
que tiene el color de la cera,
y se pierde y se pierde el aliento,
y te entierra, te entierra la arena.

Se hunden los pechos henchidos,
las lágrimas parece que pesan,
sobre un lecho de blancas flores
se marchita, marchita la arena.

Un nieto, de los veintiuno,
que dijo querer ser poeta,
no encuentra palabras sentidas
que escarben, que escarben la arena.

El marido por quien deshojaste
aquellas ciegas horas muertas,
dejó su perfume en el nicho
que llenan, que llenan de tierra.

(Siempre se me anuda la garganta cuando leo este poema. Quizá porque lo escribió mi hermano. Quizá porque lo compuso en el entierro de mi abuela).

viernes, 13 de abril de 2007

Secreto














Es un hecho maravilloso y digno de reflexión que todo ser humano esté constituido de tal forma que siempre haya de ser un profundo secreto y un misterio para sus semejantes.

Charles Dickens.

Y a menudo, incluso, para sí mismo.

sábado, 7 de abril de 2007

Belleza

Quizá aquí se resuma todo

Y de paso siempre podéis aprovechar para leeros el resto de las entradas, que no tienen desperdicio.


Los hay que siempre supieron llegar con las teclas.

domingo, 11 de febrero de 2007

... que no sepan volar

No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún concepto, que no sepan volar.


Oliverio Girondo.

viernes, 9 de febrero de 2007

... para que no nos duela al caminar.

"Entonces tu cola se dividirá en dos y se convertirá en lo que los seres humanos llaman piernas. Pero has de saber que eso te producirá tanto dolor como si una espada recién afilada te rajase por la mitad". La pequeña sirena, de Andersen. ¿Lo recuerda? "A cada paso que des te parecerá que pisas cuchillos afilados y que tus pies sangran". Yo lo recuerdo. Casi siempre en los cuentos las transformaciones se producen sin dolor, son instantáneas y completas. Pero esa cola de sirena que se resiste a dejar de serlo. Imagino que habrá habido multitud de interpretaciones sexuales para esa imagen, aunque creo que de niña no pensé en el sexo cuando escuchaba el cuento, y tampoco ahora. Pienso en el dolor de dejar de ser lo que se es, en cuánto puede durar.

Una espada de dos filos nos corta y luego, a cada paso, cada vez que las piernas se separan y los pies tocan el suelo, sentir que se pisan cuchillos afilados. Nunca nos duele tanto querer a alguien. La imagen de Andersen no deja de ser excesiva. Nunca nos duele tanto, pero nos duele. Porque un buen día hay un cuerpo a nuestro lado y comprendemos que si ese cuerpo desapareciera sería para nosotros una mutilación. Entonces damos un paso atrás. Como somos astutos y preservamos no nuestra autonomía, no nuestra libertad, no nuestras costumbres, no todo aquello que si de verdad quisiéramos podríamos en buena parte mantener aun entregándonos del todo. No. Damos un paso atrás y lo que preservamos es nuestra cola de sirena para que no se parta, para que no nos duela al caminar.


Belén Gopegui.

El lado frío de la almohada.

sábado, 27 de enero de 2007

Nadie dijo que fuera fácil

Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.

Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.

Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.

El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.

Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.

Arturo Pérez Reverte.

Gracias, señor.

lunes, 26 de junio de 2006

Olga

Es de noche, como tantas otras noches que vinieron después en Melilla. Olga y yo paseamos por las calles vacías. Nos desgasta el ritmo diario de jugar a ser periodistas pero ninguna de las dos se quiere ir todavía a casa porque no podemos parar de hablar, de divagar un poco más. Bienvenidos los argumentos y cómo refutarlos. Llegamos a la plaza y nos sentamos en un banco para seguir hablando. Aunque no nos conozcamos de nada, nos sentimos muy a gustito. La confianza surge así, a veces.

Acabamos de encontrarnos y ya nos hemos puesto densas, nadamos profundo y nos hemos contado los sueños y las desilusiones. Las respectivas raíces. Qué coño hacemos una noche como ésta, en esta ciudad. Cómo hemos llegado a esta tierra intermedia...

No recuerdo gran cosa de aquella conversación, apenas que los niños viajan a la luna con la literatura, las niñas con los cómics y la sensación de haber encontrado a una amiga (“el que va contigo, el que comparte el pan”, me explicaría después). A alguien que es capaz de no tener en cuenta los desvios, los tambaleos, la distancia. Por mucho que le duela y quisiera tenernos un poco más cerca.Ahora que estoy regresando poco a poco a esa tierra de frontera, revisito los caminos y me acuerdo de ella.

De cómo abrió las puertas de su (vuestra) casa. De los versos de Galeano y Benedetti, de su intensidad, su desmesura. De Jandro, el yonkie y tantas otras historias.... No la he vuelto a ver pero puedo visualizar su foto a lo Maruja Torres, las mías con Levante, aquella noche en las rocas con Ángel, el Luci, hasta Susana, la guardia civil y los emigrantes... Reconozco su capacidad para unificar y reunir. Me quedo con sus amores sindicalistas, mis libros robados, el poder de las mamadas. Su capacidad para abarcar aquella isla. Cómo todo sonaba a confidencia, a experimento, a forja. Cómo todo sabía a té moruno.... Mmmm, aquella hierbabuena!!. Aquellos bocadillos de pan tomaca y los crepes de chocolate que nos metíamos las dos siempre en el mismo bar....

