jueves, 26 de abril de 2007

40

Le gusta la música clásica del XVIII, aprendió alemán, ha tocado mapas antiguos (le brillan los ojos cuando lo dice) y con cuatro gatos edita libros de historia. También los traduce. Cumple cuarenta, hace poco más de un trimestre nació su hija y ella ahora descubre el mundo cuando su padre cambia de trabajo. Llegó, todo serio, con esa voz raspada que tiene, y no decía más palabras que las imprescindibles. Pero se quedó un día a comer, hablamos de las relaciones y no recuerdo qué se dijo, pero sí la impresión, que desde entonces no ha dejado de crecer. Es un tío interesante, sea lo que sea que sea eso, porque mi concepto de interés es un tanto distinto al del resto y ahora tengo la impresión de que debe de ser de los que llegan lentos, sin que te des cuenta, y se quedan. Y consigue que te preguntes en qué has invertido tú el tiempo, pero ésa es otra historia... Le gusta la música clásica, decía, pero yo hoy, le regalo a Jamie Cullum.

Te presto


Te presto la ternura y las ganas de abrazarte por dentro, de acariciarte el corazón, de que descanses de tu vida y de tus miedos.
Abandónate.
Permítetelo.

domingo, 22 de abril de 2007

Bienvenido...

¿Quién serás tú? Cuando te vi, dormías. No abrías los ojos siquiera. El pelo negro, las manos cerradas, la piel más suave del mundo, quince horas de vida y nueve meses en la barriga de July, que me llamó enseguida: ¿Te casas? No, tía, que estoy preñá.

Dormías mientras tu madre se recuperaba de la cesárea, ajeno a todo: a que ella nos reñía porque no podía reírse, que se me saltan las grapas; a que pasabas de mano en mano, de la abuela Paula a Pupe, de Pupe a Olga, de Olga a Cuqui, que no paraban de mirarte y de cogerte, con mucho miedo y con taquicardia, tan frágil, tan pequeño, tan guapo, tan tranquilo. Quince horas de vida, cuatro kilos, el mundo reducido a un pecho y a la cuna, hasta que comiences a descubrirlo y te asombres de la ley de la gravedad y quieras llevártelo todo a la boca y gatees como un loco y vayas tropezando y aprendiendo.

No hace tanto, tu madre y yo andábamos, mano a mano, bebiendo anís en vaso de tubo después de comer y jugando al parchís como terapia contra el desamor de una amiga que te enseñará, si te fijas un poco, la lealtad más férrea. Quizá te cuenten (te contemos) que tu padre lloró, porque los hombres -que no te engañen con eso, que el mundo no ha cambiado tanto- lloran y hablan y se expresan.

Son tus padres, pero son mis amigos. Y cuando crezcas -cuando crezcas mucho, cuando te partan el corazón una y mil veces- sabrás de la importancia que tienen los que cogen el coche sin dudarlo para verte en cuanto naces; los que te escuchan y te abrazan y te preguntan qué necesitas -pañales, medidor para las papillas, no sé cuántas cosas porque yo de niños no entiendo-; o los que sólo están y esperan.

Lo que me pregunto es cómo crecerás. Quién serás tú. Qué comida te gustará. Si tu padre logrará inculcarte su amor por los coches y su manera generosa de disponerlo todo y si habrás heredado su inteligencia innata para comprender. Si sonreirás como tu madre, que lo arregla todo con un brillo de ojos o si serás capaz de captar el mundo como ella. Y si alguna vez querrás así, como ellos dos.

Me pregunto quién eres y cómo de cerca estaremos, a pesar de los 200 kilómetros, para ver cómo te pasa el tiempo por encima, cómo se te queda chica la ropa, qué palabras aprendes y de qué estará hecho tu vocabulario, cuántos amigos reales tienes, qué te hace sufrir, a qué cosas le darás importancia, qué sentido tendrás de lo correcto y la locura, del asombro, la justicia, o el sálvese quien pueda.

