lunes, 26 de junio de 2006

Olga

Es de noche, como tantas otras noches que vinieron después en Melilla. Olga y yo paseamos por las calles vacías. Nos desgasta el ritmo diario de jugar a ser periodistas pero ninguna de las dos se quiere ir todavía a casa porque no podemos parar de hablar, de divagar un poco más. Bienvenidos los argumentos y cómo refutarlos. Llegamos a la plaza y nos sentamos en un banco para seguir hablando. Aunque no nos conozcamos de nada, nos sentimos muy a gustito. La confianza surge así, a veces.

Acabamos de encontrarnos y ya nos hemos puesto densas, nadamos profundo y nos hemos contado los sueños y las desilusiones. Las respectivas raíces. Qué coño hacemos una noche como ésta, en esta ciudad. Cómo hemos llegado a esta tierra intermedia...

No recuerdo gran cosa de aquella conversación, apenas que los niños viajan a la luna con la literatura, las niñas con los cómics y la sensación de haber encontrado a una amiga (“el que va contigo, el que comparte el pan”, me explicaría después). A alguien que es capaz de no tener en cuenta los desvios, los tambaleos, la distancia. Por mucho que le duela y quisiera tenernos un poco más cerca.Ahora que estoy regresando poco a poco a esa tierra de frontera, revisito los caminos y me acuerdo de ella.

De cómo abrió las puertas de su (vuestra) casa. De los versos de Galeano y Benedetti, de su intensidad, su desmesura. De Jandro, el yonkie y tantas otras historias.... No la he vuelto a ver pero puedo visualizar su foto a lo Maruja Torres, las mías con Levante, aquella noche en las rocas con Ángel, el Luci, hasta Susana, la guardia civil y los emigrantes... Reconozco su capacidad para unificar y reunir. Me quedo con sus amores sindicalistas, mis libros robados, el poder de las mamadas. Su capacidad para abarcar aquella isla. Cómo todo sonaba a confidencia, a experimento, a forja. Cómo todo sabía a té moruno.... Mmmm, aquella hierbabuena!!. Aquellos bocadillos de pan tomaca y los crepes de chocolate que nos metíamos las dos siempre en el mismo bar....

Es Olga, la de la dieta eterna.... Olga, alma de bar. Y es que ella ha ido dejando uno –o más- en cada sitio por el que ha pasado. Construyendo hogares. A base de conversaciones, coca colas y un espacio para la creación. Es su mundo. Búscala ahí alguna vez si quieres encontrarla. Escribiendo. Por que ella es, sobre todo, una palabra escrita. A mano en un cuaderno con tinta azul o en el ordenador. No sólo recopila frases, versos y párrafos de escritores de los que nunca he oido hablar sino que bebe de la gente, la toca y la transcribe. Transforma la vida en pura literatura.

Dice de mí que le inspiro, que se anima a palabrear más y mejor cuando me lee, pero nadie me ha retratado como ella lo ha hecho varias veces. Aunque mis pensamientos estén desordenados y salte de una intención a otra, consigue captar el mensaje y lo descifra para mí.

Cuando ahora leo ciertas cosas en su blog, siempre le pregunto a quién le está pasando tal o cual cosa porque ya sé que esa historia tiene nombre, rostro y está cerca de ella. Es la única persona que conozco que, de inmediato, nombra a sus amigos. Mari Carmen, Nerea, Pupe, Carmelo.... y tantos otros del espacio sideral que se me escapan.... Antes me extrañaba esa identificación tan veloz pero ahora me agrada por que pienso que esa es la manera que tiene de mantenernos cerca. Después de tanto movimiento, ha ido dejando muchas raíces plantadas.... y ella es de las que le gusta sentir a sus amigos cerca por que son también una especie de hogar.

Por eso, te busca y nunca deja que te vayas del todo. Aunque hayas estado dos años sin verla u oirla, no permite que la distancia entorpezca el reencuentro. La conexión inmediata. La felicidad. Es fácil, de nuevo, exprimir los recuerdos, las experiencias, los amigos. La risa.

Olga simboliza aquella noche y aquella plaza. Un abrazo instantáneo. La fluidez, la intensidad de la contingencia que acaba revelándose perenne. Siempre presente, a pesar de la distancia temporal y física. A pesar de mi propensión natural a desaparecer, ella nunca deja que me aleje. Consigue que la eche de menos, que resuciten los versos y las canciones que nos mantienen atentas la una a la otra, a nuestras respectivas evoluciones. Que desee buscar de nuevo una plaza, algún desorden alimenticio y una nueva borrachera de palabras sobre los caminos.

Sonia.

Iba a escribir algo sobre mis treinta. Pero éste es el mejor regalo que me han hecho hoy...

jueves, 22 de junio de 2006

Irrealidad

La irrealidad siempre resulta una maravillosa fantasía, cuando se dan las circunstancias adecuadas, cuando los dedos vuelan en el teclado, cuando se crea ese clima que te hace confiar pese a los riesgos. Éste es, quizá, el único medio en el que uno ha de fiarse únicamente de su intuición. Aunque esa intuición resulte, al final, un borrón incierto, una moneda al aire, la asunción del caos.

Internet no inventó la soledad. Ni tampoco el aburrimiento, ni el sexo, ni la creación de máscaras. Al cabo se resume en los pocos datos (siempre son pocos) que uno se atreve a dar. La llegada de las webcam transformó el paraíso de los antiestéticos -en Estados Unidos las empresas comienzan a realizar las entrevistas de trabajo por teléfono para que no las acusen de discriminar a quienes no cumplan un canon de belleza cada día más estricto- en una sucesión de desánimos. Hasta en los foros se cuelgan ya fotografías propias. Así desaparece, poco a poco, una de las mejores cualidades que tenía la red: el anonimato absoluto. No la impunidad: tarde o temprano nada queda impune, ni siquiera aquí. La posibilidad de conocer a alguien sin imagen externa alguna. La posibilidad de la mentira, también: pero qué más da, si siempre se descubre. Y qué más da si en esto, como en todo, cada uno guarda sus propias reglas.

La vida real es mejor. Durante dos años alguien intentó convencerme de eso, que es como intentar que crea que los ordenadores escriben solos y responden y preguntan y cuentan y confían. Pero, durante un tiempo, hubo un espacio completamente mío. Pasó hace más de un lustro. Se llamaba El Reloj Biológico y fue el primer mensaje que escribí en un foro de internet. Antes escribía mejor o allí escribía mejor, porque había quien me espoleaba, quien me hacía investigar y ahondar y sugerir. Después busqué otros lugares. Encontré uno, pero no es mi sitio, por mucho que escriba en él. No será nunca mi sitio. Porque ya no soy Elrond y porque murió David, que nunca se llamó David, ni están Calamaro (sobre todo Calamaro), ni Dem, ni Amapoli/Agripina, ni Guaya, ni Minerva, ni el DiabloCojuelo, ni Náufraga, ni Mayte0, ni Simbad, ni FlorDelMal, ni FOS, ni Gorka, Reuben, Schoff y tantos otros.

Durante dos años conseguí un espacio mío. La red es muy amplia, pero se asemeja a los bares: en pocos te sientes como en casa. La historia nunca acabó. Somos lo que somos, pero la irrealidad no ayuda. Y pusimos demasiado de nosotros mismos, todos. Y sentimos. Nos hicimos amigos. Amé y me amaron.

Nunca se me dio bien olvidar. Nunca se me dio bien cuando sé que todo continúa. Que hubo dos lugares, en el mismo sitio; que uno cerró y que otro sigue, languideciendo, dando los últimos estertores, que duran demasiado ya. Y cuando la curiosidad me puede, me encuentro con que lo que me dañó ya no me importa, pero que sigue existiendo gente que es capaz de pulsarme las teclas; de hacerme reír y llorar en dos segundos, de conseguir que añore brutalmente. De volver a tener miedo a la irrealidad de quien llega después y me recuerda que puede aparecer y desaparecer, rotundamente sí, y que haré mal si no lo tengo en cuenta.