Es Olga, la de la dieta eterna.... Olga, alma de bar. Y es que ella ha ido dejando uno –o más- en cada sitio por el que ha pasado. Construyendo hogares. A base de conversaciones, coca colas y un espacio para la creación. Es su mundo. Búscala ahí alguna vez si quieres encontrarla. Escribiendo. Por que ella es, sobre todo, una palabra escrita. A mano en un cuaderno con tinta azul o en el ordenador. No sólo recopila frases, versos y párrafos de escritores de los que nunca he oido hablar sino que bebe de la gente, la toca y la transcribe. Transforma la vida en pura literatura.

Dice de mí que le inspiro, que se anima a palabrear más y mejor cuando me lee, pero nadie me ha retratado como ella lo ha hecho varias veces. Aunque mis pensamientos estén desordenados y salte de una intención a otra, consigue captar el mensaje y lo descifra para mí.

Cuando ahora leo ciertas cosas en su blog, siempre le pregunto a quién le está pasando tal o cual cosa porque ya sé que esa historia tiene nombre, rostro y está cerca de ella. Es la única persona que conozco que, de inmediato, nombra a sus amigos. Mari Carmen, Nerea, Pupe, Carmelo.... y tantos otros del espacio sideral que se me escapan.... Antes me extrañaba esa identificación tan veloz pero ahora me agrada por que pienso que esa es la manera que tiene de mantenernos cerca. Después de tanto movimiento, ha ido dejando muchas raíces plantadas.... y ella es de las que le gusta sentir a sus amigos cerca por que son también una especie de hogar.

Por eso, te busca y nunca deja que te vayas del todo. Aunque hayas estado dos años sin verla u oirla, no permite que la distancia entorpezca el reencuentro. La conexión inmediata. La felicidad. Es fácil, de nuevo, exprimir los recuerdos, las experiencias, los amigos. La risa.

Olga simboliza aquella noche y aquella plaza. Un abrazo instantáneo. La fluidez, la intensidad de la contingencia que acaba revelándose perenne. Siempre presente, a pesar de la distancia temporal y física. A pesar de mi propensión natural a desaparecer, ella nunca deja que me aleje. Consigue que la eche de menos, que resuciten los versos y las canciones que nos mantienen atentas la una a la otra, a nuestras respectivas evoluciones. Que desee buscar de nuevo una plaza, algún desorden alimenticio y una nueva borrachera de palabras sobre los caminos.

Sonia.

Iba a escribir algo sobre mis treinta. Pero éste es el mejor regalo que me han hecho hoy...

miércoles, 21 de junio de 2006

Un héroe de nuestro tiempo

Ahí sigue, el tío. Aún no se ha vuelto un mercenario de la tiza, de esos que entran en el aula como quien ficha donde ni le va ni le viene. Tal vez porque todavía es joven, o porque es optimista, o porque tuvo un profesor que alentó su amor por las letras y la Historia, cree que siempre hay justos que merecen salvarse aunque llueva pedrisco rojo sobre Sodoma. Por eso, cada día, pese a todo, sigue vistiéndose para ir a sus clases de Geografía e Historia en el instituto con la misma decisión con la que sus admirados héroes, los que descubrió en los libros entre versos de la Ilíada, se ponían la broncínea loriga y el tremolante casco, antes de pelear por una mujer o por una ciudad bajo las murallas de Troya. Dicho en tres palabras: todavía tiene fe.

Aún no ha llegado a despreciarlos: sabe que la mayor parte son buenos chicos, con ganas de agradar y de jugar. Tienen unas faltas de ortografía y una pobreza de expresión oral y escrita estremecedoras, y también una escalofriante falta de educación familiar. Sin embargo, merecen que se luche por ellos. Está seguro de eso, aunque algunos sean bárbaros rematados, aunque los padres hayan perdido todo respeto a los profesores, a sus hijos y a sí mismos. «Voy a tener que plantearme quitarle de su habitación la play-station y la tele», le comentaba una madre hace pocas semanas. Dispuesta, al fin, tras decirle por enésima vez que lo de su hijo estaba en un callejón sin salida, a plantearse el asunto. La buena señora. Preocupada por su niño, claro. Desasosegada, incluso. Faltaría más. La ejemplar ciudadana.

Pero, como digo, no los desprecia. Lo conmueven todavía sus expresiones cada vez que les explica algo y comprenden, y se dan con el codo unos a otros, y piden a los alborotadores que dejen al profesor acabar lo que está contando. Lo hacen estremecerse de júbilo las miradas de inteligencia que cambian entre ellos cuando algo, un hecho, un personaje, llama de veras su atención. Entonces se vuelven lo que son todavía: maravillosamente apasionados, generosos, ávidos de saber y de transmitir lo que saben a los demás.

En ocasiones, claro, se le cae el alma a los pies. El «a ver qué hacemos todo el día con él en casa», como única reacción de unos padres ante la expulsión de su hijo por vandalismo. Por suerte, a él nunca se le ha encarado un chico, ni amenazado con darle un par de hostias, ni se las han dado, el alumno o los padres, como a otros compañeros. Tampoco ha leído todavía el texto de la nueva ley de Educación, pero tiene la certeza de que los alumnos que no abran un libro seguirán siendo tratados exactamente igual que los que se esfuercen, a fin de que las ministras correspondientes, o quien se tercie, puedan afirmar imperturbables que lo del informe Pisa no tiene importancia, y que pese a los alarmistas y a los agoreros, los escolares españoles saben hacer perfectamente la O con un canuto. Mucho mejor, incluso, que los desgraciados de Portugal y Grecia, que están todavía peor. Etcétera.

