martes, 31 de julio de 2007

Caballero, legionario II

Iba todos los días allí, al bar de altos mandos de la Comandancia General de Melilla, prohibida la entrada a civiles solos excepto a mí, que me tomaba un café de lunes a viernes y algún día festivo de servicio, de guardia.

Él iba a mi trabajo una vez por semana, a redactar el Puerta de Santiago, varias páginas de periódico militar, una noticia tras otra con fotos y artículos. Venía con dos compañeros, los tres de uniforme, callados, serios -tímidos, eso lo supe después-. Un día pregunté quién llevaba Prensa en la Comandancia, yo había pedido Defensa para evitar que se ocupara de esas noticias cualquier exaltado promilitarista, y mi compañera Pilar se rió: "Mira, te voy a presentar a mi marido, Paco". No me fijé en él hasta entonces. Pelo castaño rojizo, alguna cana, ojos azulísimos, 34 años -yo, 23-, labios carnosos, bien dibujados, dientes perfectos, una sonrisa estupenda. Una semana más tarde lo llamé, pásate por aquí, y no sé cuánto tiempo transcurrió, pero fue poco, hasta el rito de los cafés diarios. Paco, Ricardo y Jáuregui fueron mis tres hombres de Melilla, los que me salvaron la vida aunque me llevaran once y 19 años, y fueron importantes y definitivos.

Hubo más, pero hoy les toca el turno a ellos dos.

Le tengo cariño a dos Cuerpos del Ejército. Uno es Caballería, el Regimiento de Caballería Acorazado Alcántara número 10, Francisco Sánchez Nicolás, primero alférez, después teniente, la voz de tela, los ojos azules y grandes, el cuerpo preparado para el abrazo cuando yo quería, y sólo cuando yo quería, porque el contacto físico nunca ha sido el fuerte de ningún soldado. El teniente Nicolás, murciano, ordenado, serio, cariñoso, dulce y el hombre más bueno que he conocido.

En su departamento había cinco o seis más. El capitán Salas, otro teniente del que no recuerdo el nombre -con la cantidad de cafés que me he tomado con él- y un sargento de la Legión, que había escogido a Jesús para Prensa porque es capaz de acertarle a un gorrión entre los ojos a 500 metros. Nunca vi la relación, pero me alegro, porque ahora no está en mi vida, ni sé qué ha sido de la suya, pero si recuerdo su cara y su manera de mirarme, descubro que sigo sintiendo lo mismo, el mismo amor, la misma admiración rendida y sin condiciones.

Le tengo cariño a dos Cuerpos del Ejército. Uno es Caballería. El otro es la Legión. El Tercio Gran Capitán I de la Legión, porque la Legión es Jesús. Un armario empotrado, el primer premio en tiro en cualquier concurso, casado, dos niñas, 27 años -yo, 23-, rudo, muy serio, muy tímido, muy perfeccionista. El emblema legionario y la bandera de España como salvapantallas del ordenador, la concentración plena en el trabajo y una insignia, el cetme, la ballesta, cruzados, que me regaló el día de Nochebuena del año 1999. Jesús es el silencio. Jamás me he trabajado a nadie como a él, ni he defendido a nadie como a él, porque era callado, porque era serio, porque nadie comprendía cuál era mi relación con ese tipo grande que era el arquetipo de soldado bruto y porque no me entendía, pero me escuchaba.

Me escuchan muchos. Me han escuchado muchos. Pero nunca nadie con ese esfuerzo, con la misma clase de concentración que utilizaba al disparar, al maquetar una página, al dibujar un escudo. Los ojos abiertos, sin preguntas, yo hablando, un apretón en el brazo, una mirada. Jesús no iba a ser nunca, yo lo sabía, un discurso acertadísimo y articulado, pero era unos oídos, un gesto tímido de cariño, unos ojos casi negros, una atención constante y un dejar de trabajar cuando yo aparecía por la puerta. Y después fue un desahogo lento, un qué te pasa, media hora de silencio hasta que comenzaba a hablar, una caricia en el hombro y muchas palabras entrecortadas porque la palabra nunca fue su terreno.

Desde que me fui y les perdí, sueño con Paco y Pilar cada tres, cada seis meses. Y, cuando despierto, vuelvo a acordarme, siempre, de Jesús.

Fotos: La primera es de Alfaraz. La segunda es de Aliena. La tercera también es suya.

lunes, 30 de julio de 2007

Caballeros, legionarios

Cuando vi Los Persas, me descubrí tarareando El Novio de la Muerte (que no es el himno de la Legión, pero como si lo fuera) y con la piel de gallina. No lo escuchaba desde hacía siete años, pero me sé estrofas de memoria. Con el ejército me pasa lo mismo que con la Iglesia: no comprendo la institución, pero sus hombres, tomados de uno en uno, y no todos, me gustan.

La primera vez fui al Regimiento de Caballería Acorazado Alcántara número 10. Cuando me pidieron el carnet por vez tercera, me puse en medio del patio y grité mi nombre completo y mi DNI. A los gritos salió el suboficial, que era mi contacto para llevarme a otro superior y así hasta llegar al comandante Colubi, los ojos más azules del mundo, que me paseó por el patio de armas, todos desfilando, creo que tocaba recordar el desastre de Annual, y allí estaba yo, viendo carros de combate (que no son tanques: que son carros de combate), algún caballo que otro, y mirando de refilón al comandante, un cuarentón largo, con un porte de los que ya no he vuelto a ver y guapo hasta hacer daño.

La segunda vez fui a una fiesta gorda en el Tercio Gran Capitán I de la Legión. 20 de septiembre del año 1999. Después de mirar el desfile, los soldados, las cabras y los jabalíes, pedí agua y un cabo, negro como el tizón, me llevó a la cocina, al patio de armas, me dio una vuelta por todo el acuartelamiento (y os juro que es grande grande grande) y me explicó todo lo que se le pasó por la cabeza. En una puerta, había un grupo de tres o cuatro chicos, de gala, y esa conversación sí la recuerdo: "¿Y vosotros quiénes sois?" "Somos gastadores... Los que hacemos virguerías con el cetme". Pasó un capitán, que me vio delante de la puerta y me dijo: "Eso es un museo que normalmente no ven los civiles: ¿quieres entrar?".

Joder, joder, joder. Fotografías, diarios de campaña, misiones en el extranjero, documentos de la Guerra Civil a mansalva, de las batallas en Marruecos... El capitán, un hombre culto y un encanto, me iba explicando mil aspectos de nuestra historia reciente, me enseñaba partes de guerra, me dejaba libros, me hacía fijarme en determinadas fotos. Después, cuando me despedí, volví a encontrar a mi cabo negro como el tizón, nos fuimos a las casetas, me tomé dos tubos de leche de pantera y uno de Bailey's, vi a un legionario de unos sesenta años con todo el cuerpo tatuado, en la espalda una Virgen María inmensamente grande que tengo grabada en la retina, se acercó uno con un porro hecho con cinco cigarros y hay una foto que atestigua todo eso...

