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lunes, 10 de diciembre de 2007

Otra etapa más

Hace no tanto tiempo, le escribí un mensaje. Hoy me ha llegado otro, al móvil: una fotografía de un niño guapo, que nació ayer, con tres kilos 860 gramos, almeriense -crecerá viendo el mar, cuatro calles y una alcazaba hermosa-. Se llama como su padre, que es mi amigo, y le he oído llorar mientras buscaba en su madre comida. No sé cuándo le veré, porque Almería está muy lejos (y no me apetece nada volver a esa ciudad), pero supongo que no me pesarán las diez horas y media en autobús cuando vuelva a conseguir más de cuatro días libres. "Otra etapa más de la vida", me ha dicho. He asistido a unas cuantas de las suyas. Y me va a gustar ésta, aunque sea como hoy: de lejos, con fotos y con una llamada de teléfono para oír el llanto de un niño que me gusta.

Imagen de losiek.

miércoles, 13 de junio de 2007

Parece que aún fue ayer

Su casa fue, durante años, mi refugio favorito, café y cartas contra las tormentas, una bata gris, un gato fiel y cariñoso, Carmelo y yo abrazados mientras Josemari nos leía un poema de David en la cocina, charlas de Historia, revoluciones varias, muchos libros, spaguetti y vino dulce, cerveza, fútbol y un colchón o un sofá en el que quedarse. Tiempo después, mucho tiempo después de que acabara todo eso, me detuve allí, calle Orden de Malta número 7, un día de lluvia que me puse a caminar sin rumbo por Sevilla, porque al final son los pies los que manejan ciertos recuerdos, y vi luz en las ventanas y regresé para escribirlo.

Más tarde, bastante más tarde, hicimos un viaje de siete horas para ir a un pueblo de Alicante, meternos en una iglesia y escuchar la Misa de boda más hermosa de cuantas he oído. Su padre nos reservó los primeros asientos, a los amigos, hubo fuegos artificiales y tracas, salieron del templo al compás del himno del Barça, nos emborrachamos como cubas en los entrantes y cantamos, como siempre, Te doy una canción y Yo me quedo en Sevilla. Ese día lloré a Dani lo que no pude llorarle cuando murió: le lloré en las ofrendas de la Eucaristía, mientras el padre de Carmelo me miraba, y le lloré cuando cortaron la tarta, abrazada a Julia, porque esa boda tuvo una ausencia por encima de todas las ausencias y porque recuerdo como ayer la cara, las expresiones y las palabras de ese tipo guapo, guapísimo, cariñoso y contundente, que me guió despacito porque me hizo confiar en su criterio como en el de nadie después. Si lo dice el Dani, es cierto. Si el Dani lo dice, tiene razón. Porque el Dani no dice nunca nada gratuito.


Ella también había llegado antes, porque era amiga de Karmen desde hacía quince años, con su dulzura, sus ojos brillantes, su entusiasmo, su generosidad, su compromiso y su entrega. Llegó con la risa, porque Mary es aire fresco, y al final acabo contándole a ella lo que no le cuento a él y viceversa. Llevan juntos desde hace ya ni sé, pero estuvimos en el principio y seguimos estando a trompicones, Almería, Sevilla, Badajoz, como podemos.


Ahora ella camina con un cuerpo cambiado que son dos cuerpos, una barriga que veré en fotos y ninguna molestia de más. Él se pregunta si serán capaces, o cómo serán capaces. Y yo todavía no me lo creo, y llamo a Maricarmen para comentarlo. Para compartir la alegría y el vértigo.


Han pasado trece años y parece que aún fue ayer...

martes, 15 de noviembre de 2005

Republicano sin República

Tenía la sangre roja y el corazón a la izquierda, y unos pulmones poderosos que destrozó un cáncer hace cinco días. Se están muriendo los supervivientes de la Guerra Civil, que quedará como el anecdotario de un inglés suicida a quien nadie le dio vela en este entierro y tampoco importa mucho, porque a los que vinimos después no nos gustaron las batallitas de historias pasadas de quienes construyeron la Historia.

Era amigo de Miguel Hernández, el que cantaba nanas con sabor a cebolla y le decía a Ramón Sijé que tenían que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero. Le llevó comida a la cárcel y luchó después, sonrojado de vergüenza, con cuarenta años de dictadura que comenzaron cuando sus propios vecinos le negaban a su mujer un poco de leche para sus hijos por ser republicana sin República y vivir en España por la gracia de Dios.

Este verano, uno de sus nietos pensaba irse con él a la huerta, para grabar su imagen y sus palabras y hablar con él de vivencias y sentimientos, porque desde que creció y asumió lo que su abuelo significaba, supo que la memoria continuaría viva después de todo. No ha podido ser, pero él es optimista, porque ese alicantino revolucionario, demócrata y tranquilo, ha dejado escritos algunos poemas con los que desafiar a la muerte.

Ha dejado atrás también un espectro político que nunca quiso, basado en el privilegio por razón de cuna y en el diezmo del más débil al fuerte. Su nieto aprendió todo eso, con los años, y es republicano en una monarquía y canta la Internacional en cada fiesta, con el puño en alto como un sínbolo, que es casi lo único que nos queda ya a algunos: gestos gastados, palabras viejas y el sentimiento de que todo está por hacer y todo es posible, con la inconsciencia de los veintitantos años que vivimos ahora. Habla de los brigadistas y de la masacre en la Plaza de Toros de Badajoz, medio derruida desde hace años, cuando se secó la sangre que corrió como un río por varias calles, porque a nadie le interesa, tampoco, recuperar la memoria.

Ahora se van los que sobrevivieron, los del bando de los vencedores, maltratados después por serlo, y los del vencido, contemplados todos con el mismo respeto: ninguno. Se van muriendo poco a poco, o cayendo en las garras del olvido que produce la demencia, y ni siquiera tenemos la sabiduría de prestar las orejas para que nos cuenten, cuando no sea demasiado tarde, qué ocurrió en este país incierto en el que siempre nos hemos matado los unos a los otros por la más nimia razón.

A Carmelo. 15 de junio de 2000.