Y sin embargo, cuando siente la tentación de presentarse en el ministerio o en la consejería correspondiente con una escopeta y una caja de postas –«Hola, buenas, aquí les traigo una reforma educativa del calibre doce»–, se consuela pensando en lo que sí consigue. Y entonces recuerda la expresión de sus alumnos cuando les explica cómo Howard Carter entró, emocionado, con una vela en la cámara funeraria de la tumba de Tutankhamon; o cómo unos valientes monjes robaron a los chinos el secreto de la seda; o cómo vendieron caras sus vidas los trescientos espartanos de las Térmópilas, fieles a su patria y a sus leyes; o cómo un impresor alemán y un juego de letras móviles cambiaron la historia de la Humanidad; o cómo unos baturros testarudos, con una bota de vino y una guitarra, tuvieron en jaque a las puertas de su ciudad, peleando casa por casa, al más grande e inmortal ejército que se paseó por el suelo de Europa. Y así, después de contarles todo eso, de hacer que lo relacionen con las películas que han visto, la música que escuchan y la televisión que ven, considera una victoria cada vez que los oye discutir entre ellos, desarrollar ideas, situaciones que él, con paciente habilidad, como un cazador antiguo que arme su trampa con astucia infinita, ha ido disponiendo a su paso. Entonces se siente bien, orgulloso de su trabajo y de sus alumnos, y se mira en el espejo por la noche, al lavarse los dientes, pensando que tal vez merezca la pena.


El Semanal, 25 de junio de 2006. Arturo Pérez-Reverte, que me ha hecho, sin saberlo, un magnífico regalo de cumpleaños.

martes, 20 de junio de 2006

Esos maravillosos 30

Aquí están. Nunca pensaste que pudieran llegar tan pronto pero, efectivamente, hace 30 años que naciste. Tampoco pensaste que, al llegar, fueran a notarse en tu rostro, y puede que tu cara disimule, pero esas primeras (o nuevas) canas que empiezan, no a dorar tu cabellera, sino a aclararla hacia la vejez no dejan lugar a dudas, como tampoco lo dejan la celulitis, la falta de flexibilidad, que ya no trasnochas como antes...: empiezas década de nuevo.

La verdad es que después de esa absurda crisis de los 25 ¡a los 24!, cumplir años no ha estado mal, y ahora no va a empezar a estarlo. Sin embargo, está claro que un número tan redondo incita a la reflexión, a pararse, siquiera por un instante, y pensar sobre uno mismo. Podría adentrarme en caminos tan complicados como adónde voy, de dónde vengo, pero me conformo con plantearme si a los 20 me habría creído que, diez años después, apenas habría avanzado unos pasos en este intrincado mundo de la edad adulta.

Porque, voy a ser sincera. Creo que en el plano mental (jua jua) hemos adelantado bastante, hemos superado traumas, hemos dejado atrás complejos y hemos comenzado a vivir NUESTRA vida porque era nuestra y a nuestra manera (más o menos y a pesar de los padres).

Sin embargo, ¿de verdad nos creeríamos, en esos dulces 20, que el trabajo iba a seguir siendo nuestra preocupación ¡ocho años después de terminar la carrera!?¿Nos íbamos a tragar que el piso sería nuestro sueño casi inalcanzable? (las afortunadas estáis hasta las cejas, no sé si eso es tener un piso o que os tenga él encerradas) ¿Estaríamos dispuestas a todo ese esfuerzo (lo digo por las trece o catorce horas diarias currando) para seguir oyendo las mismas exigencias con el mismo sueldo diez años después?

Creo que no. Entonces, si nosotras no lo creeríamos y casi no lo creemos ahora, ¿qué porras estamos haciendo? ¿Cumplir años nada más?

Eso sería demasiado fácil de pensar y, teniendo en cuenta que llevamos vivido casi un tercio de nuestra vida (pienso ser longeva y ser una tía abuela de lo más marchosa), tampoco es tan malo el balance, al menos en lo personal.

No conocí el mundo, pero conseguí crear el mío propio: amigos, pareja, música, libros...Y aún me quedan 60 años para viajar.

No me hice famosa escribiendo, pero escribí muchas cosas que me ha merecido la pena contar, sobre todo historias que han ayudado a algunas personas y que me han ayudado a mí a ampliar mi visión del mundo.

No tengo una casa...Tengo muchas, las de los amigos, las de la familia, y hogares en casi todos esos sitios, porque me siento querida (que también es un logro, ¿o no?).

Y podría tener muchos motivos para deprimirme, sobre todo yo, de bajones fáciles, pero creo que también para sonreír, porque, a pesar de todo, seguimos en la brecha y sigo asombrándome y cabreándome por las injusticias, lo que no sólo quiere decir que estoy viva, sino que estoy dispuesta a seguir en mi lucha por el mundo que quiero.... No sé, si lo miras así, tampoco son tantos los 30 y las canas ¡hasta me están gustando!

Arwen

sábado, 3 de junio de 2006

La habitación cerrada

Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá; que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejo tras sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer esto sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan; nos volvemos cada vez más opacos; más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la frontera que lo separa del otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a si mismo.