La tercera vez, durante uno de esos vinos de honor,
el comandante general, el máximo cargo militar de la ciudad autónoma, se paró a mi lado: "Me leo tus artículos tres veces antes de dormir. ¿Tú no podrías hablar de un bocadillo de chorizo? Porque no me entero de nada. Ahora en serio: me gustan mucho". Desde entonces tuve carta blanca en todos los cuarteles y les fui diciendo a todos y cada uno de los mandos que eran unos pelotas.

Entre esas tres veces, me chupé varias fiestas más, muchas fiestas más, y procesiones del Cristo de la Buena Muerte y más de un himno de la Legión y alguna conmemoración de Annual, de la campaña del Rif y de no sé cuántas batallas más.

Y, en medio, llegó un momento en que, cuando entraba en la Comandancia General de Melilla, no me pedían el nombre ni el carnet. Llegó un momento en que entraba sola en un bar en el que hay un cartel que prohíbe la entrada a civiles si no están acompañados por un militar. Comí de rancho alguna vez. Pasé allí mi primera Nochebuena y salimos de madrugada, por la noche y por la puerta principal, por la que nadie puede pasar a no ser que vista los más altos galones. La primera vez que lo intenté, me apuntaron con el cetme, me dijeron que ésa era la entrada reservada al comandante general y yo le respondí al soldado: "Vaya gilipolleces que tenéis". Iba todos los días allí, a ese bar, sin faltar ni uno, hasta que me fui de la ciudad. De lunes a viernes y cuando él tenía guardia.

No pasan tres meses sin que le sueñe, porque le perdí la pista y el sueño me recuerda que tengo que encontrarla...

domingo, 29 de julio de 2007

Bieito

La primera vez que le vi, pasamos la rueda de prensa mirándonos: yo asintiendo, chasqueando la lengua, divirtiéndome terriblemente con esa manera suya inconexa de articular las frases, de la que al final descubres que no es sino afán por encontrar la palabra precisa.

-Tu cara me suena... ¿Has estado en Almagro?
-No. No nos hemos visto nunca -"pero no me hubiera importado".

Le grabé seis minutos y me quedé sin nada que decir. Salvo cuando llegué a la radio, en directo y en castúo:

-M'enamorao.

Algún mes que otro después, me he vuelto a enamorar, me he vuelto a quedar sin palabras durante una entrevista, me he divertido terriblemente con esa manera suya inconexa de articular las frases que no es sino afán por encontrar la palabra precisa, me han vuelto a nombrar la energía de las piedras del teatro romano de Mérida y a Howard Zinn y me acuerdo de una mirada honda de la que no recuerdo el color de los ojos. De la voz cálida, la cercanía, la manera de responder, la dulzura, la inteligencia, la humildad, la forma serena de contar las cosas, de fruncir el ceño y de explicarse...

No me gusta hacer preguntas. Es más: me parece absurdo preguntarle a alguien sobre una obra que vas a poder ver. ¿Qué van a decir? Qué banalidad, qué tremendo darle a quienes te leen, o a quienes te escuchan, la perfecta forma de interpretar lo que otro hace. El juego es ése: se someten a eso, una entrevista tras otra; nos sometemos a eso, a preparar preguntas que no quieres hacer y a tener diez minutos o menos, a que alguien de prensa te haga la señal de que vayas acabando... Los mismos ritos, una respuesta tras otra, una pregunta tras otra, lo menos parecido a una conversación, una y otra vez.

Al final he acabado pensando en que debería haber sido honesta. Y haberle dicho que solicité la entrevista para oírle hablar, porque resulta que me gusta oírle hablar, que crezco oyéndole hablar, y que por eso me quedo sin palabras, porque a qué carajo tengo yo que oírme la voz cuando no quiero preguntar nada porque a mí lo que me apetece es un cigarro y un café y que hable, que yo escucho, que me encanta escucharle. Y que por eso me quedo sin palabras en medio de las entrevistas y por eso me siento estúpida, o lo parezco. Por eso y porque Bieito está ahí ahí, en lucha con Elias Koteas... a punto de ganarle el segundo puesto, señores, a punto y cada vez más cerca...

El primero no, perdonen. No se puede tener todo.

sábado, 28 de julio de 2007

O Chapitô

O Chapitô. Tienen un bar en Lisboa, con vistas al Tajo, propicio para las conversaciones calmadas. Se basan en la economía social, trabajan con niños en los barrios e interpretaron ayer O Grande Criador. Y fue maravillosa. Su recreación de la creación, del diluvio de Noé, de la visita del arcángel Gabriel a María, de la última cena y de la crucifixión fue pura comedia. Humor fino, irónico, preciso, tierno, inesperado. Salimos sin palabras, muertos de risa, de admiración y de respeto.
Qué de problemas tiene Dios...

Fotografía de Efe.

En fin

No disecciono libros. A los 18, a los 21, era divertido descubrir. Por aquello de la cultura y tal. Un análisis sintáctico, uno pragmático, la estética de la recepción, el postestructuralismo, la glosemática, la teoría actancial, las conexiones intergeneracionales, las influencias, las lecturas políticas, las temporales, las vitales, las circunstanciales; aquí una guerra, aquí un amante despechado, aquí una resentida, aquí una localidad o una región o una patria; las interpretaciones aberrantes que en el mundo han sido; aquí el canon, aquí la ausencia de canon -ja-ja-ja-; si Freud era shakespeariano o, aún más, si Shakespeare era freudiano; si lo inventó o lo traspuso.

Cada día lo llevo peor. Porque la gente lo intenta, y pregunta: tú qué lees, te gusta la poesía -pues depende de cuál-; escribes... Y, sin que tú sepas cómo -de nuevo- te has metido en ese berenjenal sin pretenderlo, te muestran todo lo que han descubierto a fuerza de abrir libros, nombres y más nombres, la obscenidad del conocimiento. Al cuarto de hora comienzo a poner caras raras, a revolverme en la silla, me entra taquicardia, me tiemblan las manos, contesto bruscamente -zas, zas-; reprimo las ganas de ser pedante (que puedo serlo, y de qué modo) y me pongo más y más nerviosa. No articulo palabra, hablo para respirar y ni siquiera sé ordenar los pensamientos, parezco ramplona y no sé enlazar las ideas. Ni siquiera sé si me quedan ideas, a esas alturas. Porque lo que me pide el cuerpo -y me lo pide mucho- es condescendencia irónica, que es la manera más cruel que tengo de ser cruel.

Daría igual, porque no escuchan.

jueves, 26 de julio de 2007

Pau Miró

Al final harás lo que sabes hacer y escribirás lo que te pida el cuerpo, porque no podrás ser de otra manera. ¿Cómo se disocia? ¿Es el propio gusto garantía de bondad? ¿Qué es lo que logra que un diálogo, la construcción de unos personajes, lo que se quiere decir y la forma en que se dice te peguen un puñetazo en el cráneo, una patada en el estómago, te revuelvan el resto de las vísceras? ¿Cómo se pierde el miedo a que lo que eres, o la honestidad de tu trabajo, o la pasión que te suscitan las palabras, pueda someterse al juicio de una masa informe en la que la individualidad se ha diluido? ¿De qué forma se deshace el nudo de la primera vez?