Ahora, hoy, sólo duermes.

Bienvenido.

viernes, 13 de abril de 2007

Noviembre y la memoria

Noviembre siempre ha sido mi mes favorito, porque todo ha comenzado siempre en otoño y porque el otoño es siempre el inicio del año, aunque las etapas tengan nombre de ciudades. Noviembre comenzó, sin melancolía alguna, pero con una memoria nueva y recuperada, una memoria que hacía mucho que no se manifestaba tan bien, tan contundentemente, tan determinante y tan preciosa. Porque ha pasado mucho tiempo de todo, tanto tiempo que ni me acordaba y, sin embargo, ayer volvió todo al principio, el primer día del mes más hermoso del año, por los significados, el aire amarillo, las hojas ocres, la calidez del alma cuando fuera hace frío pero no importa. Ayer tuve un cuerpo, tres cabezas, tres memorias, tres pares de ojos, dos pares de ojos que me miraban y me reconocían y uno, el mío, que se perdía en bailes, en miradas verdes y marrones, cuatro manos que me tocaban y una sensualidad voluptuosa que sólo recupero con dos personas, que hacía mucho tiempo que no recuperaba con dos personas y por eso volvió la memoria y me sentó muy bien que volviera porque hacía más de un año la había perdido y ni siquiera supe darme cuenta. No fue el alcohol, pero también actuó, porque jamás he bebido tanto, pero no tengo resaca, pero estoy muy bien, aunque mi estómago se queje a ratos, muy suave, y la boca me sepa a un tabaco que no paro de fumar a pesar de todo... Y aunque la cabeza rebobine, y me asuste, porque me acuerdo de cada instante y no perdí el control, pero me dejé llevar y me dejé llevar mucho y me sentó muy bien tener tres cuerpos y seis brazos y seis piernas y tres bocas que cantaban y un par de hombres pendientes de mí, riéndose conmigo, jugando conmigo y a mi favor. Me sentó muy bien, tan bien que ni me lo creo, aunque volveré a recordarlo muchas veces.


Me sentó tan bien que podría haber seguido así horas, quizá días, yo borracha, Javi borracho, Keko borracho, mucho vino, muchas copas, mucho abrazo, mucho alcohol, canciones en las que nos fijábamos, letras que dolían pero que tampoco importaban, un mundo de tres que era abarcable y que se desvaneció de madrugada, presente que ya sólo es pasado y que duró un instante. Pero tuve tres cuerpos y hacía tiempo que no estaba tan cómoda en el mío. Keko, Javi y yo, los tres juntos, tenemos un rollo muy bueno, muy sexual pero muy cachondo, muchas bromas pero muy sensual y nunca llega la sangre al río, pero nos reímos mucho y hacía más de un año que no teníamos una noche así. Hacía mucho tiempo que no abrazaba a Keko, hacía mucho tiempo que no me reía tanto con Javi, hacía mucho tiempo que no bailábamos, hacía mucho tiempo que no me mimaban los dos, mano a mano; hacía mucho tiempo de tantas cosas que se me habían olvidado y ayer recuperé la memoria.
La memoria y la risa, porque nos reímos mucho, nos reímos tanto que me dolían las mandíbulas, y nos burlábamos y acabamos tambaleándonos y en algún momento yo tenía dos cubatas encima de la barra y en algún momento nos abrazábamos los tres y en muchos momentos yo le metía la mano en los bolsillos delanteros del pantalón, para buscar ese tabaco o ese mechero que Javi y yo, cuando salimos, siempre llevamos a medias y siempre me decía que siguiera, que ahí no, que más al fondo, y se mordía el labio inferior, y volvíamos a reírnos, un día te meteré mano, a que no, y no se movía, el hijo puta, mientras yo le abrazaba e iba bajando por su espalda, sin bajar del todo porque él no se mueve pero el alcohol no le desinhibe y yo siempre controlo porque me da mucho miedo descontrolar y porque prefiero no arrepentirme de lo que he hecho ni de lo que he dejado de hacer porque prefiero no arrepentirme porque soy así de cobarde.