Ya lo decían: nada me han enseñado los años: siempre caigo en los mismos errores.

miércoles, 21 de junio de 2006

Un héroe de nuestro tiempo

Ahí sigue, el tío. Aún no se ha vuelto un mercenario de la tiza, de esos que entran en el aula como quien ficha donde ni le va ni le viene. Tal vez porque todavía es joven, o porque es optimista, o porque tuvo un profesor que alentó su amor por las letras y la Historia, cree que siempre hay justos que merecen salvarse aunque llueva pedrisco rojo sobre Sodoma. Por eso, cada día, pese a todo, sigue vistiéndose para ir a sus clases de Geografía e Historia en el instituto con la misma decisión con la que sus admirados héroes, los que descubrió en los libros entre versos de la Ilíada, se ponían la broncínea loriga y el tremolante casco, antes de pelear por una mujer o por una ciudad bajo las murallas de Troya. Dicho en tres palabras: todavía tiene fe.

Aún no ha llegado a despreciarlos: sabe que la mayor parte son buenos chicos, con ganas de agradar y de jugar. Tienen unas faltas de ortografía y una pobreza de expresión oral y escrita estremecedoras, y también una escalofriante falta de educación familiar. Sin embargo, merecen que se luche por ellos. Está seguro de eso, aunque algunos sean bárbaros rematados, aunque los padres hayan perdido todo respeto a los profesores, a sus hijos y a sí mismos. «Voy a tener que plantearme quitarle de su habitación la play-station y la tele», le comentaba una madre hace pocas semanas. Dispuesta, al fin, tras decirle por enésima vez que lo de su hijo estaba en un callejón sin salida, a plantearse el asunto. La buena señora. Preocupada por su niño, claro. Desasosegada, incluso. Faltaría más. La ejemplar ciudadana.

Pero, como digo, no los desprecia. Lo conmueven todavía sus expresiones cada vez que les explica algo y comprenden, y se dan con el codo unos a otros, y piden a los alborotadores que dejen al profesor acabar lo que está contando. Lo hacen estremecerse de júbilo las miradas de inteligencia que cambian entre ellos cuando algo, un hecho, un personaje, llama de veras su atención. Entonces se vuelven lo que son todavía: maravillosamente apasionados, generosos, ávidos de saber y de transmitir lo que saben a los demás.

En ocasiones, claro, se le cae el alma a los pies. El «a ver qué hacemos todo el día con él en casa», como única reacción de unos padres ante la expulsión de su hijo por vandalismo. Por suerte, a él nunca se le ha encarado un chico, ni amenazado con darle un par de hostias, ni se las han dado, el alumno o los padres, como a otros compañeros. Tampoco ha leído todavía el texto de la nueva ley de Educación, pero tiene la certeza de que los alumnos que no abran un libro seguirán siendo tratados exactamente igual que los que se esfuercen, a fin de que las ministras correspondientes, o quien se tercie, puedan afirmar imperturbables que lo del informe Pisa no tiene importancia, y que pese a los alarmistas y a los agoreros, los escolares españoles saben hacer perfectamente la O con un canuto. Mucho mejor, incluso, que los desgraciados de Portugal y Grecia, que están todavía peor. Etcétera.

Y sin embargo, cuando siente la tentación de presentarse en el ministerio o en la consejería correspondiente con una escopeta y una caja de postas –«Hola, buenas, aquí les traigo una reforma educativa del calibre doce»–, se consuela pensando en lo que sí consigue. Y entonces recuerda la expresión de sus alumnos cuando les explica cómo Howard Carter entró, emocionado, con una vela en la cámara funeraria de la tumba de Tutankhamon; o cómo unos valientes monjes robaron a los chinos el secreto de la seda; o cómo vendieron caras sus vidas los trescientos espartanos de las Térmópilas, fieles a su patria y a sus leyes; o cómo un impresor alemán y un juego de letras móviles cambiaron la historia de la Humanidad; o cómo unos baturros testarudos, con una bota de vino y una guitarra, tuvieron en jaque a las puertas de su ciudad, peleando casa por casa, al más grande e inmortal ejército que se paseó por el suelo de Europa. Y así, después de contarles todo eso, de hacer que lo relacionen con las películas que han visto, la música que escuchan y la televisión que ven, considera una victoria cada vez que los oye discutir entre ellos, desarrollar ideas, situaciones que él, con paciente habilidad, como un cazador antiguo que arme su trampa con astucia infinita, ha ido disponiendo a su paso. Entonces se siente bien, orgulloso de su trabajo y de sus alumnos, y se mira en el espejo por la noche, al lavarse los dientes, pensando que tal vez merezca la pena.


El Semanal, 25 de junio de 2006. Arturo Pérez-Reverte, que me ha hecho, sin saberlo, un magnífico regalo de cumpleaños.

Se van en verano los veinte

Pues sí. Quién nos lo iba a decir cuando llegaran los treinta. ¿Dan demasiado miedo las cifras redondas o sólo ésta, que nos recuerda que ya debíamos ser adultas? Nos pienso hace doce años, con la inconsciencia que da la sensación de comenzar a construir el futuro. Y hace seis, al otro lado del mar, adaptándonos a vivir juntas, el Baygon como compañero inseparable, la música siempre, los periódicos tirados en el sofá (sigo siendo desordenada, qué creías), las noches de insomnio, los miles de tés y jeringos y pañuelos que se quedaron para siempre en las caderas, las coreografías en La Vaca (¡Mamma mia!)... ¿Realmente hemos cambiado tanto? ¿No seguimos en lo mismo: en intentar entender el mundo, en dibujarlo con palabras, en hallar el vocablo preciso e íntimo que nos despierte; en construir un espacio único, amueblarlo como se pueda, recoger los escombros cada cierto tiempo? Porque nos recuerdo, ya te digo, con dieciocho. La misma contundencia y las mismas locuras, aunque (es cierto) ni tú ni yo aguantemos ya noches de doce horas y aunque las locuras han pasado a ser una cosa incierta llamada "proyectos".

Sé que si no hubiera comenzado a trabajar seis días antes de mis treinta, el tono de este escrito sería bien distinto, porque mi cerebro y el de Peter Pan se hubieran fundido sin remedio. Sin embargo, no es el deseo de no crecer: contra eso no quiero hacer nada (aunque cada uno se autodestruye como puede). Es la certeza de que crecer no era esto. De que nadie nos advirtió. De que tuvimos que darnos cuenta en medio de plantes, huelgas, jornadas de catorce horas, inseguridad laboral y cuidades en las que a menudo no quisimos vivir. Llegaron los amigos con fecha de caducidad, las carreteras eternas, las crisis de pareja (o el no encontrarla nunca, que también es algo que llega), el sentirse en tierra extraña y el aprender, al final, que los lugares y las personas se llevan dentro. Cambiaron los cuerpos: lo afirman rotundas las fotografías. Y tengo doce años más, tendré doce años más dentro de nada: abandonaré los 29 y me sigo viendo igual de perdida...

No aprendí a quererme más, porque nunca supe qué era eso. Sólo publico textos periodísticos porque sigue dándome tanta vergüenza que me lean como cuando tenía ocho años y escribía en clase. También dispongo de casas y me apropié de algunas ciudades del centro al sur. Fui amiga y sigo siéndolo porque hay quien permanece a pesar de las caducidades y los kilómetros. Me enamoré y conseguí olvidar, aunque de vez en cuando me pique la cicatriz. Y sigo recordando las palabras de Vanesa el último año de Facultad: "Todos hemos cambiado, pero tú te llevas la palma". Descubrí que soy ingenua. Sigo sintiendo vértigo ante los abismos. Me procuré unos cuantos refugios, unos cuantos bares, unas cuantas noches de luna llena. Sigo echando de menos el mar. Viajé con la mente porque con el cuerpo me fue imposible. Creé un blog para que mis amigos me espiaran. Hice muchas maletas, pero nunca aprendí a llevar una casa. Conocí dos pieles. Vi crecer a niños a destiempo. Creí y descreí. Se me desmontaron todos los esquemas. Aprendí a darme del todo.

No sé si es buen baremo para estos treinta.