Paul Auster. La habitación cerrada, de Trilogía de Nueva York.

martes, 2 de mayo de 2006

"Paisaje invisible de calle conocida"

"Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona esté viva, que sienta y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. (....) Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida".

Fernando Pessoa. Libro del desasosiego.

Es algo extraño, y digno de admiración, decía Dickens (y cito de memoria), que cualquier persona, desde el monarca hasta el esclavo, esté constituido de tal modo que siempre haya de ser un misterio y un secreto para todos sus semejantes. Quizá por eso escribimos: no como una manera de apresar a los demás, sino a nosotros mismos. Camino con gente vieja. Vuelvo la vista y ahí están: veo fotos antiguas, de cuando éramos diez o doce años, quince, más jóvenes (de cuando el mundo se podía apresar entre las palmas de las manos). Y me asombra que sigan. Y me asombra esa extrañeza. Ese misterio de lo cotidiano. Esa necesidad de poner todos los misterios en común. De mostrar lo que eres, lo que querrías, lo que vales, lo que sueñas, los deseos, las anécdotas. Son calle conocida. Puede que invisible, pero transitable.

domingo, 12 de febrero de 2006

Caminos

Soy capaz de tantas cosas y no se dan cuenta. O no quieren darse cuenta. O hacen todo lo posible por no darse cuenta. Necedades. Dicen que la vida se puede recorrer por dos caminos: el bueno y el malo. Yo no creo eso. Yo más bien creo que son tres: el bueno, el malo y el que te dejan recorrer. El bueno lo he intentado andar y no me ha ido bien. Juro que ha sido así. De pequeño hice todo lo que consideré correcto y lo que está bendita New Orleáns, con sus acordes de ébano y sus insoportables chaquetas a rayas me inducía a hacer. Estudié profundamente y traté de trasladar mis conocimientos con pasión. Los estudiantes saben eso. También escribí encerrado en un pequeño mundo cuarto juntando frases, frustrándome ante las huidizas buenas palabras y las no menos resbaladizas imágenes, comparaciones, situaciones, personajes, diálogos. Asumí estar en ese camino porque es ese el modo como se consiguen los sueños. Al menos eso creía hasta un día, cuando tenía todo acabado y faltaba la confirmación de que había decidido bien, no hubo recompensa. No hubo zanahoria, Ahí me di cuenta de que ya estaba caminando, lejos de mi voluntad, por la otra senda. Esa que no es la buena ni la mala. Porque está claro que la buena es buena porque es una opción propia. La mala es mala porque también es tu opción. Pero la otra no es algo que hayas escogido, por lo cual no pueden decir que es ciertamente buena o ciertamente mala. Es ciertamente ajena, impropia. Por ese camino involuntario caminé, llevado de las narices, arrastrado como un palo sin poder animarme. Tuve que resignarme a ser como ellos me ordenaban, a aceptar sus juicios y sus rechazos. A comprobar una vez más que no todos pueden ver más allá de su aliento. A ser víctima de un sistema que hace de gente como yo infelices zombies o incomprendidos. Y hay que tener el espíritu muy bien templado, tal vez como acero damasquino o más, para afrontar semejante fuerza.

John Kennedy Toole. La conjura de los necios.

jueves, 9 de febrero de 2006

Amando

El amor tiene un triunfo y la muerte tiene otro, el tiempo y el tiempo después. Nosotros no tenemos ninguno. Alrededor nuestro sólo hundirse de estrellas. Destellos y silencio. Mas la canción por encima del polvo después nos superará.

Ingeborg Bachmann. Invocación a la Osa Mayor

Permanece así, te quiero mirar, yo te he mirado tanto pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate como estás, tenemos una noche para nosotros, y quiero mirarte, nunca te había visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si puedes, y acaríciate, son tan bellas tus manos, las he soñado tanto que ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, sigue, te lo ruego, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate señor amado mío, acaricia tu sexo, te lo ruego despacio, es bella tu mano sobre tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, señor amado mío, no abras los ojos, no todavía, no debes tener miedo estoy cerca de ti, ¿me oyes?, estoy aquí, puedo rozarte, y esta seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, en cierto momento sentirás el calor de mis labios, encima, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de improviso, tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las cejas, sentirás el calor entrar en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea sobre tu sexo, apoyaré mis labios allí y los abriré bajando poco a poco, dejaré que tu sexo cierre a medias mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva bajará por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta que al final te bese en el corazón, porque te quiero, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tú serás mío, para siempre, y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame, soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi cuerpo sin más seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran, tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que resbalas debajo de mí, tomas mis flancos, me levantas, me dejas deslizar sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote con lentitud, tus manos sobre mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz, te mueves con lentitud, pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me levanta, tus brazos que no me dejan ir, los golpes dentro de mí, es dulce violencia, veo tus ojos buscar en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde tú quieras, señor amado mío, no hay fin, no finalizará, ¿lo ves?, nadie podrá cancelar este instante que pasa, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos soltando las lágrimas de mis ojos, mi voz dentro de la tuya, tu violencia teniéndome apretada, ya no hay tiempo para huir ni fuerza para resistir, tenía que ser este instante, y este instante es, créeme, señor amado mío, este instante será, de ahora en adelante, será, hasta el fin.