Recuperé la memoria y se lo dije a los dos, que les echaba de menos a los dos juntos conmigo, a mí con los dos, a ellos conmigo, a los tres, esa corriente que fluye en todas las direcciones y que hace que nos sobren todos los demás. También se me había olvidado eso, cómo fuimos los tres juntos, a ratos, sin planearlo, cómo nos hemos buscado siempre, aunque estuvieran los otros, cómo hemos compartido ese juego, le haces más caso a Javi que a mí, y no era verdad pero a ratos sí era verdad porque yo estaba pendiente de que Javi no se sintiera incómodo ni desplazado cuando Keko y yo nos perseguíamos y él nos miraba y yo le buscaba también y él se dejaba encontrar y me llamaba. Hacía tiempo que no veía a Javi tan calmado, tan risueño, tan feliz y que no me alegraba por su felicidad, porque ha tenido muy pocos motivos últimamente para reírse. Hacía tiempo del asombro y de la ternura y de las miradas que muestran la intimidad mejor de lo que puedan hacerlo las palabras. Hacía mucho tiempo que nada era tan sólido ni tan frágil ni tan duro ni tan quebradizo. Hacía mucho tiempo que no nos comunicábamos sabiendo que sólo podemos entenderlo nosotros. Hacía mucho tiempo de las bromas privadas y de las caricias y de los desafíos. Hacía tanto tiempo de algunas cosas que por poco no se me olvidan, pero ayer recuperé la memoria.

31 de octubre de 2004

Secreto














Es un hecho maravilloso y digno de reflexión que todo ser humano esté constituido de tal forma que siempre haya de ser un profundo secreto y un misterio para sus semejantes.

Charles Dickens.

Y a menudo, incluso, para sí mismo.

martes, 10 de abril de 2007

Nada de eso me sirve

Ni la voz, ni los gemidos, ni un baile, ni un cuerpo rodando sobre el mío, ni una palma de la mano recorriendo pieles, ni el sudor, ni las lenguas, ni la mirada, ni la humedad, ni la apertura, ni la entrada y mucho menos la salida.

Nada de eso me sirve. Lo descubro contigo y tres vinos.

Yo me masturbo con palabras.

A Sonia.

domingo, 8 de abril de 2007

Feliz cumpleaniversario

Ella

Le están reservadas todas las fotos en los viajes, como al gnomo de Amélie. Los cafés con ella me quedan ronca, porque nos robamos las palabras y porque los jalono con tabaco. Dice que no tiene autoridad, pero lo cierto es que aglutina en torno a sí a un montón de gente de la que ella es nexo de unión y parte indispensable. No tiene secretos inconfesables. Es amistosa: esto es, cuida a la gente a la que quiere. Se emociona con las cosas pequeñas. Va de cara, es contundente y es realista. Le gustan los zapatos, la ropa, los jabones de colores y los libros y las series de treinteañeras urbanitas que buscan su espacio y por eso en Nueva York hizo el recorrido de Sex and the City. Compra ediciones de películas clásicas de lujo. Me descubre y me recuerda lo que soy y me habla de todas las incoherencias de mi carácter como si fuera yo misma. Le brillan el pelo y los ojos. Paso con ella seis días por semana. Y no me canso.

Él

Colecciona recuerdos, que son todo su patrimonio. Cocina, sin que le moleste nadie, salsas riquísimas para partidos de fútbol aburridos; bocadillos deconstruidos de mortadela y ensaladas con salmón y especias Thai. Habla pausado, escoge las palabras, te amplía el vocabulario y construye frases como si fuera lo más fácil del mundo, pero no escribe porque ha de buscar el momento y, sobre todo, la conciencia. Es radical, en sentido estricto. Una de sus principales aficiones es observar a los demás y, por eso, y porque todos somos sota-caballo-y-rey, puede emitir juicios psicológicos certeros. Viaja para verlo todo y querría ver mucho más. Llega a los 33 sereno, dejando un trabajo y con toda la incertidumbre del mundo, pero no importa. Comenzará de nuevo como si fuera la primera vez que cambia de vida.