A Arwen, que me pidió un texto más.

martes, 20 de junio de 2006

Esos maravillosos 30

Aquí están. Nunca pensaste que pudieran llegar tan pronto pero, efectivamente, hace 30 años que naciste. Tampoco pensaste que, al llegar, fueran a notarse en tu rostro, y puede que tu cara disimule, pero esas primeras (o nuevas) canas que empiezan, no a dorar tu cabellera, sino a aclararla hacia la vejez no dejan lugar a dudas, como tampoco lo dejan la celulitis, la falta de flexibilidad, que ya no trasnochas como antes...: empiezas década de nuevo.

La verdad es que después de esa absurda crisis de los 25 ¡a los 24!, cumplir años no ha estado mal, y ahora no va a empezar a estarlo. Sin embargo, está claro que un número tan redondo incita a la reflexión, a pararse, siquiera por un instante, y pensar sobre uno mismo. Podría adentrarme en caminos tan complicados como adónde voy, de dónde vengo, pero me conformo con plantearme si a los 20 me habría creído que, diez años después, apenas habría avanzado unos pasos en este intrincado mundo de la edad adulta.

Porque, voy a ser sincera. Creo que en el plano mental (jua jua) hemos adelantado bastante, hemos superado traumas, hemos dejado atrás complejos y hemos comenzado a vivir NUESTRA vida porque era nuestra y a nuestra manera (más o menos y a pesar de los padres).

Sin embargo, ¿de verdad nos creeríamos, en esos dulces 20, que el trabajo iba a seguir siendo nuestra preocupación ¡ocho años después de terminar la carrera!?¿Nos íbamos a tragar que el piso sería nuestro sueño casi inalcanzable? (las afortunadas estáis hasta las cejas, no sé si eso es tener un piso o que os tenga él encerradas) ¿Estaríamos dispuestas a todo ese esfuerzo (lo digo por las trece o catorce horas diarias currando) para seguir oyendo las mismas exigencias con el mismo sueldo diez años después?

Creo que no. Entonces, si nosotras no lo creeríamos y casi no lo creemos ahora, ¿qué porras estamos haciendo? ¿Cumplir años nada más?

Eso sería demasiado fácil de pensar y, teniendo en cuenta que llevamos vivido casi un tercio de nuestra vida (pienso ser longeva y ser una tía abuela de lo más marchosa), tampoco es tan malo el balance, al menos en lo personal.

No conocí el mundo, pero conseguí crear el mío propio: amigos, pareja, música, libros...Y aún me quedan 60 años para viajar.

No me hice famosa escribiendo, pero escribí muchas cosas que me ha merecido la pena contar, sobre todo historias que han ayudado a algunas personas y que me han ayudado a mí a ampliar mi visión del mundo.

No tengo una casa...Tengo muchas, las de los amigos, las de la familia, y hogares en casi todos esos sitios, porque me siento querida (que también es un logro, ¿o no?).

Y podría tener muchos motivos para deprimirme, sobre todo yo, de bajones fáciles, pero creo que también para sonreír, porque, a pesar de todo, seguimos en la brecha y sigo asombrándome y cabreándome por las injusticias, lo que no sólo quiere decir que estoy viva, sino que estoy dispuesta a seguir en mi lucha por el mundo que quiero.... No sé, si lo miras así, tampoco son tantos los 30 y las canas ¡hasta me están gustando!

Arwen

viernes, 16 de junio de 2006

Como Mary Wollstonecraft

(Hace tres días escribí un texto en DXC que no quiero perder, en el hilo Caravana de Mujeres, redactado para pedir a gritos féminas y más féminas en la página, y que posteo de nuevo aquí).

Este hilo era de Caravana de Mujeres, ¿no? Una caravana de mujeres que llega a un pueblo todas con sus gorritos, sus faldas vaporosas, nada adecuadas para la vida en el rancho, a los que los hombres miran babeando cual perra de Paulov, porque las carencias son muchas y agudizan las necesidades… Pero supongo que se podrá elegir, ¿no? Y que puestos a pedir, señores de DXC, y teniendo en cuenta que, tratándose de nicks, todo parecido con la realidad puede ser pura coincidencia, quiero a un hombre que tenga, no necesariamente por este orden:

...la agudeza de zorpiento, el detallismo de bluegardenia, la ironía de Jacob, la jocosidad brutal de Tragamuvis, el humor de m0ntaraz, el saber estar de David_Holm, el feminismo de Wladimirito, la bondad de Alonso_Quijano, la inteligencia de Vertigo, la apertura de pickpocket, la valentía de karma7, la capacidad de trabajo de raul2010, el gamberreo de elPadrino, la ternura de SUBLIMOTRUST, la contundencia ruda de KeyserSoze, la cultura musical de jemenfous, la serenidad de CKDexterHaven, la clarividencia de ciruja, el arrojo de FLaC, la manera de regresar de ShooCat (por la puerta grande, sí señor), el gusto de tirapalla diseñando (puede servir para el futuro hogar, chicas), el entusiasmo de jorgito24, la inquietud de Dakwel, la forma de estar pendiente sin que se note (aunque se nota) de acg110080… y la libertad que me da spione en nuestro matrimonio (que no sé si es libertad o indiferencia). Etc. etc. …

y, condición sine qua non, las manos siempre tendidas de doodle , la elegancia para capear temporales de Tuppence, la sabiduría de always, la claridad de Felicia y la mente abierta de Blomac...

…y la cara de George Clooney o Montgomery Clift (o la cara de Monty y la orientación sexual de Clooney), el morbo de Willem Dafoe, el envejecer de Paul Newman, los ojos de Gregory Peck, la versatilidad de Spencer Tracy (y su lealtad a la amante o a la mujer no oficial), la agudeza de Woody Allen, la risa delirante de los hermanos Marx, la mirada de James Stewart, la voz de Robert Mitchum, la presencia de Marlon Brando, la elegancia de Michael Caine, el compromiso de Tim Robbins y la mala hostia de Sean Penn.

Lo sé, lo sé: estoy pidiendo la luna…

martes, 13 de junio de 2006

Una página

Es lo que tiene Internet. Se cae una página, a la que le quitaron el shout pero dejaron el chat, y de pronto, esas ventanitas, siempre tan vacías, se llenan de repente de nicks conocidos, y queridos, aunque no sepamos nada de las personas que teclean al otro lado de la pantalla. Jacob, pickpocket, CKDexterHaven, m0ntaraz, hattusil, tirapalla, Foratul, doodle, Felicia, laurahunt... preguntando si se sabe algo, para cuándo estará operativo el foro, qué ha ocurrido... como si los demás fuéramos adivinos, como si no estuviéramos contribuyendo al mal funcionamiento de la página dándole a F5 una y otra vez, porque esperamos que sea una falsa alarma, que todo esté en su sitio en la red.
Porque la red es vasta, sí, pero al final somos cuatro gatos (¿verdad, Shoo?) y andamos siempre por los mismos lugares... cuando no nos quitan los caminos.

Un saludo a todos. Es un placer estar con vosotros.

martes, 6 de junio de 2006

Eres deseo, proyecto y búsqueda. Aún no has nacido. Eso significa que falta aún mucho para que comiencen a multiplicarse células y más células en un cuerpo que no será tuyo pero que acabará formando lo que quiera que seas. El cómo seas dependerá de ti: no sólo de ti, desde luego, pero de ti también: de lo que vivas, del concepto que tengas (de tus padres, de tus amigos, del mundo). Lo único que sé de ti son tus posibles nombres (que no se te olvide nunca: nombrar algo es poseerlo). No conozco nada más. No puedo contarte tu historia. Pero sí voy a narrarte la suya.

La llamarás mamá y para ti sólo será eso. Y cuando, dentro de quince años, año arriba año abajo, veas a sus amigos, que te reñirán como si te hubieran parido ellos, pensarás que no tienen ni idea: que a ti no te queda nada por aprender, que pasarás el resto de tu vida con las rentas de esa primera década y media. Pero no voy a hablarte de lo que sabrás: eso corre de tu cuenta. Lo único que podemos hacer nosotros es ponerte en la mano unos cuantos libros y algunas palabras que te sonarán viejas.