Hay una necesidad en todo esto. Una necesidad estética, una necesidad de comunicación, una de reconocimiento, una de llegar a creérselo de veras. A creerse que tienes algo que decir y a saber la mejor manera de decirlo. Con lo que queda por leer, lo que resta por vivir, las limitaciones externas o la incertidumbre que provoca no saber para quién escribes.

¿Tú has llegado a eso?, me preguntaste. Sí, claro. Porque yo no podría dejar de hacerlo. Porque no he podido en los tiempos en que nadie me leía. Porque nunca he pretendido que nadie me leyera. Porque cuando comenzó a ocurrir, y me paraban por la calle para decirme que era un honor leerme, yo tenía 24 años y seguía dándome la misma vergüenza que ahora que me vieran desnuda. Porque me fui a una ciudad extraña en la que un hombre que me doblaba la edad y me besaba en la boca, me vaticinó que de mí se iba a hablar siempre y que siempre habría de darme igual. Por todo eso lo conseguí, o nació conmigo...

Pero tú actúas, y diriges, y escribes teatro, y publicas, y al final te sientas en el banquillo, delante de todos. También delante de los que escriben desde la barrera sin conocer el oficio, sin vocación, y sin haber abierto un libro en su puta vida. Qué más da, entonces. Si al final, al final de todo, aunque llegaras a dedicarte a otra cosa, seguirías haciendo lo único que sabes hacer.

La imagen es de Brígido, salió publicada en el diario HOY, y Pau Miró es el primero por la izquierda.

martes, 24 de julio de 2007

Días perros

Hace una semana, me regalaron un cactus al que le nacen dos flores que duran doce horas. Cuando me levanté, a las seis de la mañana, había un magnífico langosto comiéndose una de ellas después de acabar con la otra. Tres horas más tarde se me olvidó ir a la autoescuela (y al día siguiente me enteré de que me examinaba hoy), luego fui a una rueda de prensa inexistente y por la tarde, menos mal, entrevisté a Alicia Hermida.

Hoy también tocaba entrevista. Y examen de conducir. El relato de los hechos es mucho más jocoso en persona que por escrito... Pero allí estaba ella, con sus rizos negros, su voz a lo Duquesa de Alba y yo, medio tranquila medio taquicárdica y con medio paquete de tabaco en los pulmones. Y con Pau pintado en la mano. Por si me preguntaban: "Tengo una entrevista con Pau Miró esta tarde". Que no, carajo, que la P de Pau significaba "PRIMERA". ¿Cómo puede una dejar de verse las manos al volante?

Me subo (con esfuerzo porque tengo las piernas quemadas: pero ésa es otra historia). Tenía ya colocados los espejos y el asiento. Arranco el motor. Meto marcha atrás porque no podía salir. Estaba en cuesta, así que el coche se movía. Hacía algo de ruido, pero se movía. Meto primera (en ese caso, nunca se me olvida). El coche hace ruido pero no se mueve (¿estará dando contra el bordillo? Mmmmm qué raro, esto). "Si se fija usted, verá por qué el coche no se mueve". Mierda: no he quitado el freno de mano (siempre hay una primera vez): "La madre que me trajo", mascullo. La examinadora responde: "Ella no tiene culpa". (Diso, una meapilas). Salgo. En primera, por dos ceda el paso sin visibilidad. Meto segunda. Un stop. Controlado, claro está. En el stop tengo que pararme. Me paro. No veo. Me paro algo más alante. Estoy tres segundos y preparo embrague. Salgo. Se me cala. (¿Y esto ahora? Si a mí nunca se me cala. Dios, no he metido primera: eso siempre se me olvida). "Aparque usted detrás del coche amarillo, a la izquierda". Me coloco. Coloco el espejo para aparcar. "Hay que colocarse en paralelo para aparcar". (Estoy en paralelo. Paralelo: dos líneas rectas que no se tocan en ningún punto. Qué coño entenderá esta tía por paralelo). Paso de ella, aparco, en un espacio mínimo, una caja de cerillas, aparco de puta madre, porque yo aparco de puta madre, es lo único que se me da bien del coche, aparcar de puta madre. "Ya nos podemos mover". Me muevo. Doy marcha atrás, doy primera, salgo, corrijo trayectoria... "Haga una parada ahí: inmovilice el coche y deje a su compañera". Miro: no he colocado el espejo después de aparcar. No veo por el retrovisor izquierdo. Pero no me doy cuenta porque yo no miro por los retrovisores. Me consuelo: al menos, he aprendido a usar el freno (usar el freno, hasta la clase número 25, para mí consistía en levantar el pie del acelerador).

Cómo cagarla en cuatro minutos todas las veces posibles. Cómo llegar riéndote después de un suspenso estrepitoso. O cómo soltar 235 euros del ala y suspirar... Adiós, flamante nueva cámara Nikon. Otra vez será.

Como apruebe, me la compro. Juro que me la compro.

Ahora, que digo yo... ¿y lo bien que sienta que te suspendan y tener carta blanca para comer gominolas, una chocolatina y pechuga de pollo al roquefort más dos bolsas de Risketos sin sentirte culpable?

lunes, 23 de julio de 2007

En el camino

Busco una excusa real. Levanto el teléfono. Llamo a otras personas antes que a él. Llamo a su hermana y a su casa. Tecleo un número sin mirar la agenda: el suyo es uno de los dos móviles (el otro es el de Arwen) que me sé de memoria. Me saluda. Está contento de oírme.


Me relajo. La conversación surge. Se ríe. Le cuento. Hablamos. Se burla.

Hace poco menos de un mes le mandé un mensaje: "Podría decirte muchas cosas y casi todas me darían vergüenza. Te diré sólo una: hoy es mi cumpleaños y te echo de menos".

Ahora sonrío y recuerdo una frase suya: "Poco a poco, niña. Poco a poco"...

domingo, 22 de julio de 2007

Gerardo

Le lleva el órgano a los integrantes de la Capilla Real de Madrid y se quedó en la mesa más lejana, donde yo estaba sola, para mantener una conversación conmigo, porque me observó hablar con otros dos y pensó: "vaya: ¿y esta tía?". Es de San Sebastián, querría cultivar cerezos del Jerte pero allí arriba no existen la tierra ni el clima.
Ese día hacía mucho frío. El verano se volvió loco, pero cantaron, y tocaron, maravillosamente. Aunque tuvieran que reafinar los instrumentos una y otra vez ("que son viejitos"). Pero lo mejor fue el encuentro fugaz, porque hacía mucho que no hablaba tanto tiempo con un desconocido sin sentirme incómoda y sin quedarme sin palabras y sin pensarme extraña o tímida.
Luego me contó que se había quedado por eso. Porque me oyó hablar. Y, cuando se despidió me dijo: "eres muy amena y muy divertida".
Qué bien sienta creerse ciertas cosas...