sábado, 7 de abril de 2007

Fútbol

Hoy voy a ver un partido. De fútbol. Los partidos, me temo, siempre son de fútbol. Sólo los he visto cuando jugaban mis amigos (y era fútbol sala) y porque gente que me importaba me pidió que fuera con ellos. Inglaterra-España, con Asun y Julia, y un montón de estampas de santos al lado de la tele que no sirvieron de nada. Otro más (supongo que estaba el Barça implicado) en casa de Carmelo, diez o doce tíos y yo, tres o cuatro neveras portátiles llenas de sangría, patatas fritas y el mejor sitio del sofá.

Por la misma época, tuve que escribir una crónica del Sevilla-Betis. Los reuní a todos para que me la hicieran, en el bar, cerveza va y cerveza viene, y acabaron hablando de los modos de jugar, de por qué se juega, del significado que tiene ir detrás de una pelota, y seguir a un equipo, y el espectáculo y la técnica y el negocio y las pasiones. "No me fío de ningún tío al que no le guste el fútbol".

No volví a ver ninguno hasta hace tres años, con Keko y Javi, y me lo pasé analizando piernas, gemelos y glúteos ("nunca habíamos visto un partido desde esa perspectiva").


Ahora me encargan que comprenda el intríngulis del fuera de juego: su filosofía. Pregunto a periodistas deportivos, a mi padre y a uno del Atleti (pobre). Me hablan del ratoneo. Me pasan la página de la Liga de Fútbol profesional. La regla es la número once y es simple. Las implicaciones, complejas. En la primera jugada de un saque de esquina no hay fuera de juego. Ni en la de saque de banda o saque de meta. El jugador puede estar en posición ilegal, pero no cometer una infracción. Hay que esperar a ver qué hace, sin prisas.

Hoy será Barça-Zaragoza ¿o Zaragoza-Barça? De ahí el Camp Nou. Y porque Julia, Asun, Carmelo y Juan Pablo, que son los únicos que me han hecho ver fútbol (con Keko y Javi me quedé porque quise), son del Barça.

Yo sigo sin distinguir un geranio de un penalti.

Belleza

Quizá aquí se resuma todo

Y de paso siempre podéis aprovechar para leeros el resto de las entradas, que no tienen desperdicio.


Los hay que siempre supieron llegar con las teclas.

jueves, 5 de abril de 2007

Palabras en extinción

Apadrina una palabra


Yo he elegido simoníaco. La escribí en un texto cuando tenía ocho o diez años, o doce. No recuerdo. Antes de vivir en Badajoz. Años después, encontré ese cuaderno, que perdí en alguna de mis mudanzas, y tuve que buscarla en el diccionario. Desde entonces, sigo pensando que cuando era chica escribía mejor.
Imagen: Rafa Turnes.

miércoles, 4 de abril de 2007

Chris por la mañana

La lluvia suele ponerme melancólico. Es la hora de acurrucarse en un rincón, me relajo y huelo la madera. Y hoy, sólo me siento mojado. ¿Qué tiene el poseer cosas? ¿Por qué sentimos la necesidad de poseer lo que amamos? ¿ Por qué nos volvemos tan bestias cuando lo poseemos? Todos sabéis qué es: queréis algo, lo poseéis, y al poseerlo lo perdemos. Y cuando por fin has conquistado a la chica de tus sueños, lo primero que haces es tratar de cambiarla: esa forma suya de peinarse, su manera de vestir, como mastica el chicle... Y al poco tiempo lo que te gustaba, lo que has cambiado y lo que no te gusta son la misma cosa, como una acuarela bajo la lluvia.


Chris Stevens, en la K-OSO. Cicely, Alaska.

domingo, 1 de abril de 2007

Te abrazo

Hoy quiero abrazarte.