Prometí contarte una historia. Lo hice una vez, con una niña que ahora tiene seis o siete años (quizá ocho, hace mucho que no la veo salvo en fotografías: de lo puto que es el dinero, o su falta, ya te darás cuenta tú): le hablé de su padre. A su padre y a tu madre los conocí por la misma época, en el mismo sitio de la misma ciudad. Ha pasado más de una década, así que podría decirte que la he visto crecer. O que he crecido con ella. O que nos hemos crecido mutuamente.

Para ti será mamá. No será hermana, no será hija, no será amiga (no lo será: los padres nunca son amigos). Así que hasta que no seas muy mayor desconocerás ciertas cosas: algunas no las sabrás nunca y no sé si es mejor que sea así. Pero, ahí donde la ves, o la verás, estricta (porque lo será y me partiré de risa cuando la vea), disciplinada, metódica... tendré que contarte que esa mujer conduce como una macarra, tenía un miedo atroz de lo que yo pudiera decirle cuando me contó (hoy: cuando me ha contado hoy) que te estaba buscando (y aun así he sido la primera en saberlo) y se ha liado la manta a la cabeza más veces de lo que quizá tú lo hagas nunca (si eres hombre: si eres mujer, lo mismo la superas).

Quizá sí sepas que me pacifica y que me hace reír. Y que me mira de un modo que me hace imposible ocultarle nada (a mí, que sólo cuento lo contable). Que la he buscado siempre que las fuerzas han fallado (porque fallan muchas veces) y que ha estado pendiente en todo momento. Quizá sí conozcas su tremenda implicación con la gente a la que ama y que la ama (somos unos cuantos, desperdigados por el mundo), cómo nos protege y nos mima. Pero, como serás su hijo y a los hijos hay que domesticarlos, también conocerás un genio que yo me he salvado mucho de sufrir. Váyase lo uno por lo otro: lo otro es que se levantará por las noches en cuanto te oiga respirar medio milisegundo más desacompasado de lo normal; que no dormirá si tienes fiebre o hace frío y que tampoco dormirá después, cuando no sepa lo que te ocurre, ni con quién andas, ni con qué clase de persona perderás la virginidad. Ni mucho después tampoco, cuando decidas vivir con alguien o vivir solo; cuando te rompan el corazón una y mil veces; cuando lleguen los desengaños, las traiciones y las dudas. Le deberás muchas horas de sueño, tú, y eso no se lo podrás pagar nunca, salvo con tu reconocimiento y con tu lealtad.

Y no es porque te haya dado la vida, y una educación y un futuro y... No es por eso, o no es sólo por eso. Se trata también de que puedas, algún día, reconocer lo que ella es. La alegría vital de esa mujer a la que verás mayor, de la que pensarás que no entiende lo que te ocurre o que de estos temas con mi madre no se puede hablar. Es triste eso: que quizá no llegues a descubrir que su comprensión es más grande que su miedo. Y que lo puede todo y que cuando no ha sido capaz, los demás hemos recogido los pedazos, los hemos recompuesto como buenamente hemos podido y aquí paz y después gloria. Y que un día llegó tu padre y le recuperó el brillo en los ojos, la risa y las ganas.

Por eso cuando veo a ese hombre paciente, que llena la casa de galletas, chocolate y bebidas cuando yo voy, como si fuera fiesta grande, siento alivio. Porque supo llegar y supo quedarse y supo hacer más. El mundo se compone de pequeños gestos: una mirada, una historia de amor, un beso en la boca, emborracharte con tus amigos, viajar, construir espacios. De eso nace la gente. Y por eso sobrevive.

sábado, 3 de junio de 2006

La habitación cerrada

Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá; que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejo tras sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer esto sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan; nos volvemos cada vez más opacos; más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la frontera que lo separa del otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a si mismo.

Paul Auster. La habitación cerrada, de Trilogía de Nueva York.

miércoles, 31 de mayo de 2006

Fantasmas

Hay gente de la que no se vuelve nunca. Personas que surgen de repente, cuando cambia el viento, desenterradas de la memoria por un azar que nunca es azaroso, ni imprevisible del todo, ni inesperado. Llegan con ciertas estaciones, cuando se habla de ciertos temas, cuando la memoria se vuelve un ejercicio indispensable, cuando el cuerpo decide que las heridas han de sangrar aún más de lo que se vertieron hace años, o décadas, o siglos.

Todos tenemos fantasmas. Los monstruos también mueren, me escribieron hace tiempo en la dedicatoria de un libro por leer. Mueren los monstruos ajenos; los que pertenecen a casi cada individuo de cada época, los que han llegado a formar parte del imaginario colectivo, por razones históricas, vitales, de destrucción y muerte. Pero no los propios: los que traen la vergüenza o la culpa. Esos aparecen siempre, a poco que uno se descuide, reflejados en otra gente, otras circunstancias, otras vidas. Trayendo de golpe el dolor, el sonrojo, la tristeza o la rabia.

También hay lugares de los que no se vuelve nunca. Pero eso es otra historia.

viernes, 26 de mayo de 2006

En contra

La esperanza y las dudas. Hay culturas que viven de ellas. Hay quien se pasa la vida esperando. Y quien ni siquiera se da cuenta. Quien se deja arrastrar por la comodidad de lo conocido. Quien es capaz de hacer proyectos.

Quizá eso se enseñe: la inutilidad de la apatía; la necesidad de seguir buscando, de avanzar, de conseguirlo. De ir dando pasos. De desligarse de lo que ya no nos sirve. De tener paciencia. De quererlo todo. De poder decidir, de saber que se poseen todos los elementos necesarios para decidir. De no suponer que la vida la determinan no se sabe qué clase de circunstancias ni de fuerzas. De olvidar los esto es así y ya está o los esto ha de ser así y punto.

¿Se aprende a eso cuando todo va en contra?

viernes, 5 de mayo de 2006

Re-naciendo

Habla serena. Ha dejado de estar protegida. Abandona su capullo conocido, la rutina maltrecha, la extrañeza de lo cotidiano, la vida conocida y apresable, el escudo contra todos los males y contra todos los esfuerzos. Se ha levantado y ha visto.

La lucidez es dura. Pero el mar está en calma. Ha descubierto que no hay nada terrible. Que las tormentas son deseables. Que sólo se avanza con motivos propios. Que puede deshacerse de todo lo que no guardaría en una mochila roja. Que merece la pena, por fin, volver a conocerse, recuperarse, afrontar las ganas, la ilusión, y su pérdida. Hacer planes absurdos, sola. Salir a caminar por la calle. Construir un espacio para la gente, encontrar casa, bucear en la palabra, emborracharse con amigos, reír hasta que le duela el alma y saber llorar por lo importante.

Quedarán grietas y miedos. Podrán reconstruirse y espantarse. Quizá consiga no echarse tanto de menos. Asumir la que es. Reencontrar la que fue, algunas partes de la que fue. Interiorizar la inocencia, las ganas y las dudas. Saberlas enteras. Dejar de añorarse. Conformar los mapas. Descubrir los caminos.

Sabrá despojarse. Jamás la incertidumbre fue tan deseada. Nunca un “no sé” sólo significó mil posibilidades y no desconocimiento, no parálisis, no abandono. Nada la salvará del desgarro, de la euforia, de la búsqueda.

Se acabó la vida conocida. Bienvenida al mundo, de nuevo.

jueves, 4 de mayo de 2006

Crecer no era esto

Voy recuperando memoria: no sé dónde está la que fui, ni sé por qué el crecimiento nos hizo tan dispares. Se acerca junio y cumplo años. No hago balance. No me siento conmigo (hace años que no me siento conmigo). Ni ganas, que conste. Pero recuerdo la oscuridad natural, la inocencia de más tarde, el miedo sempiterno, el asombro constante, la curiosidad por unas pocas cosas (pocas), los esquemas vueltos del revés y del derecho, la reconstrucción, todos los abismos.

Voy perdiendo memoria. Encontré planes, botellas de vino, días de campo, niños pequeños, paseos largos, restaurantes, algún que otro cuerpo y algún que otro mar. Hallé ciudades, tuve bares por casa, confié en la palabra. Lloré mucho (no se muere de amor). Fui feliz muchas veces.