Alessandro Baricco. Seda.

jueves, 22 de diciembre de 2005

Del amor (y otros demonios)

Mi error fue yacer en sus brazos, con los ojos húmedos de ternura y gratitud, cuando la actitud correcta habría sido actuar con cierto desapego, con algo de ironía, como dando a entender que él debía amarme mucho más para convencerme de tomarlo en serio. Esa táctica me habría parecido odiosa, pero ahora veo que a veces es necesario responder a la reticencia con reticencia, al rechazo con rechazo... Veo que si una mujer tiene el propósito de tener a un hombre a sus pies, debe desempeñar un papel contrario a sus propios instintos, a menos que sus instintos sean los de un agresor.

Anita Brookner. Vidas breves

Viví con todas ellas a intervalos, sin agobiarnos con las obligaciones de las parejas. Encontramos la manera de acomodarnos a la pluralidad de nuestras vidas. Todas se fueron otra vez, tuvieron otros hombres, los quisieron, los engañaron con otros, entre ellos yo. Pero todas volvieron a mí, como yo a ellas. Las acepté como un destino gozoso, como la prueba de una vida no estéril. Ellas terminaron asumiéndome a mí, supongo, como a un mendigo sentimental (una especialidad femenina: recoger indigentes sentimentales). Yo fui su refugio amoroso contra el fracaso de otros frentes, y una solución económica en momentos difíciles de la adversa fortuna. Las amaba a todas al punto de seguirlas queriendo mientras las veía envejecer, cada vez más viejas en sus cuerpos, pero no en mis recuerdos. Estaban libres del tedio y de la rutina. Y en este sentido, libres de mi desamor. Envejecimos juntos en la clandestinidad que fue una condena y una gloria.

Héctor Aguilar Camín. Las mujeres de Adriano


















¿Por qué te contemplo? ¿Por qué te toco? ¿Qué busco en ti, mujer,
Que he de apresurarme para estar contigo una vez más?
¿Por qué debo sondear nuevamente tu nada abisal
Y extraer nada más que dolor?
Fijamente, fijamente miro tus ojos acuosos; pero no quedo más convencido
Ahora que alguna otra vez
De que sólo son dos espejos que reflejan la luz del firmamento,
Eso y nada más.
Y aprieto tu cuerpo contra mi cuerpo como si esperara abrirme una brecha Directamente a otra esfera;
Y me esfuerzo por hablar contigo con palabras más allá de mí palabra,
En las que todas las cosas son claras,
Hasta que exhausto me hundo una vez más en tu nada abisal
Y la fría nada de mí:
Tú, riendo y llorando en este cuarto ridículo
Con tu mano sobre mi rodilla;
Llorando porque me crees perverso y desdichado; y riendo
Por hallar nuestro amor tan extraño;
Con la vista mutuamente clavada en una última esperanza, ciega y desesperada, De que el mundo entero cambie.

Conrad Aiken. Encuentro















Quiero ser todo en el amor
el amante
la amada
el vértigo
la brisa
el agua que refleja
y esa nube blanca
vaporosa
indecisa
que nos cubre un instante.

Claribel Alegría. Quiero ser todo en el amor

Estudiada en su conjunto -y tomando en consideración los destrozos que dejaba a su paso, crisis de nervios, carreras destrozadas, intentonas de suicidio, matrimonios rotos (y escandalosos divorcios)-, la facultad de Nicola para leer el futuro le había enseñado un par de cosas muy claras: que nadie la amaría nunca lo suficiente, y que quienes la amaran no serían lo suficientemente dignos de ser amados.

Martin Amis. Campos de Londres

Los abismos atraen. Yo vivo a la orilla de tu alma. Inclinado hacia ti, sondeo tus pensamientos, indago el germen de tus actos. Vagos deseos se remueven en el fondo, confusos y ondulantes en su lecho de reptiles. ¿De que se nutre mi contemplación voraz? Veo el abismo y tú yaces en lo profundo de ti misma. Ninguna revelación. Nada que se parezca al brusco despertar de la conciencia. Nada sino el ojo que me devuelve implacable mi descubierta mirada. Narciso repulsivo, me contemplo el alma en el fondo de un pozo. A veces el vértigo desvía los ojos de ti. Pero siempre vuelvo a escrutar en la sima. Otros, felices, miran un momento tu alma y se van. Yo sigo a la orilla, ensimismado. Muchos seres se despeñan a lo lejos. Sus restos yacen borrosos, disueltos en la satisfacción. Atraído por el abismo, vivo la melancólica certeza de que no voy a caer nunca.

Juan José Arreola. Bestiario

lunes, 19 de diciembre de 2005

Ayn Rand (fragmentos)

La rebelión de Atlas
La bebida era lo único que nos proporcionaba algún consuelo y todos nos volcamos a ella en mayor o menor grado. No pregunte de dónde sacábamos el dinero. Cuando todos los placeres decentes quedan prohibidos, existen siempre medios para llegar a los vicios. No se entra a robar a un bar durante la noche ni se registran los bolsillos de un compañero para comprar sinfonías clásicas o adquirir accesorios de pesca, pero sí para emborracharse y olvidar.