Fotografía: Jorge Armestar.

viernes, 20 de julio de 2007

Fin de semana

Un concierto de Montserrat Caballé. Un libro de Céline. Una crónica y diez minutos de Cultura. Una planta de orquídeas a la que hay que regarle las raíces con un difusor en días alternos. Unos veinte capítulos de Sex and the city. Un calor asfixiante. Un peta antes de dormir. Tallarines de arroz ecológicos. Muchas muecas. Madrid y los hombres de mi vida, al fondo. El poder del sexo. Un niño tímido. Las cosas que son vox populi pero de las que yo nunca me entero. Una cena en el teatro romano. Cuatro horas de sueño de menos. Una piedra clavada en un pie. Una cama compartida. Y ella, que ya es arquitecto, que se va un mes a Grecia, que no sabe qué va a hacer con su vida. Ella, el vértigo, la búsqueda...

La foto es de EFE.

El viernes

Anonadadita me quedo.

Esta portada de La Codorniz nunca existió.

Ésta otra de El Jueves sí existió:

Ahí os va. Que el secuestro no es por lo que dicen, sino por lo que hacen.

Ha nacido un blog de apoyo, para difundir la imagen. De nada, compañeros.

(Si Ivà levantara la cabeza...).

Gracias, Escolar.

miércoles, 18 de julio de 2007

Alicia Hermida

Le brillan los ojos cuando habla de teatro; se le anegan y se le rompen cuando habla de la Biblioteca de Bagdad, de la destrucción de la Biblioteca de Bagdad y sonríe todo el rato, se apasiona, enlaza (como yo) un tema tras otro: política, teatro isabelino, Irak, Nicaragua, Tokyo, Babilonia... Me recuerda a Ernesto Cardenal, me recomienda a Howard Zinn (y lo apunto para que no se me olvide) y volamos...

No me gustan las entrevistas. No me gusta hacer entrevistas. Empalmo un cigarro tras otro antes, porque queda mal fumar durante, me pueden los nervios y siempre tengo la impresión de que a ellos les apetece tanto como a mí.

Pero, a veces, lo mejor viene después. Cuando se para la grabadora. Cuando la persona a la que entrevistas te mira, te reconoce y os ponéis a hablar. De política, de teatro isabelino, de Irak, de Nicaragua, de Tokyo, de Babilonia... De Ernesto Cardenal, Rilke, John Ford, Dreyer, Bergman, Tennyson, Ibsen, Shakespeare, Chéjov, Petras, Chomsky, Sontag, Lope de Vega... Cuando Jaime Losada, que es su compañero (con quien comparte el pan) saca un tebeo de Julio Cortázar, al final de la charla, y me lo enseña y yo lo cojo con los ojos brillantes, como quien toca un incunable y seguimos hablando de poesía, de literatura, de clásicos, de anécdotas, de la Universidad, de lo impresentables que son algunos que ocupan según qué cargos, de pasiones, de que el teatro dice, de que ciertos textos te cambian la vida, de las vocaciones, la provocación, lo importante que es encontrar un modo de comunicarte... Cuando apoyo la barbilla en la mano, que es la mejor manera de decir que me estoy enamorando de esa mujer... Cuando nos miramos a los ojos, y nos interrumpimos, y nos quitamos la palabra de la boca y ella mira al chico de prensa y le pregunta: "¿Nos tenemos que ir?" y él niega y ella, y su compañero, siguen hablando conmigo en el mismo punto donde lo habían dejado antes y al final, cuando sí se tienen que ir, le digo que ha sido un placer y me mira: "No, no: el placer ha sido mío. Y ni siquiera te he invitado a un café...".

Y entonces recuerdo: la excusa para esta charla ha sido una entrevista.

(La imagen es de El País)

Así lo ven, así lo pintan


Página web de Rawa.

domingo, 15 de julio de 2007

Cuando acabe...


... no me preguntes qué tal.
No me jodas la noche.

Conciencia del cuerpo

Hubo tierra, mar y fuego. El aire eran ellos, que también fueron instrumento, porque nos demostraron que el cuerpo puede transformarse en un laúd o una guitarra. Tony Fabre, el director artístico de la Compañía Nacional de Danza 2, me decía hace poco que no hay que entender de danza para sentirla. Que ocurría lo mismo con un cuadro. Ellos tienen entre 18 y 22 años y saben pintar. Pintan trabajos en el campo y en las aguas, con azul, morado y lila; pintan rapidez y fuerza negra; pintan sensualidad: una sensualidad inocente, inconsciente, ingenua. Tienen entre 18 y 22 años y ponen en escena tres piezas. Jardí Tancat, de María del Mar Bonet, Coming Together, de Frederic Rzewski y Gnawa, de Hassan Hakmoun, Adam Rudolph, Juan Alberto Arreche, Javier Paxarino, Rabih Abou-Khalil, Velez, Kusur y Sarkissian. A ella pertenece esta imagen.

La voluptuosidad de la comunión con la naturaleza; la turbulencia de la repetición de la música; y el misticismo y la comunión del cuerpo y de los músculos. Era la primera vez que veía un espectáculo de danza completo y fue maravilloso.

La fotografía creo que es de Pedro Arnay, que es el fotógrafo oficial del espectáculo Gnawa en la Compañía Nacional de Danza 2.

Meme amarillo

Aquí estoy yo.


Que no soy así. Que no he querido retratarme. Si uno crea un avatar, ha de ser una versión mejorada: ésas son las reglas.


Siempre he querido poder ponerme un pañuelo en la cabeza, tener esa cintura de avispa y atreverme a teñirme el pelo de azul (que lo haré, lo juro, en cuanto apruebe las oposiciones).

Se puede hacer en la página de la película de The Simpsons, los irreverentes, maravillosos y corrosivos Simpsons.

viernes, 13 de julio de 2007

Desactualizado por teatro.

Se ha subido el telón hasta el 26 de agosto. Aquí el telón no se sube, pero a quién le hace falta un telón teniendo piedras. Lo pedí entero. Así que, hasta el 26 de agosto, voy a estar viendo obras de teatro y acostándome a las tres o las cuatro de la mañana (y levantándome a las ocho). Sábados y domingos incluidos.

Necesito escribirlo todo, pero en estos momentos prima el sueño sobre la palabra.

Miento: el sueño ha acabado con la palabra.

miércoles, 4 de julio de 2007

Yo, con los ojos de Arwen

Estaba escuchando a Christina Rosenvinge y, de pronto, me he encontrado con una entrada de Arwen que me ha hecho llorar. Joder, que yo no lloro...