No recuerdo mis años. No sé si se cayeron.

martes, 2 de mayo de 2006

Duele

















Todavía duele.
La tarde, la herida.
La nota de mi pulso
vibrando, única, duele.
Y si pongo el dedo en los labios o
si pongo el dedo en la herida
es lo mismo.
Azul. Transparente y azul como un zumbido.
Si tuviera que poner margen
a aquella tarde
a esta herida
no podría.
Las manos que olvidaron las caricias
los labios que no saben ya de besos
hoy duelen como duelen los derribos
como duelen las guerras
y los naufragios
y los desahucios
y los exilios...

Beatriz Batanete.

(Ellos dos ya saben).

Cuadro: El naufragio de "La Esperanza", de Caspar David Friedrich.

"Paisaje invisible de calle conocida"

"Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona esté viva, que sienta y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. (....) Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida".

Fernando Pessoa. Libro del desasosiego.

Es algo extraño, y digno de admiración, decía Dickens (y cito de memoria), que cualquier persona, desde el monarca hasta el esclavo, esté constituido de tal modo que siempre haya de ser un misterio y un secreto para todos sus semejantes. Quizá por eso escribimos: no como una manera de apresar a los demás, sino a nosotros mismos. Camino con gente vieja. Vuelvo la vista y ahí están: veo fotos antiguas, de cuando éramos diez o doce años, quince, más jóvenes (de cuando el mundo se podía apresar entre las palmas de las manos). Y me asombra que sigan. Y me asombra esa extrañeza. Ese misterio de lo cotidiano. Esa necesidad de poner todos los misterios en común. De mostrar lo que eres, lo que querrías, lo que vales, lo que sueñas, los deseos, las anécdotas. Son calle conocida. Puede que invisible, pero transitable.

miércoles, 12 de abril de 2006

De nuevo en los andenes


Vuelvo a escribir en las estaciones, recorro kilómetros sin detenerme demasiado en ningún sitio. Consumo más tabaco del que debería, me estreso, me río. Abomino de la descoordinación y de la falta de transporte en esta tierra llena de carreteras maltrechas. Regresan los horarios intempestivos y el cansancio acumulado y las (escasas) horas de sueño entrecortadas. El mercado laboral se me ha resistido siempre. Es imprescindible para la subsistencia, aunque jamás vaya a arrepentirme de haber pasado poco tiempo en redacción alguna. Esa incoherencia es la que se me escapa: pasar tantas horas donde uno no debería estar. Hoy Marcial me contaba que el momento más feliz de su jornada es cuando llega a casa y ve a sus dos hijas. Pero que le encanta su profesión, que le apasiona grabar planos: a pesar de no tener horarios, a pesar del sueldo, de la precariedad, del agotamiento de los músculos. Y sí, es cierto: lo urgente reemplaza a lo importante, pero la urgencia también nos gusta. Nos disparan la adrenalina el frenesí, la desigualdad de los días, la imprevisibilidad de los hechos, la producción, el desenlace. Quizá sea producto de alguna disfunción neuroquímica, quién lo sabe, pero no hayotra salida. O no la conocemos o no queremos verla. No sé hacer otra cosa, nos decimos; pero es falso. Todos valemos para cualquier otra cosa. No para la inseguridad, para la precariedad, para el desarraigo, las maletas, las relaciones abortadas, la frustración ni la pobreza. Y sin embargo...

domingo, 19 de febrero de 2006

Miriam, Martina, Marcos y Mariana


Niños felices. Qué ganas de veros...

miércoles, 15 de febrero de 2006

Hay quien no sabe decir no.
Hay a quien no le dejan ni sus circunstancias ni su carácter ni su vida.
El ovillo los enreda; los demás deciden por ellos; se dejan arrastrar y ni siquiera puede decirse que no se estén dando cuenta. A los demás no nos queda ese consuelo. Porque saben lo que hacen: conocen de qué manera se meten en la boca del lobo y cuál sería la mejor manera de salir antes de que fuera demasiado tarde.
El único problema es que son incapaces.
Y ni siquiera sé por qué.
Pero duele. De todos modos, duele.

domingo, 12 de febrero de 2006

Caminos

Soy capaz de tantas cosas y no se dan cuenta. O no quieren darse cuenta. O hacen todo lo posible por no darse cuenta. Necedades. Dicen que la vida se puede recorrer por dos caminos: el bueno y el malo. Yo no creo eso. Yo más bien creo que son tres: el bueno, el malo y el que te dejan recorrer. El bueno lo he intentado andar y no me ha ido bien. Juro que ha sido así. De pequeño hice todo lo que consideré correcto y lo que está bendita New Orleáns, con sus acordes de ébano y sus insoportables chaquetas a rayas me inducía a hacer. Estudié profundamente y traté de trasladar mis conocimientos con pasión. Los estudiantes saben eso. También escribí encerrado en un pequeño mundo cuarto juntando frases, frustrándome ante las huidizas buenas palabras y las no menos resbaladizas imágenes, comparaciones, situaciones, personajes, diálogos. Asumí estar en ese camino porque es ese el modo como se consiguen los sueños. Al menos eso creía hasta un día, cuando tenía todo acabado y faltaba la confirmación de que había decidido bien, no hubo recompensa. No hubo zanahoria, Ahí me di cuenta de que ya estaba caminando, lejos de mi voluntad, por la otra senda. Esa que no es la buena ni la mala. Porque está claro que la buena es buena porque es una opción propia. La mala es mala porque también es tu opción. Pero la otra no es algo que hayas escogido, por lo cual no pueden decir que es ciertamente buena o ciertamente mala. Es ciertamente ajena, impropia. Por ese camino involuntario caminé, llevado de las narices, arrastrado como un palo sin poder animarme. Tuve que resignarme a ser como ellos me ordenaban, a aceptar sus juicios y sus rechazos. A comprobar una vez más que no todos pueden ver más allá de su aliento. A ser víctima de un sistema que hace de gente como yo infelices zombies o incomprendidos. Y hay que tener el espíritu muy bien templado, tal vez como acero damasquino o más, para afrontar semejante fuerza.

John Kennedy Toole. La conjura de los necios.

sábado, 11 de febrero de 2006

Espacios

Para que pueda ser, he de ser otro.
Salir de mí, buscarme entre los otros.
Los otros que no son si yo no existo.
Los otros que me dan plena existencia.
Octavio Paz.
La vida es una búsqueda de espacios. Espacios acotados, espacios que pretendemos libres, lugares donde reunirnos, donde permanecer, donde quedarse solos. Refugios. Un lugar propio. Allí fuera: el salón de una casa, un despacho tuyo, una mesa, una vivienda propia, el coche, la habitación, el lugar de trabajo o el infierno. Allí fuera, pero también dentro.
¿Dónde?
Ésa es la única pregunta posible.

jueves, 9 de febrero de 2006

Amando

El amor tiene un triunfo y la muerte tiene otro, el tiempo y el tiempo después. Nosotros no tenemos ninguno. Alrededor nuestro sólo hundirse de estrellas. Destellos y silencio. Mas la canción por encima del polvo después nos superará.

Ingeborg Bachmann. Invocación a la Osa Mayor

Permanece así, te quiero mirar, yo te he mirado tanto pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate como estás, tenemos una noche para nosotros, y quiero mirarte, nunca te había visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si puedes, y acaríciate, son tan bellas tus manos, las he soñado tanto que ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, sigue, te lo ruego, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate señor amado mío, acaricia tu sexo, te lo ruego despacio, es bella tu mano sobre tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, señor amado mío, no abras los ojos, no todavía, no debes tener miedo estoy cerca de ti, ¿me oyes?, estoy aquí, puedo rozarte, y esta seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, en cierto momento sentirás el calor de mis labios, encima, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de improviso, tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las cejas, sentirás el calor entrar en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea sobre tu sexo, apoyaré mis labios allí y los abriré bajando poco a poco, dejaré que tu sexo cierre a medias mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva bajará por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta que al final te bese en el corazón, porque te quiero, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tú serás mío, para siempre, y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame, soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi cuerpo sin más seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran, tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que resbalas debajo de mí, tomas mis flancos, me levantas, me dejas deslizar sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote con lentitud, tus manos sobre mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz, te mueves con lentitud, pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me levanta, tus brazos que no me dejan ir, los golpes dentro de mí, es dulce violencia, veo tus ojos buscar en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde tú quieras, señor amado mío, no hay fin, no finalizará, ¿lo ves?, nadie podrá cancelar este instante que pasa, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos soltando las lágrimas de mis ojos, mi voz dentro de la tuya, tu violencia teniéndome apretada, ya no hay tiempo para huir ni fuerza para resistir, tenía que ser este instante, y este instante es, créeme, señor amado mío, este instante será, de ahora en adelante, será, hasta el fin.