Himno
YO soy. YO pienso. YO lo deseo.
Mis manos... Mi espíritu... Mi cielo... Mi bosque... Esta tierra mía... ¿Qué debo decir aparte? Estas son las palabras y esta la respuesta.
YO estoy parado aquí, en la cumbre de la montaña.
YO levanto mi cabeza y YO extiendo mis brazos. Estos, mi cuerpo y espíritu , éste es el fin de mi búsqueda.
YO deseé saber el significado de las cosas. YO soy el significado. YO deseé encontrar un motivo para existir.
YO no necesito un motivo para existir ni una sanción para mi existencia. Son mis ojos que ven, y es la vista de mis ojos que otorga belleza a la tierra. Son mis oídos que oyen y es la función de mis oídos que da su canción al mundo.
Es mi mente que piensa y el juicio de mi mente es el único faro que puede encontrar la verdad. Es mi voluntad que elige, y la elección de mi voluntad es el único edicto que debo respetar.
Muchas palabras se me han otorgado y algunas son falsas pero tres son sagradas: "YO lo deseo".
Cualquiera que sea la ruta que YO tome, la estrella guía esta dentro de mí;
La estrella guía y la brújula que indica el camino apuntan a una sola dirección. Apuntan hacia mí. YO no sé si esta tierra que me paro es el centro del universo o si es sólo una mota de polvo perdida en la eternidad. YO no lo sé ni me preocupa.
Porque YO sé que la felicidad es posible en esta tierra Y mi felicidad no necesita un objetivo superior para justificarse. Mi felicidad no es objetivo para fin alguno. Es el fin. Es su propio objetivo. Es su propio propósito.
Tampoco soy el medio para fin alguno que otros deseen conseguir. No soy una herramienta para su uso. No soy un sirviente para sus necesidades. No soy una venda para sus heridas. No soy un sacrificio en sus altares.
YO soy un ser humano. Este milagro del YO es mío para poseer y conservar y mío para guardar y mío para usar y mío para arrodillarme. YO no rindo mis tesoros ni los comparto. La fortuna de mi espíritu no es para ser compartida en monedas de bronce y arrojada a los vientos como limosna para los pobres de espíritu.
YO guardo mis tesoros: mi pensamiento, mi voluntad, mi libertad. Y el más grande de éstos es mi libertad. Nada debo a mis hermanos y no pretendo deudas de ellos. A nadie pido que viva por mi ni vivo para otros.
YO no deseo el alma de individuo alguno ni es mi alma para que ellos la deseen. YO no soy enemigo ni amigo de mis hermanos sino como cada uno lo merezcan de mi. Y para merecer mi amor, mis hermanos deben hacer mas que haber nacido.
YO no otorgo mi amor sin razón ni a cualquiera que pase y desee pretenderlo. YO honro a los seres humanos con amor. Pero tal honor es algo que debe ser merecido.
YO elegiré amigos entre los hombres pero no esclavos y amos. Y YO los elegiré sólo como me plazca. Y YO los amaré y respetaré pero no les ordenaré ni les obedeceré.

lunes, 12 de diciembre de 2005

El caracol y la rosa (fragmento)

-Nada ha cambiado -dijo-. No se advierte el más insignificante progreso. El rosal sigue con sus rosas, y eso es todo lo que hace. Pasó el verano y vino el otoño, y el rosal continuó dando capullos y rosas hasta que llegó la nieve. El tiempo se hizo húmedo y hosco. El rosal se inclinó hacia la tierra; el caracol se escondió bajo el suelo. Luego comenzó una nueva estación, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lo mismo.

-Ahora ya eres un rosal viejo -dijo el caracol-. Pronto tendrás que ir pensando en morirte. Ya has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si era o no de mucho valor, es cosa que no he tenido tiempo de pensar con calma. Pero está claro que no has hecho nada por tu desarrollo interno, pues en ese caso tendrías frutos muy distintos que ofrecernos. ¿Qué dices a esto? Pronto no serás más que un palo seco... ¿Te das cuenta de lo que quiero decirte?

-Me asustas -dijo el rosal-. Nunca he pensado en ello.

-Claro, nunca te has molestado en pensar en nada. ¿Te preguntaste alguna vez por qué florecías y cómo florecías, por qué lo hacías de esa manera y de no de otra?

-No -contestó el caracol-. Florecía de puro contento, porque no podía evitarlo. ¡El sol era tan cálido, el aire tan refrescante!... Me bebía el límpido rocío y la lluvia generosa; respiraba, estaba vivo. De la tierra, allá abajo, me subía la fuerza, que descendía también sobre mí desde lo alto. Sentía una felicidad que era siempre nueva, profunda siempre, y así tenía que florecer sin remedio. Tal era mi vida; no podía hacer otra cosa.

-Tu vida fue demasiado fácil -dijo el caracol.

-Cierto -dijo el rosal-. Me lo daban todo. Pero tú tuviste más suerte aún. Tú eres una de esas criaturas que piensan mucho, uno de esos seres de gran inteligencia que se proponen asombrar al mundo algún día.

-No, no, de ningún modo -dijo el caracol-. El mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yo que ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de mí mismo y en mí mismo.

-¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo mejor de nosotros, no deberíamos ofrecerles cuanto pudiéramos? Es cierto que no te he dado sino rosas; pero tú, en cambio, que posees tantos dones, ¿qué has dado tú al mundo? ¿Qué puedes darle?

-¿Darle? ¿Darle yo al mundo? Yo lo escupo. ¿Para qué sirve el mundo? No significa nada para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; es para lo único que sirves. Deja que los castaños produzcan sus frutos, deja que las vacas y las ovejas den su leche; cada uno tiene su público, y yo también tengo el mío dentro de mí mismo. ¡Me recojo en mi interior, y en él voy a quedarme! El mundo no me interesa.

Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su casa y la selló.

-¡Qué pena! -dijo el rosal-. Yo no tengo modo de esconderme, por mucho que lo intente. Siempre he de volver otra vez, siempre he de mostrarme otra vez en mis rosas. Sus pétalos caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez vi, cómo una madre guardaba una de mis flores en su libro de oraciones, y cómo una bonita muchacha se prendía otra al pecho, y cómo un niño besaba otra en la primera alegría de su vida. Aquello me hizo bien, fue una verdadera bendición. Tales son mis recuerdos, mi vida.

Y el rosal continuó floreciendo en toda su inocencia, mientras el caracol dormía allá dentro de su casa. El mundo nada significaba para él. Y pasaron los años. El caracol se había vuelto tierra en la tierra, y el rosal tierra en la tierra, y la memorable rosa del libro de oraciones había desaparecido... Pero en el jardín brotaban los rosales nuevos, y los nuevos caracoles se arrastraban dentro de sus casas y escupían al mundo, que no significaba nada para ellos. ¿Empezamos otra vez nuestra historia desde el principio? No vale la pena; siempre sería la misma.

Hans Christian Andersen

lunes, 5 de diciembre de 2005

Entre la espada y la pared

El espacio que queda entre la espada y la pared es exiguo. Si huyendo de la espada, retrocedo hasta la pared, el frío del muro me congela, si huyendo de la pared, trato de avanzar en sentido contrario, la espada se clava en mi garganta. Cualquier alternativa, pues que pretenda establecerse entre ellas, es falsa y como tal, la denuncio. Tanto el muro como la espada sólo pretenden mi aniquilación, mi muerte, por lo cual me resisto a elegir. Si la espada fuera más benigna que el muro, o la pared, menos lacerante que el filo de aquella, cabría la posibilidad de decidirse, pero cualquiera que las observe, comprenderá enseguida que sus diferencias son sólo superficiales. Sé que tampoco es posible dilatar mi muerte tratando de vivir en el corto espacio que media entre la pared y la espada. No sólo el aire se ha enrarecido, está lleno de gases y de partículas venenosas: además, la espada me produce pequeños cortes 'que yo disimulo por pudor' y el frío de la pared congestiona mis pulmones.... Si consiguiera escurrirme, la espada y el muro quedarían enfrentados, pero su poder, faltando yo entre ambos, habría disminuido tanto que posiblemente el muro se derrumbara y la espada enmoheciera. Pero no existe ningún resquicio por el cual pueda huir, y cuando consigo engañar a la espada, la pared se agiganta, y si me separo de la pared, la espada avanza. He procurado distraer la atención de la espada proponiéndole juegos, pero es muy astuta, y cuando deja de apuntar a mi garganta, es porque dirige su filo hacia mi corazón. En cuanto al muro, es verdad que a veces olvido que se trata de una pared de hielo y cansado, busco apoyo en él: no bien lo hago, un escalofrío mortal me recuerda su naturaleza. He vivido así los últimos meses. No sé por cuánto tiempo aún podré evitar el muro, la espada. El espacio es cada vez más estrecho y mis fuerzas se agotan. Me es indiferente mi destino: si moriré de una congestión o me desangraré a causa de una herida, esto no me preocupa. Pero denuncio definitivamente que entre la espada y la pared no existe lugar donde vivir.

El museo de los esfuerzos inútiles. Cristina Peri Rossi.

domingo, 4 de diciembre de 2005

La Balada del Café Triste

Ante todo, el amor es una experiencia compartida por dos personas, pero esto no quiere decir que la experiencia sea la misma para las dos personas interesadas. Hay el amante y el amado, pero estos dos proceden de regiones distintas. Muchas veces la persona amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando desde hace tiempo en el corazón del amante. Y de un modo u otro todo amante lo sabe. Siente en su alma que su amor es algo solitario. Conoce una nueva y extraña soledad, y este conocimiento le hace sufrir. Así que el amante apenas puede hacer una cosa: cobijar su amor en su corazón lo mejor posible; debe crearse un mundo interior completamente nuevo, un mundo intenso y extraño, completo en sí mismo. Y hay que añadir que este amante no tiene que ser necesariamente un joven que esté ahorrando para comprar un anillo de boda: este amante puede ser hombre, mujer, niño; en efecto, cualquier criatura humana sobre esta tierra. Pues bien, el amado también puede pertenecer a cualquier categoría. La persona más estrafalaria puede ser un estímulo para el amor. Un hombre puede ser un bisabuelo chocho y seguir amando a una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw dos décadas atrás. Un predicador puede amar a una mujer de la vida. El amado puede ser traicionero, astuto o tener malas costumbres. Sí, y el amante puede verlo tan claramente como los demás, pero sin que ello afecte en absoluto la evolución de su amor. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor turbulento, extravagante y hermoso como los lirios venenosos de la ciénaga. Un buen hombre puede ser el estímulo para un amor violento y degradado, y un loco tartamudo puede despertar en el alma de alguien un cariño tierno y sencillo. Por lo tanto, el valor y la calidad del amor están determinados únicamente por el propio amante. Por este motivo, la mayoría de nosotros preferimos amar que ser amados. Casi todo el mundo quiere ser el amante. Y la verdad a secas es que de un modo profundamente secreto, la condición de ser amado es, para muchos, intolerable. El amado teme y odia al amante, y con toda la razón. Pues el amante está tratando continuamente de desnudar al amado. El amante implora cualquier posible relación con el amado, incluso si esta experiencia no puede causarle más que dolor.