"Hace unos días me decidí a hacer una visita a una amiga. Hacía años que no compartíamos más que un pequeño momento robado a una visita relámpago o una conversación de esas largas, largas por teléfono. Me apetecía mucho verla, sobre todo, porque se acercaban nuestros respectivos cumpleaños y 13 años de amistad bien merecen una celebración.

Fue un fin de semana intenso, de hacer muchas cosas, pero sobre todo de hablar, hablar, hablar y hablar. Ella se quedó afónica por intentar silenciarme, yo me vacié de todas esas cosas que cuento a alguna gente, pero que ella sabe dar la vuelta y devolverme para que lo mire desde otra perspectiva... Desde luego, fueron dos días que no me defraudaron.

La verdad es que siempre me pone un poco nerviosa ir a verla, porque es de las pocas personas que me meten mucha, mucha caña, y es casi la única a la que se lo permito, porque sé que lo hace con buena intención, porque me permite alejarme de mí misma y mirar las cosas de otra manera. Es directa, a veces dura por ello, radical, racional, aunque también terriblemente visceral, divertida, y, sobre todo, amiga de sus amigos.

Hemos tenido nuestros más y nuestros menos, pero sé que estará ahí. Da igual el tiempo que haga que no hablamos, si me ocurre algo terrible (bueno o malo) sé que la puedo llamar y me bajará de las nubes, me pondrá los pies en el suelo e incluso se reirá de mis idas de olla (que son muchas y variadas).

Es capaz de decirme que cambie de vida y nos recuerda a los que le rodeamos que primero somos individuos, y que la pareja viene después, porque, si no, las cosas no funcionan.

De las personas más cultas que conozco, jamás me ha hecho sentirme tonta, porque sabe no darle importancia a todo lo que conoce. Por el contrario, me abre nuevos mundos, nuevos conocimientos que ella recita sin darle importancia, porque son tan suyos como su color de ojos.

Un poco rabo de lagartija, se revuelve si escucha algo que no le gusta, pero sabe encajar bastante bien las críticas, aunque a veces le asombren. Eso sí, si en algo nos parecemos, además de por ser cáncer, es porque si los comentarios negativos vienen de jefes inútiles le cuesta Dios y ayuda saber que un jefe es un jefe, aunque con los años ha desarrollado una mano izquierda que le falló en el pasado.

Y esa es una de las cosas que me gustó descubrir hace unos días. Está claro que todos maduramos, pero ella, a la que siempre querré por ser espontánea, directa y, en ocasiones, radical, se ha atemperado y, si bien sigue sin callarse casi nada, percibí una mayor capacidad para soltar lo que piensa sin cargar las tintas, suave 'porque con un poco de azúcar la medicina entra mejor'.

En lo que no ha cambiado es en su desparpajo ante el sexo. Me hace hablar de cosas que casi ni me menciono a mí misma y me obliga a estar alerta, porque ella y quienes la rodean tienen una agilidad para encontrar el lado picante a la vida que me pilla por sorpresa y me deja, más de una vez, colorada. Pero es que esa capacidad de hablar de todo, de quitarle importancia a las cosas que la tienen en su justa medida, por mucho que nos empeñemos en ocultarla, es otro de los elementos que la convierten en la persona a la que me gusta acudir para oírla, para aprender de ella.

Y sabe tocar, y le gusta tocar. Para mí, que casi ni abrazo a mis padres, ahora y cuando la conocí fue un descubrimiento el cariño entre amigos expresado en abrazos, en besos, en definitiva, en tocarse. Quizás no se haya percatado, pero ser su amiga me permitió comprender que todos necesitamos las caricias, el roce: de familia y de la pareja, pero también de amigos, de compañeros. Durante mucho tiempo sólo a ella le permití darme unos abrazos que, por su tamaño y el mío, me ocultaban, y sólo lamento que, tal vez, no le correspondí cuando ella lo necesitaba.

Sin embargo, esos momentos de soledad en los que pudo verse han terminado, porque en mi visita descubrí que está rodeada de gente que sabe quién es y la quiere y respeta por eso. Casi tuve envidia, porque hace tiempo que no encuentro un grupo en el que sentirme integrada, en el que poder divertirme y, si es necesario, llorar. Pero no la tuve, porque se merece estar bien, y que la quieran, que ya bastante tuvo de tristezas y soledades, aunque siempre supo rodearse muy bien.

Volver a verla me transportó al pasado, a rabonas de clase y primeras noches sentadas en un balcón modernista hablando de la que se nos venía encima, a días de trabajo interminables y risas por no llorar ante él, a reportajes manoseados hasta encontrarles forma, a noches interminables persiguiendo cucarachas... y a charlas de los sueños que aún teníamos por lograr.

Sé que le quedan todavía unos cuantos, pero espero que también sea consciente de todo lo que ha logrado, de todo lo que nos aporta y siga siendo feliz porque, al final, es de eso de lo que se trata".

(Yo también me acuerdo de cuando nos sentábamos esa pared, a hablar, a ver el mar, a que nos guiara el faro).

domingo, 1 de julio de 2007

Bares

Siempre he escrito en los bares. Durante las esperas, sin esperar a nadie, para aventar la soledad, para mirar la Alhambra mientras se hace de noche, contra el aburrimiento o cuando las paredes se caen encima. Todos miran. Empalmo cigarros. Tomo café. Observo. Alguien se acerca. Siempre se acerca alguien. Qué haces. Escribo. Y qué escribes. Cosas. Pero qué: una novela, un cuento, un poema... Cosas. En realidad, siempre escribo una carta y siempre a la misma persona y siempre en un cuaderno grande y gordo. Pero no te lo voy a decir a ti. Y por qué escribes. Ésta me la sé, y los espanta.
Me ahorra dinero en psicólogos.

viernes, 29 de junio de 2007

El Tercio del Búho

Les gustan los tesoros, los piratas, los barcos perdidos, los naufragios, los exilios y las visitas. Maldicen a Nelson como si lo hubieran visto ayer, hacen concursos de relatos de Navidad y de relatos eróticos y se lanzan mandobles y estocadas al más puro estilo Góngora/Quevedo. Cuando les leo, me traslado a un hemiciclo, a cualquiera, y me entran deseos de ver a algún político insultar así. Invitan a vino siempre, porque en la taberna se bebe, se visita a los amigos que están lejos, y se llora, se grita y se regresa.

Allí me entero de que los escoceses no son serios, sino tímidos, o de que existe una mujer más lúcida escribiendo patentes que el mismísimo Reverte, al que unos Hermanos, de la Costa de los Sin Dios, secuestran antes de cada domingo, sin que algunos sepamos cómo. Hay quien se mofa de las escritoras que se creen modernas porque escriben "follar" y hay quien busca faros que naveguen. Y meigas, que haberlas, haylas y son de conjuros dulces. O poetas que versan palabras imposibles, reinas que merecen todos los reinos y mujeres que saben escribir de amor.

Se encuentran en un sitio que se llama La Chata. Ahora reúnen sus tesoros.

Salú e vinos, compañeros.

La canción pirata


¡Hey, hey manada de perros
siempre detrás
de un barril de ron!