Alessandro Baricco. Seda.

jueves, 2 de febrero de 2006

Ellos

No tienen nivel. Sólo piensan en ordenadores. Su inteligencia es mínima. Son violentos. No les interesa nada. Eso dicen. Ésa es la imagen que tienen los demás.

Y lo cierto es que no son diferentes a como éramos nosotros. Aunque hayan pasado doce años y existan los móviles, el messenger, las web cam y los vídeos integrados en cámaras digitales. Y aunque haya modas, más o menos violentas, más o menos horribles, como pegarle a alguien y grabarlo en el teléfono (¿es una moda o simplemente es producto de la incapacidad para ser empático a ciertas edades? ¿esconde algo más o será sólo algo de lo que se avergüencen horriblemente más tarde?).

Es agotador, es un juego de malabares y, cuando acaba la jornada, siempre te preguntas si deberías haber dicho esto o aquello. Preguntan y respondes, pero no sabes si respondes bien o no. Si lo que se espera de ti es eso: ellos sí, desde luego. Pero ¿y sus padres, y el resto de profesores, y la administración desentendida?

Ha sido hermoso, eso sí. Y les echo de menos.

miércoles, 11 de enero de 2006

El Niño


Kitt le acompaña cuando se pone, meneando la cola y esperando, paciente, el tiempo de empapar la jeringuilla y mover el émbolo en la base de una lata de cerveza. Pinta una cicatriz en el hocico, de cuando saltó una valla de concertina para socorrer a su amo, que discutía con la familia de la gitana que quiso llevárselo al huerto, y que se curó al aire, sin veterinario alguno, porque quien no tiene qué comer no tiene pa' pagar. Fran, el Niño, treinta años de calle mal aprovechados, recauda dinero para irse de vacaciones durante dos meses, en los que Kitt sigue recorriendo las calles de Sevilla, buscándose la vida educadamente y huyendo de los lazos de la perrera, por la acera y por la sombra. También escapa de los amigos de su dueño, para los que no hay otra ocupación que mortificarlo propinándole patadas, sin miedo a que ese pastor alemán enseñe los dientes porque saben que conoce la muerte que tendría si lo hiciera. Cuando regresa el Niño, tocan dos días de peleas y jaleos, quién le ha hecho eso al perro, que es la única compañía leal que tiene. Sólo entonces Kitt ladra, olvidadas ya todas las afrentas, feliz el alma de verle de nuevo.

Le recogió cuando ambos eran cachorros, hace siete años, y a menudo se pregunta quién faltará antes, si Kitt o él, porque la existencia de excesos que llevan los dos no ofrece demasiadas garantías. Siempre podría buscar a otro, pero esa traición no se le pasa por la cabeza. Incluso enmonado, Fran sigue siendo cariñoso y tierno.

Cuando le conocí, me regaló una postal de la Virgen Macarena y una fotografía en cartón del Gran Poder, a ver si nos ayudan en algo y me sacan de esta mierda, que me dedicó a vuelapluma con una letra limpia y clara. Es el único yonki que jamás me ha pedido dinero, ni tabaco, ni jeringas. Ni la calle ni el talego han conseguido transformarle la inocencia en amargura. El agua se la compra, porque se niega a molestar a los camareros, que podrían dársela gratis, están trabajando y bastante tienen ya con lo que tienen, y regresa del comercio con una bolsa de gominolas, que me tiende sin decir palabra, pero con una medio sonrisa lobuna en los labios. Luego se van, a lo suyo, quédate con el perro, que eres la única que me lo cuida; insulina nueva, supongo; no, pero es mía. Y regresa, diez minutos más tarde, con un punto en las pupilas, qué malo es esto, qué malo es esto. Cuando se le pase el subidón, tomaremos un café y podremos hablar tranquilamente, que es un desperdicio que un tío como él lleve la vida que vive.

Le vi en la Feria por última vez, de madrugada, maqueado y limpio. Me emborrachó gratis a base de manzanilla y flamenco y abrazos: me contó, todo orgulloso, que ha cambiado la insulina por la plata, que se ha hecho la prueba del sida y está libre por ahora y que este año no se va de vacaciones porque tiene que cuidar de Kitt y cada vez que regresa salen malparados. Me lo llevé a la sombra y le miré a los ojos, otra vez dos alfileres, y solté un bufido, anda que estamos buenos. Y levantó la cabeza, como tantas otras veces, yo de esto me tengo que quitar, te juro que me tengo que quitar…

jueves, 29 de diciembre de 2005

De este vicio extraño

Después de tantos años, todavía no sé por qué escribo. Hay quienes piensan que se escribe para cumplir un destino; para salvarse, de uno mismo y de los otros (sobre todo de uno mismo); para buscar reconocimiento, éxito, fama; para evitar la desesperación. Desde hace mucho, yo uso la escritura para explicarme la realidad, para vivir más y mejor porque no soy capaz de enfrentarme a mí misma ni de ser absolutamente sincera si no es ante un folio en blanco.

Hay personas que no existirían si no tuvieran la certeza de que las palabras sostienen y cambian el mundo. De que en ellas se resume y se completa nuestra capacidad de razonar, de idear, de despertar y de sentir. De que somos verbo sobre todo y frente a todo. Y de que es posible encontrar a quien te piense al lado, aunque jamás te conozca, aunque haya vivido hace siglos, aunque hablen de ti personas que no saben tu nombre.

Pero que nadie se engañe: al final, todo el mundo escribe porque escribir, señores, ahorra mucho dinero en psicólogos.

Y sólo, para salir de sí mismo, para habitar en los otros, para ser con los demás (aunque permanezca solitario) ésa es la razón de que haya quien decida regalar palabras.

A CKDexterHaven

jueves, 22 de diciembre de 2005

Del amor (y otros demonios)

Mi error fue yacer en sus brazos, con los ojos húmedos de ternura y gratitud, cuando la actitud correcta habría sido actuar con cierto desapego, con algo de ironía, como dando a entender que él debía amarme mucho más para convencerme de tomarlo en serio. Esa táctica me habría parecido odiosa, pero ahora veo que a veces es necesario responder a la reticencia con reticencia, al rechazo con rechazo... Veo que si una mujer tiene el propósito de tener a un hombre a sus pies, debe desempeñar un papel contrario a sus propios instintos, a menos que sus instintos sean los de un agresor.

Anita Brookner. Vidas breves

Viví con todas ellas a intervalos, sin agobiarnos con las obligaciones de las parejas. Encontramos la manera de acomodarnos a la pluralidad de nuestras vidas. Todas se fueron otra vez, tuvieron otros hombres, los quisieron, los engañaron con otros, entre ellos yo. Pero todas volvieron a mí, como yo a ellas. Las acepté como un destino gozoso, como la prueba de una vida no estéril. Ellas terminaron asumiéndome a mí, supongo, como a un mendigo sentimental (una especialidad femenina: recoger indigentes sentimentales). Yo fui su refugio amoroso contra el fracaso de otros frentes, y una solución económica en momentos difíciles de la adversa fortuna. Las amaba a todas al punto de seguirlas queriendo mientras las veía envejecer, cada vez más viejas en sus cuerpos, pero no en mis recuerdos. Estaban libres del tedio y de la rutina. Y en este sentido, libres de mi desamor. Envejecimos juntos en la clandestinidad que fue una condena y una gloria.