Carson McCullers.

Cuadro de Edward Hopper

viernes, 25 de noviembre de 2005

8 de marzo de 2003


El racismo y el machismo beben en las mismas fuentes y escupen palabras parecidas.

La mujer, nacida para fabricar hijos, desvestir borrachos o vestir santos, ha sido tradicionalmente acusada, como los indios, como los negros, de estupidez congénita. Y ha sido confinada, como ellos, a los suburbios de la historia.

Enseñan los proverbios, transmitidos por herencia, que la mujer y la mentira nacieron el mismo día y que palabra de mujer no vale un alfiler. En la vigilia y en el sueño, se delata el pánico masculino ante la posible invasión femenina de los vedados territorios del placer y del poder; y así ha sido desde los siglos de los siglos.

Uno de los mitos más antiguos y universales, común a muchas culturas de muchos tiempos y de diversos lugares, es el mito de la vulva dentada, el sexo de la hembra como boca llena de dientes, insaciable boca de piraña que se alimenta de carne de machos. Y en este mundo de hoy hay ciento veinte millones de mujeres mutiladas del clítoris.

No hay mujer que no resulte sospechosa de mala conducta. Según los boleros, son todas ingratas; según los tangos, son todas putas (menos mamá).

“En el mundo de hoy, nacer niña es un riesgo”, comprueba la directora de UNICEF. Y denuncia la violencia y la discriminación que la mujer padece, desde la infancia, a pesar de las conquistas de los movimientos feministas en el mundo entero. En 1995, en Pekín, la conferencia internacional sobre los derechos de las mujeres reveló que ellas ganan, en el mundo actual, una tercera parte de lo que ganan los hombres, por igual trabajo realizado. De cada diez pobres, siete son mujeres; apenas una de cada cien mujeres es propietaria de algo. Vuela torcida la humanidad, pájaro de un ala sola. En los parlamentos hay, en promedio, una mujer por cada diez legisladores; y en algunos parlamentos no hay ninguna.

Se reconoce cierta utilidad a la mujer en la casa, en la fábrica o en la oficina, y hasta se admite que puede ser imprescindible en la cama o en la cocina, pero el espacio público está virtualmente dominado por los machos, nacidos para las lides del poder y de la guerra. Carol Bellamy, que encabeza la agencia UNICEF de las Naciones Unidas, no es un caso frecuente. Las Naciones Unidas predican el derecho a la igualdad, pero no lo practican: al nivel alto, donde se toman decisiones, los hombres ocupan ocho de cada diez cargos en el máximo organismo internacional.

Eduardo Galeano: “El Mundo Patas Arriba”.


Fue un 8 de marzo de 1857. Una marcha pionera de obreras textiles recorrió los suburbios ricos de la ciudad de Nueva York para protestar por las miserables condiciones de trabajo. El 5 de marzo de 1908 comenzó una huelga del mismo gremios de obreras. Tomaron la sede de su puesto de trabajo pacíficamente. Y más de cien mujeres murieron en un incendio que se atribuye al dueño de esta fábrica.

Desde entonces, las mujeres, gracias a los movimientos feministas, han conseguido derechos fundamentales que antes les estaban negados. Pero no siempre fue así. Hubo una sociedad paritaria. En África. Las decisiones se tomaban por los miembros de la tribu en asamblea y las mujeres realizaban los mismos trabajos que los hombres. Hasta que llegó el colonialismo y se impuso esta concepción del mundo que relega a la mujer al olvido.

Hay cifras reveladoras de que la igualdad está lejos de haberse conseguido. Una de cada tres mujeres ha sido golpeada, obligada a mantener relaciones sexuales o ha padecido algún tipo de abuso. Un mínimo de 60 millones de niñas que podrían estar vivas han desaparecido por los abortos selectivos, el infanticidio o el abandono. La contribución anual de las mujeres sin salario, en todo el mundo, equivale al menos a tres trillones de dólares. Buena parte de esta economía sumergida está sustentada en empleadas del hogar y trabajadoras inmigrantes. El acoso sexual en el trabajo es algo que ha sufrido el 18% de las mujeres españolas. Y los números siguen y siguen, pero detrás de ellos siempre hay una historia de invisibilidad.

Una mujer no sólo desempeña su empleo, si lo tiene. Además, ha de ser, casi por mandato divino (tradiciones, lo llaman) costurera, limpiadora, cocinera, decoradora, economista, niñera, médico, psicóloga y diplomática... y todo eso, además, con discreción. Su capacidad de tener hijos la ha confinado al espacio privado: al hogar y las tareas domésticas, de las que no puede desasirse. Los hombres, la mayoría, tan sólo ayudan. A la mujer se le exige un trabajo que no acaba nunca y, además, que siempre permanezca guapísima y radiante.

Pero lo que hace un hombre puede hacerlo una mujer, dicen las feministas. Sin embargo, hace falta cambiar otras concepciones, desde la cuna. Y comenzar a pensar en algo importante: que lo que hace una mujer, también puede hacerlo un hombre.