¡Hey, hey empuñad los fierros
siempre al compás
de una maldición!

Hay un tesoro a cincuenta pasos
de ningún sitio en mi corazón,
matad, robad, rellenad los vasos
mientras navega este barco español.

Dadme un mar en la proa del barco
¡hey, hey y un huracán!,
un doblón al que cruce el charco
y otro más para el más rufián.

Alzo mi jarra por Johnny el Tuerto,
¡hey, hey, brindad, brindad!
quedó a vivir en la isla del Muerto
tomad un trago por su maldad.

¡Icemos el ancla, larguemos el trapo,
Soltemos amarras, que baile el timón!
Cortando las aguas, chacal de la espuma,
Siguiendo la estela de un gran galeón.

¡Cargad los trabucos, que brillen las dagas,
Echadle los garfios, cruzad el tablón!
Que suene la danza del sable y la espada
Mi dulce pareja el rugir del cañón.




¡Hey, hey, bailad con los muertos
por Edward, por Morgan
por Henry, por John!

¡Hey, hey, habrá siempre un puerto
cargados de oro
y sedientos de ron!

Quizás nos aguardan collares de esparto,
Quizás nos disculpen en un paredón.
Y allá, bajo el sol, como viejos lagartos,
Se pudra la piel de la tripulación.

Campar como reyes, de Antigua a Lepanto,
Sin jueces, ni leyes, ni gobernador.
Guiñar aburrido y vivir,
mientras tanto,
Borracho de plata, mujeres y alcohol.


¡Hey, hey, qué dulce destierro
me ofrece la mar!
¡Y no quiero el perdón!

¡Hey, hey, prefiero estar muerto
si libre me viese
de mi maldición!

Tortuga, Jamaica, Barbuda, Tobago,
Guanaja, Anegada, Martín, San Andrés,
Tahití, Puerto Plata, Caimán, Maracaibo,
Port Royal, Barbados, Granada y La Fe.



¡Hey, hey, chubascos, tormentas,
mil rayos y truenos,
que llegue el tifón!

¡Hey, hey, borrascas violentas,
que vuele la espuma,
que ruja el ciclón!

¡Subid a las jarcias, largad la mesana,
trincad el juanete, subid al bauprés,
pasad por la quilla a este cantamañana,
robad todo el oro de aquel genovés!

Que coman mis huesos dos mil tiburones,
hacedme la tumba en el fondo del mar,
que allí están dormidos los otros bribones
que dieron su vida por la libertad.


¡Hey, hey manada de perros
siempre detrás
de un barril de ron!

¡Hey, hey empuñad los fierros
siempre al compás
de una maldición!

¡Hey, hey, bailad con los muertos
por Edward, por Morgan,
por Henry, por John!

¡Hey, hey, habrá siempre un puerto
cargados de oro
y sedientos de ron!

Exmanco y Cagafuego.


¿No os recuerda a cierto loro que gritaba "¡Piezas de a ocho! ¡Piezas de a ocho!"?

martes, 26 de junio de 2007

31

Los desconocidos son amigos a los que nunca nos han presentado. Hoy cumplo 31. Hace un año no asumía ritos como el café a las siete y diez de la mañana, no me dormía en coches ajenos a las tres de la tarde, no me peleaba con nadie por mi concepto de cultura, no descubría lo divertida que puede ser una revista de moda, no compartía el dolor de piernas después de una clase de spinning, no pedía canciones apresuradas, no hacía bromas con la frase "métemela por debajo" y no me enseñaban planos antiguos de la ciudad en que nací o me hablaban de la paciente espera de buscar en un archivo en pos de un dato curioso.

Hace un año tampoco conocía a un tipo del que supe al instante que podría contarle cualquier cosa, por rara, oscura o enrevesada que fuera; no me autoinvitaba a comer a casa de dos amigos; no saludaba con un abrazo todos los días a una niña valiente ni me había percatado de mi facilidad para hablar, opinar o exigir. Tampoco existían el estrés de ocio los fines de semana, ni las tardes de compra buscando un complemento, ni descubría el placer de decorar la casa en Navidad, comprar telas para unas cortinas o pedir imanes de nevera cada vez que alguien visita cualquier ciudad extraña. Hace un año, ella no vivía en la misma ciudad que yo ni salía con un tipo que me gusta. No había recuperado relaciones antiguas, no habitaba en una isla furtiva en la que es genial bailar con alguien, no me metía en más líos de los necesarios, algunos de mis mejores amigos no iban a ser padres y no me sentía tan poderosa ni tan serena.

Hoy cumplo 31 y quiero mis regalos:
- que quienes se asoman silenciosos, me feliciten y me digan el porqué de su silencio.
- que me digas cuándo.
- que vengas a verme.
- que haya tiempo para los cafés, la entrega, la risa, el beso, el abrazo y la piel.

Y, bueno. La lista de los libros ya la entregaré a quien corresponda, pero, oye, si cae alguna vez, hay una cosa que me haría muchísima ilusión. Sí. Puede parecer raro, pero siempre me gustaron las espadas y siempre me gustó más Aragorn cuando era Strider.

Y también:
- alguna canción.
- un poema.
- una mirada.
- una excitación lenta.
- que me escribas.
- y que me digas que me quieres.

lunes, 25 de junio de 2007

Christina

Ha venido Arwen (y Suntzu debería haber venido también). No es una quedada bloggera: nos conocemos las tres desde hace trece años, aunque algunas nos conozcamos más que otras. Un calor asfixiante, la alegría de presentarle a tus amigos (me gusta que mis amigos se pongan cara: hablo mucho a los unos de los otros y se pierden), de que compartan un café, de que se reconozcan. Pero, qué curioso, lo que me ha traído el pasado al presente de golpe, los 18 años y los casi 31 a la vez, ha sido una cinta de cassette. Ella no canta bien, pero a mí me gusta. Me gusta por lo que me recuerda. Me gusta por su cuñado, cuyas poesías también me gustan (Benjamín Prado, se llama) y me gustaba mucho más que su pareja, ahora ex pareja, Ray Loriga, al que leía alguno de mis amigos de la Facultad y al que yo leí una mañana en un par de horas después de una noche de resaca para quedarme asombradita de lo mal que escribe el tío. Y me gusta porque no tiene voz, pero me gusta lo que dice. Y porque no me había dado cuenta hasta este fin de semana, después de trece años, pero me recuerda a Arwen.


Y porque el día que yo fui feliz nadie tocaba el violín y tampoco me di cuenta y porque también me apetece, a ratos, alguien que cuide de mí.

Los bolsos

Arwen, que ha venido a verme el fin de semana, me ha pedido tres o cuatro veces que haga el meme del bolso. Sus deseos son órdenes, así que lo respondo.


¿Qué llevo en el bolso?

  • Las gafas de sol.

  • Las llaves de mis dos casas.

  • Pañuelos (no siempre: se me olvidan).

  • El monedero y la cartera.