Héctor Aguilar Camín. Las mujeres de Adriano


















¿Por qué te contemplo? ¿Por qué te toco? ¿Qué busco en ti, mujer,
Que he de apresurarme para estar contigo una vez más?
¿Por qué debo sondear nuevamente tu nada abisal
Y extraer nada más que dolor?
Fijamente, fijamente miro tus ojos acuosos; pero no quedo más convencido
Ahora que alguna otra vez
De que sólo son dos espejos que reflejan la luz del firmamento,
Eso y nada más.
Y aprieto tu cuerpo contra mi cuerpo como si esperara abrirme una brecha Directamente a otra esfera;
Y me esfuerzo por hablar contigo con palabras más allá de mí palabra,
En las que todas las cosas son claras,
Hasta que exhausto me hundo una vez más en tu nada abisal
Y la fría nada de mí:
Tú, riendo y llorando en este cuarto ridículo
Con tu mano sobre mi rodilla;
Llorando porque me crees perverso y desdichado; y riendo
Por hallar nuestro amor tan extraño;
Con la vista mutuamente clavada en una última esperanza, ciega y desesperada, De que el mundo entero cambie.

Conrad Aiken. Encuentro















Quiero ser todo en el amor
el amante
la amada
el vértigo
la brisa
el agua que refleja
y esa nube blanca
vaporosa
indecisa
que nos cubre un instante.

Claribel Alegría. Quiero ser todo en el amor

Estudiada en su conjunto -y tomando en consideración los destrozos que dejaba a su paso, crisis de nervios, carreras destrozadas, intentonas de suicidio, matrimonios rotos (y escandalosos divorcios)-, la facultad de Nicola para leer el futuro le había enseñado un par de cosas muy claras: que nadie la amaría nunca lo suficiente, y que quienes la amaran no serían lo suficientemente dignos de ser amados.

Martin Amis. Campos de Londres

Los abismos atraen. Yo vivo a la orilla de tu alma. Inclinado hacia ti, sondeo tus pensamientos, indago el germen de tus actos. Vagos deseos se remueven en el fondo, confusos y ondulantes en su lecho de reptiles. ¿De que se nutre mi contemplación voraz? Veo el abismo y tú yaces en lo profundo de ti misma. Ninguna revelación. Nada que se parezca al brusco despertar de la conciencia. Nada sino el ojo que me devuelve implacable mi descubierta mirada. Narciso repulsivo, me contemplo el alma en el fondo de un pozo. A veces el vértigo desvía los ojos de ti. Pero siempre vuelvo a escrutar en la sima. Otros, felices, miran un momento tu alma y se van. Yo sigo a la orilla, ensimismado. Muchos seres se despeñan a lo lejos. Sus restos yacen borrosos, disueltos en la satisfacción. Atraído por el abismo, vivo la melancólica certeza de que no voy a caer nunca.

Juan José Arreola. Bestiario

martes, 20 de diciembre de 2005

Me estoy quitando

¿De verdad eres irreal?
¿Es cierto que eres capaz de aparecer y desaparecer? ¿Que la voluntad irá por delante de las ganas? Que no volarán los dedos, que la implicación puede deshacerse al antojo, que los contratos no son válidos o sí lo son porque no se puede mirar a los ojos... todavía...
¿Te saltarás las reglas?
De hecho, este mensaje es sólo para que te saltes las reglas. No sé si por el gusto de ver que te las saltas o por el gusto de acercarme para hacerte preguntas, o para suscitarlas.
O quizá sea sólo una provocación para que juguemos otro rato.
¿Apuestas?

lunes, 19 de diciembre de 2005

Las ausencias

Las ausencias son espacios vacíos.

Siempre importan y siempre duelen, aunque uno aprenda a convivir con ese dolor, que no es constante y quizá por eso sea más sobrellevable, más soportable, menos duro. Estamos hechos de ausencias, sobre todo; unas ausencias que la cotidianeidad, sí, ayuda a superar, con su urgencia de cosas importantes que no son nunca lo bastante decisivas.

No todo el mundo sobrevive.

Porque ese dolor, que no es constante, se vuelve, de pronto y sin avisar, un aguijón venenoso, pero también dulce, pero también venenoso, que se clava y te recuerda que hay ausencias con las cuales vives a pesar de las ausencias y te trae a la memoria ciertos espacios de libertad, ciertas conversaciones, ciertos acantilados con la luna llena, ese viento del Tajo, algunos edificios, esos abrazos conocidos, ciertas palabras que la ausencia vuelve silencio porque no se las podrías decir a nadie más.

Al final, y a todo, uno se acostumbra.

Se acostumbra a esos pensamientos de una vez al día, o a la semana, o al mes. A las punzadas de añoranza. A utilizar el condicional o el subjuntivo: necesitaría ahora mismo a (esa persona que marca la ausencia); si estuvieras aquí... si pudiera verte, si pudiera tocarte...Nos acostumbramos a vivir sin quienes más queremos, aprendiendo a querer a otras personas, llenando los huecos, cuando sabemos, porque lo hemos hecho otras veces, que el corazón es muy grande, así que conviven en él, cada vez más, las presencias de un momento que se vuelve eterno mientras dura y las pérdidas de cotidianeidades que ya forman parte del pasado.

De vez en cuando, recuperamos la memoria.

La memoria no está siempre con nosotros y no se sabe a quién podríamos darle las gracias por eso. Aparece y desaparece. En los momentos más lúcidos, en los más placenteros, y la traen cositas casi absurdas: una mirada, una frase, una noche de palabras incontables, cierto cielo azul o alguna ciudad desconocida que sería más abarcable con alguien al lado, y que no está.

El dolor de los primeros días se transforma en nostalgia.

Una nostalgia asumida, interiorizada, aprendida a base de costumbres –las primeras veces son las peores, las que más tardan, las que más laceran–. Y esas costumbres son las que hacen que los instantes recordados se vuelvan felices, y tristes, pero también felices.La vida y el tiempo juegan a nuestro favor. Los nuevos descubrimientos, las rutinas diarias, la risa, los procesos. Nos hacen avanzar, aunque en ciertos momentos sepamos que avanzaríamos mejor, que volaríamos más lejos y más alto si ciertos espacios vacíos no existieran nunca. Se sigue viviendo, seguimos viviendo, a pesar de las distancias y los kilómetros, y las carreteras insalvables, y los países que están casi de espaldas y al lado. Sabiendo que, a ratos, la memoria llegará, con esa mezcla de placer y de tristeza y con esa melancolía que produce la nostalgia.

No te echo de menos salvo cuando estoy contigo.

Ayn Rand (fragmentos)

La rebelión de Atlas
La bebida era lo único que nos proporcionaba algún consuelo y todos nos volcamos a ella en mayor o menor grado. No pregunte de dónde sacábamos el dinero. Cuando todos los placeres decentes quedan prohibidos, existen siempre medios para llegar a los vicios. No se entra a robar a un bar durante la noche ni se registran los bolsillos de un compañero para comprar sinfonías clásicas o adquirir accesorios de pesca, pero sí para emborracharse y olvidar.