  • Algún cacao de labios o vaselina que nunca uso.

  • Un neceser con cepillo de dientes y tampones.

  • Ibuprofeno.

  • Tabaco y mecheros.

  • Los móviles (dos: el mío y el de la empresa).

  • Cuaderno y bolígrafo, para las esperas.


  • Algunas de las cosas se me olvidan. Las que no se me olvidan son las llaves, los móviles y el dinero. El tabaco tampoco.

    Comencé a usar bolso tardíamente. Antes me bastaba con los bolsillos de los pantalones, hasta que no sé quién me convenció de que eso no era femenino. Me encantaría hacer un debate sobre la femineidad, pero de toda la gente que se asoma a este blog, sólo me responden tres o cuatro... y ya sé su opinión sobre este tema.

    En uno de los bolsos que más uso ahora aparece Jack Skelleton. De ahí la imagen.

    viernes, 22 de junio de 2007

    Tengo que ir a Misa

    -No puedo quedar a comer: tengo que ir a Misa.

    Lo dijo Kois, que significa "pez" en japonés, y que es un apodo heredado de su abuelo. Nosotras no fuimos. Nosotras somos Nerea y yo. Nerea sale con Kois. Nerea y yo nos conocimos en una Pascua, celebrando la Semana Santa, en marzo de 1994. Perdimos la fe al mismo tiempo, pero nos quedó algo. A ella, la conciencia que le hace ser una militante activista de movimientos sociales en Madrid. A ambas, el sentimiento íntimo de comunidad que sólo surge con alguna gente; cierto sentido de trascendencia; el cariño que sentimos hacia ciertas figuras (curioso: la mayoría, jesuitas, por qué será...): Monseñor Romero, Ignacio Ellacuría, Pedro Casaldáliga, Leonardo Boff, Jon Sobrino, el Padre Arrupe, Uta Ranke-Heinemann. Alguno excomulgado, otros llamados al orden, una y mil veces. A estos nombres se unen otros tres: Javier Baeza, Enrique de Castro y Pepe Díaz. Son curas. Trabajan en la parroquia de San Carlos Borromeo, de Madrid. Y el día que Kois tenía que ir a Misa, una Misa que duró tres horas, venía el gran jefe. El señor Rouco Varela en persona. El que está aquí arriba, fumando, es Enrique.

    Misa, manifestación por la vivienda, cena en Vallecas, porque a Kois le hacía mucha ilusión llevarme a Vallecas y charla. Kois habla siempre muy pausado, argumenta mucho, es radical, se ríe, pero pocas veces le he visto con ese brillo en los ojos y esa pasión hablando de Enrique de Castro. Cenábamos con ateos que dicen que Enrique, Javier y Pepe son sus curas y que San Carlos Borromeo es su parroquia. Que en la Misa, muchas madres hablaron de sus hijos, drogadictos; que los musulmanes le dijeron a Rouco (hay 180 personas empadronadas en la parroquia) que ellos creían en Alá, pero que un sacerdote cristiano, católico, les había ayudado; que vino gente de todas las redes sociales que tienen contacto con ellos y que alguien pidió perdón, de parte de la Iglesia, a las mujeres, a los gays y lesbianas, a los pobres.

    Hoy me he tomado un café leyendo a Jon Sobrino, una entrevista que publica el diario El País. Y me acuerdo de un párrafo de la carta que le escribió a Kolvenbach, a su general: "Si me permite hablarle con total sinceridad, no me siento “en casa” en ese mundo de curias, diplomacias, cálculos, poder, etc. Estar alejado de “ese mundo”, aunque yo no lo haya buscado, no me produce angustia. Si me entiende bien, hasta me produce alivio".

    Los movimientos sociales surgieron de los cristianos de base. Por eso me hace gracia cuando algún niñato (porque suelen ser niñatos) alternativillo se pone a criticar a los curas, sin tener ni idea de dónde viene el germen de lo que él cree. También me hace gracia que me pregunten si soy religiosa cuando digo que dos de mis poetas favoritos son San Juan y Sor Juana Inés (de la Cruz). La estrechez de miras. La absoluta verdad que el que no cree en Dios cree poseer, cuando lo suyo no es más que otra creencia...

    Ésta es la voz de Javier Baeza, uno de esos curas. Si queréis firmar, podéis hacerlo aquí.

    lunes, 18 de junio de 2007

    Hoy he visto esto


    Una maravilla.
    Mis tripas todavía están rugiendo.
    Puro Fincher.
    Así que, nenas mías, menos Piratas del Caribe 3 y más cine.

    Vale, vale. Ya. Lo admito. Mi piel ruge. Si llegan a salir también James Spader, Willem Dafoe y George Clooney, rugiría más aún.

    Pero es que están estos dos. Lo digo en mi descargo.


    Está Elias Koteas, el segundo en mi ranking de morbo (el primero es el Dafoe, indiscutible, desde que puedo recordar, y se morirá siendo el primero) desde que lo vi en aquel Crash, de Cronenberg. Qué 46 años, Dios.



    Sí, lo sé. A la mayoría de las mujeres de mi edad, quien les pone es Brad Pitt. O saldrían del cine queriendo ir a la cama de Jake Gyllenhaall. Yo lo asumo. Mi concepto de belleza es un tanto extraño.


    Y está Robert Downey Jr., al que siempre es un lujazo ver, aunque en estas versiones dobladas que tenemos la desgracia de sufrir nos priven de una de las voces más hermosas del mundo. Deja de drogarte y actúa y canta, niño, que es lo que sabes hacer...



    Id a verla. Es una orden.

    domingo, 17 de junio de 2007

    Paul Potts y Connie

    No me gustaban los vídeos. Pretendía no colgar vídeos en el blog, pero es que no me puedo resistir... Esta mañana le contaba a mi hermano que había un tipo, en el Factor X inglés que se había presentado al casting para cantar el Nessun Dorma del Turandot de Puccini. Paul Potts se llama y canta así:




    Hermano mayor, que según mi tío Juan (que habla tan gráficamente como sigue) "comienza a cantar en do mayor como quien se rasca la punta de la polla", se ha pasado toda la mañana regalándome el Nessun Dorma y Los cuentos de Hoffmann, que es mi ópera favorita y, cuando hemos llegado a casa de mi padre, les he puesto el vídeo, todos con la piel de gallina, mi padre cantando el Nessun Dorma también y lección de música sobre cómo canta los bajos una cría de seis años que se llama Connie y cuyo Over the rainbow les dejo aquí abajo...



    Y en España, el más famoso, el Ponte el cinturón. Si ej que...

    Ocho

    Recojo el testigo de Suntzu, que es demasiado buena como para pedirlo directamente y... Tengo que escribir ocho cosas sobre mí, pasárselo a ocho personas (que no lo paso, que cada cual haga lo que crea conveniente).