Himno
YO soy. YO pienso. YO lo deseo.
Mis manos... Mi espíritu... Mi cielo... Mi bosque... Esta tierra mía... ¿Qué debo decir aparte? Estas son las palabras y esta la respuesta.
YO estoy parado aquí, en la cumbre de la montaña.
YO levanto mi cabeza y YO extiendo mis brazos. Estos, mi cuerpo y espíritu , éste es el fin de mi búsqueda.
YO deseé saber el significado de las cosas. YO soy el significado. YO deseé encontrar un motivo para existir.
YO no necesito un motivo para existir ni una sanción para mi existencia. Son mis ojos que ven, y es la vista de mis ojos que otorga belleza a la tierra. Son mis oídos que oyen y es la función de mis oídos que da su canción al mundo.
Es mi mente que piensa y el juicio de mi mente es el único faro que puede encontrar la verdad. Es mi voluntad que elige, y la elección de mi voluntad es el único edicto que debo respetar.
Muchas palabras se me han otorgado y algunas son falsas pero tres son sagradas: "YO lo deseo".
Cualquiera que sea la ruta que YO tome, la estrella guía esta dentro de mí;
La estrella guía y la brújula que indica el camino apuntan a una sola dirección. Apuntan hacia mí. YO no sé si esta tierra que me paro es el centro del universo o si es sólo una mota de polvo perdida en la eternidad. YO no lo sé ni me preocupa.
Porque YO sé que la felicidad es posible en esta tierra Y mi felicidad no necesita un objetivo superior para justificarse. Mi felicidad no es objetivo para fin alguno. Es el fin. Es su propio objetivo. Es su propio propósito.
Tampoco soy el medio para fin alguno que otros deseen conseguir. No soy una herramienta para su uso. No soy un sirviente para sus necesidades. No soy una venda para sus heridas. No soy un sacrificio en sus altares.
YO soy un ser humano. Este milagro del YO es mío para poseer y conservar y mío para guardar y mío para usar y mío para arrodillarme. YO no rindo mis tesoros ni los comparto. La fortuna de mi espíritu no es para ser compartida en monedas de bronce y arrojada a los vientos como limosna para los pobres de espíritu.
YO guardo mis tesoros: mi pensamiento, mi voluntad, mi libertad. Y el más grande de éstos es mi libertad. Nada debo a mis hermanos y no pretendo deudas de ellos. A nadie pido que viva por mi ni vivo para otros.
YO no deseo el alma de individuo alguno ni es mi alma para que ellos la deseen. YO no soy enemigo ni amigo de mis hermanos sino como cada uno lo merezcan de mi. Y para merecer mi amor, mis hermanos deben hacer mas que haber nacido.
YO no otorgo mi amor sin razón ni a cualquiera que pase y desee pretenderlo. YO honro a los seres humanos con amor. Pero tal honor es algo que debe ser merecido.
YO elegiré amigos entre los hombres pero no esclavos y amos. Y YO los elegiré sólo como me plazca. Y YO los amaré y respetaré pero no les ordenaré ni les obedeceré.

domingo, 18 de diciembre de 2005

La historia del cuando

Cuando Lolina salió de su casa, quiso comenzar a reconstruir su mundo de sentires y de percepciones. La venció la complejidad de un planeta extraño, en el que existían las propiedades privadas y las dictaduras enterradas bajo el nombre de libertades, o vivas con la íntima connivencia del menos malo de los sistemas posibles. Creía en un Dios que afirmó que la vida es una fiesta y que la rebeldía debe mantener la razón de la dignidad. Comenzó a saber del criticismo y conoció a unas pocas personas amables que le enseñaron que hay gente de fuego que puede abrasarte. Cuando Fernando conoció a esa mujer hermosa, había abandonado su mundo hacía mucho tiempo. Le sorprendió su ingenuidad inocente, que le hizo reír en ocasiones y le rompió la cabeza en muchas otras. Pero no pudo abrazarla, porque Lolina rehuyó todo contacto por creerlo inútil. Estaba convencida de que no podría cambiar las cosas si pensaba en sí misma, así que no se permitió querer a la única persona que le habría quitado el miedo a morir habiendo vivido una vida sin sentido alguno. Fernando sabía.
Sabía que la lucha es buena por sí misma, y que la coherencia es sólo una palabra que no existe. Sabía que los hombres no razonan, sino que actúan por impulsos y que racionalizan sus comportamientos más tarde, cuando ya nada tiene remedio, ejercitando el pensamiento absurdamente. Pudo haberle enseñado todas esas cosas, pero Lolina creía que sus convicciones eran las más correctas y las más profundas, verdades universales a las que nunca hubiera dado el nombre de creencias.
Fernando aprendió. Supo que el fuego había llegado para no marcharse y que el miedo de Lolina no desaparecería del todo. El miedo es el sentimiento más poderoso que existe, le repitió. Más fuerte que el amor y más que el odio. Lolina pensó que se refería a las muertes y a los desaparecidos, a los sin tierra y a la explotación, a todas aquellas causas perdidas a las que se dedicó, sin dejarse pensar en nadie más. Cuando Fernando quiso explicarse, no le dejó hablar.
Cuando volvieron a reencontrarse, Lolina había perdido la fe en sí misma y en el mundo y tampoco se dejó abrazar. Fernando no pudo decirle que las vidas sin sentido también son hermosas y que mirar la realidad desde la concepción total de un mundo extraño o tener como único planeta el espacio más cercano son las mismas cosas. Cuando se separaron por fin, Fernando ya no supo nada.

A Fernando Moragas, hace mucho tiempo...

lunes, 12 de diciembre de 2005

El caracol y la rosa (fragmento)

-Nada ha cambiado -dijo-. No se advierte el más insignificante progreso. El rosal sigue con sus rosas, y eso es todo lo que hace. Pasó el verano y vino el otoño, y el rosal continuó dando capullos y rosas hasta que llegó la nieve. El tiempo se hizo húmedo y hosco. El rosal se inclinó hacia la tierra; el caracol se escondió bajo el suelo. Luego comenzó una nueva estación, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lo mismo.

-Ahora ya eres un rosal viejo -dijo el caracol-. Pronto tendrás que ir pensando en morirte. Ya has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si era o no de mucho valor, es cosa que no he tenido tiempo de pensar con calma. Pero está claro que no has hecho nada por tu desarrollo interno, pues en ese caso tendrías frutos muy distintos que ofrecernos. ¿Qué dices a esto? Pronto no serás más que un palo seco... ¿Te das cuenta de lo que quiero decirte?

-Me asustas -dijo el rosal-. Nunca he pensado en ello.

-Claro, nunca te has molestado en pensar en nada. ¿Te preguntaste alguna vez por qué florecías y cómo florecías, por qué lo hacías de esa manera y de no de otra?

-No -contestó el caracol-. Florecía de puro contento, porque no podía evitarlo. ¡El sol era tan cálido, el aire tan refrescante!... Me bebía el límpido rocío y la lluvia generosa; respiraba, estaba vivo. De la tierra, allá abajo, me subía la fuerza, que descendía también sobre mí desde lo alto. Sentía una felicidad que era siempre nueva, profunda siempre, y así tenía que florecer sin remedio. Tal era mi vida; no podía hacer otra cosa.

-Tu vida fue demasiado fácil -dijo el caracol.

-Cierto -dijo el rosal-. Me lo daban todo. Pero tú tuviste más suerte aún. Tú eres una de esas criaturas que piensan mucho, uno de esos seres de gran inteligencia que se proponen asombrar al mundo algún día.

-No, no, de ningún modo -dijo el caracol-. El mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yo que ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de mí mismo y en mí mismo.

-¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo mejor de nosotros, no deberíamos ofrecerles cuanto pudiéramos? Es cierto que no te he dado sino rosas; pero tú, en cambio, que posees tantos dones, ¿qué has dado tú al mundo? ¿Qué puedes darle?

-¿Darle? ¿Darle yo al mundo? Yo lo escupo. ¿Para qué sirve el mundo? No significa nada para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; es para lo único que sirves. Deja que los castaños produzcan sus frutos, deja que las vacas y las ovejas den su leche; cada uno tiene su público, y yo también tengo el mío dentro de mí mismo. ¡Me recojo en mi interior, y en él voy a quedarme! El mundo no me interesa.

Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su casa y la selló.

-¡Qué pena! -dijo el rosal-. Yo no tengo modo de esconderme, por mucho que lo intente. Siempre he de volver otra vez, siempre he de mostrarme otra vez en mis rosas. Sus pétalos caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez vi, cómo una madre guardaba una de mis flores en su libro de oraciones, y cómo una bonita muchacha se prendía otra al pecho, y cómo un niño besaba otra en la primera alegría de su vida. Aquello me hizo bien, fue una verdadera bendición. Tales son mis recuerdos, mi vida.

Y el rosal continuó floreciendo en toda su inocencia, mientras el caracol dormía allá dentro de su casa. El mundo nada significaba para él. Y pasaron los años. El caracol se había vuelto tierra en la tierra, y el rosal tierra en la tierra, y la memorable rosa del libro de oraciones había desaparecido... Pero en el jardín brotaban los rosales nuevos, y los nuevos caracoles se arrastraban dentro de sus casas y escupían al mundo, que no significaba nada para ellos. ¿Empezamos otra vez nuestra historia desde el principio? No vale la pena; siempre sería la misma.

Hans Christian Andersen