    Escribo.- Menuda novedad. Escribo desde que puedo recordar y porque siempre lo he hecho, desde que aprendí a empuñar un bolígrafo. Por ninguna otra razón. Si no escribo, no vivo. Hay etapas de mi vida completamente en blanco porque me quedé seca, por trabajos horrendos o por ciudades que se me hacían más horrendas aún. Escribo donde me pille, pero me gustan especialmente los bares. Todo el mundo observa, los hay que se acercan y siempre tengo la misma respuesta preparada para lo que preguntan, que siempre son un qué haces (escribir, gilipollas, no lo ves) y un por qué: me ahorra dinero en psicólogos.

    Odio las distancias.- Antes pensaba que estaba acostumbrada, me he pasado media vida haciendo amigos con fecha de caducidad, media vida cansada de contar las mismas cosas y media vida dándome brutalmente o de a poquito. Pero, desde hace tres o cuatro años, cada vez que me despido, me jode. Me jode: no hay otra palabra: me jode no poder pasear con Nerea por Madrid, perderme mil detalles de la vida de Maricarmen, no ver a Pupe más que los fines de semana y andar a trompicones pensando que hace años que no me tomo un café con Jandro y que no ceno con Ángel ni camino por Granada de noche hablando y hablando y hablando...

    Soy irritable.- Mucho. Y lo peor que se puede hacer cuando estoy irritable es intentar hablar conmigo. Suelo avisarlo, pero no hacen caso. Y me vuelvo la persona más desagradable del mundo.

    Hablo mucho.- Pero digo poco. Las frases que mejor lo definen son dos: una, al principio de conocerme: "Es que tú lo cuentas todo". Otra, cuando han pasado cuatro o cinco meses: "Es que tú no cuentas nada". Cuento lo contable. Lo no contable lo saben unas pocas personas y, desde hace algún tiempo, me cansé de oírme narrar las mismas cosas, los tres o cuatro aspectos de mi vida por los que se podría llegar a conocer cómo funciono. Así que ya no los cuento: no es afán de ocultarme: es cansancio.

    Me gustan los libros.- Como a Suntzu, me gusta el olor de los libros nuevos, la tinta, el papel amarillo de mis libros viejos. Releo y releo, hay párrafos que me sé de memoria, mil poemas que me sé de memoria; cuando llego a una casa, me hago una idea de quién vive ahí por lo que hay en las estanterías; no creo que conozco realmente a nadie hasta que no leo algo que haya escrito; y, sin embargo, huyo como de la peste de las charlas literarias: me pone nerviosa la gente que intenta demostrarme lo que ha leído, lo bien que escribe o sus conocimientos teóricos. Puedo volverme también terriblemente desagradable: lo controlo, de verdad que lo controlo, pero me entran unas ganas de dar por culo...
    Comprendo hasta lo incomprensible.- Soy empática. Eso no significa que no haya mil comportamientos ajenos a lo largo del día que me parezcan absurdos del todo. Incluso míos, a veces.

    Soy primaria.- No pienso, voy como un caballo desbocado y sólo después me siento completamente ridícula... y el ridículo me dura días. Llámenlo ser primaria, pasional, visceral o comportarse como un elefante en una cacharrería: el resultado es el mismo. En todos los aspectos de la vida. Preferiría que el laboral se librara de esto, pero no se libra. Una pena.

    Quiero tomarme un café con alguna gente a la que no conoceré nunca.- Y esto no merece más comentario que esa frase. Quiero tomarme un café con alguna gente a la que no conoceré nunca.

    miércoles, 13 de junio de 2007

    Parece que aún fue ayer

    Su casa fue, durante años, mi refugio favorito, café y cartas contra las tormentas, una bata gris, un gato fiel y cariñoso, Carmelo y yo abrazados mientras Josemari nos leía un poema de David en la cocina, charlas de Historia, revoluciones varias, muchos libros, spaguetti y vino dulce, cerveza, fútbol y un colchón o un sofá en el que quedarse. Tiempo después, mucho tiempo después de que acabara todo eso, me detuve allí, calle Orden de Malta número 7, un día de lluvia que me puse a caminar sin rumbo por Sevilla, porque al final son los pies los que manejan ciertos recuerdos, y vi luz en las ventanas y regresé para escribirlo.

    Más tarde, bastante más tarde, hicimos un viaje de siete horas para ir a un pueblo de Alicante, meternos en una iglesia y escuchar la Misa de boda más hermosa de cuantas he oído. Su padre nos reservó los primeros asientos, a los amigos, hubo fuegos artificiales y tracas, salieron del templo al compás del himno del Barça, nos emborrachamos como cubas en los entrantes y cantamos, como siempre, Te doy una canción y Yo me quedo en Sevilla. Ese día lloré a Dani lo que no pude llorarle cuando murió: le lloré en las ofrendas de la Eucaristía, mientras el padre de Carmelo me miraba, y le lloré cuando cortaron la tarta, abrazada a Julia, porque esa boda tuvo una ausencia por encima de todas las ausencias y porque recuerdo como ayer la cara, las expresiones y las palabras de ese tipo guapo, guapísimo, cariñoso y contundente, que me guió despacito porque me hizo confiar en su criterio como en el de nadie después. Si lo dice el Dani, es cierto. Si el Dani lo dice, tiene razón. Porque el Dani no dice nunca nada gratuito.


    Ella también había llegado antes, porque era amiga de Karmen desde hacía quince años, con su dulzura, sus ojos brillantes, su entusiasmo, su generosidad, su compromiso y su entrega. Llegó con la risa, porque Mary es aire fresco, y al final acabo contándole a ella lo que no le cuento a él y viceversa. Llevan juntos desde hace ya ni sé, pero estuvimos en el principio y seguimos estando a trompicones, Almería, Sevilla, Badajoz, como podemos.


    Ahora ella camina con un cuerpo cambiado que son dos cuerpos, una barriga que veré en fotos y ninguna molestia de más. Él se pregunta si serán capaces, o cómo serán capaces. Y yo todavía no me lo creo, y llamo a Maricarmen para comentarlo. Para compartir la alegría y el vértigo.


    Han pasado trece años y parece que aún fue ayer...

    domingo, 10 de junio de 2007

    Preguntas



    ¿Cómo se cambia el carácter? ¿Puede uno sustraerse a los complejos y los espejos? ¿Podemos dejar de reflejarnos en la madre? ¿Es una decisión legítima o pura supervivencia psicológica dejarlo por imposible? ¿Qué clase de relaciones de control hay dentro de casa? ¿Con qué derecho juzgamos lo que le ocurre a los demás? ¿Deberíamos decírselo? ¿Alguna vez desaparece el complejo de culpa? ¿Qué realidad es la que vemos? ¿Cómo afecta a los otros esa realidad? ¿Qué señales emitimos? ¿Qué imagen proyectamos? ¿Qué miedo nos hace callar? ¿Qué conocemos de quienes comparten la sangre nuestra? ¿Podremos acercarnos algún día? ¿Sería posible que no nos afectara? ¿Que el amor que, al fin, tenemos no nos afectara?