Un abrazo fuerte. Largo. De ésos que escondes la nariz en el cuello del otro.
Un abrazo de los que surgen por una charla íntima o por el deseo de ser un refugio.
O el deseo de ser.
Quiero abrazarte muchas veces.
No todas te las digo.
Ni siquiera sé si todas se notan.


Imagen: Abrazo, de Ángela García.

Lugares

Compro guías de viajes. Barcelona. Nueva York. Roma. Berlín. Atenas. El País Aguilar. National Geographic. Lonely Planet. Mientras espero el gran viaje, me desplazo: Mérida. Badajoz. Madrid. Sevilla. Málaga.

Necesito pies nuevos.

Retazos

Me sacaba la cabeza, me midió con los ojos, estuve con él una hora y me dijo:

-¿Tus clases siempre son así?

-Lo que te has perdido, chaval.

Me gustó.

Me gustó porque tenía el pelo largo y porque era un chulo y a mí me suelen gustar los chulos, porque un chulo a los quince años siempre es chulo porque está perdido y luego me enteré de que toca el violín desde los cuatro años y luego me enteré de que robó una moto.

Ha cambiado el violín por una perilla, cadenas de oro y un año en un centro de menores.

Quiero equivocarme, pero esta vez intuyo que el hábito hace al monje.

Él dijo:


"No quiero pensar que no volveré a saber de ti y que fuiste como una especie de estrella fugaz que pasó por mi vida"

sábado, 31 de marzo de 2007

Después

Después quedan la culpa y la espera.

No saber qué lugar ocupas.
No querer preguntar.
No poder preguntar.
No poder comunicarse.
Querer mirar a los ojos para nada.
La calma.
Y menos mal que hay calma.

domingo, 25 de marzo de 2007

Volví a bailar contigo

Volví a bailar contigo y cambié un bolígrafo por un mechero. Siempre me traigo algo. El picor en la piel, las risas, los recuerdos y el fuego que uso para encender los cigarros con los que escribo.

Volví a bailar contigo y esto es una isla. Pero en la isla no existe nada más.

Después de la isla, sí.

Dentro, nunca. A no ser los abrazos urgentes, la necesidad de que te escondas en mí (sí, lo sé: es lo más bonito que te han dicho nunca), de ser un refugio o una balsa...

Dentro, me redescubrí. Redescubrí la apertura, la confianza, la entrega.

Vuelvo a repetirlo, porque lo constato. Es genial bailar contigo.

domingo, 11 de febrero de 2007

Una historia de amor

Se llaman Carlos y Nando. Viven en un pisito en plena Alameda de Sevilla, la zona de las putas, pero podrían también residir en el Barrio Chino barcelonés o en el pacense casco antiguo, porque a los dos les gustan los sitios con solera.


Nando es un tío paciente, con dos ovarios, que quiso ser mujer pero al que un virus maligno le robó hasta las tetas. Ahí estaba Carlos y ahí sigue, cuando el más simple resfriado se convierte en un drama y acuden a su casa todos los amigos, sin que se les llame, para hacer café y llevar cualquier cosa, esperando que el temporal pase esta vez sin rozarle. Es quien llama a todas las puertas, quien visita médicos, quien abre la casa a viejos compañeros y nuevos olores. Van juntos al hospital, de tanto en cuanto, el uno para ver cómo va la enfermedad y el otro para comprobar si se ha contagiado, porque siguen haciendo el amor desesperadamente, a ellos no se les ha negado lo que a tantos otros a quienes se obligó a estar solo desde el primer análisis y por eso lo aprovechan cada noche como si fuera la última vez. Llevan juntos más de veinte años, a pesar de todas las trabas y de ese sida que algún iluminado llamó castigo divino.

Carlos sabe que, cuando Nando muera, a él se le irá acabando la vida poco a poco, como en un suicidio doloroso y lento, y maldice cada día su perra suerte porque el único deseo verdadero y tenaz que mantiene es la esperanza de desaparecer con él. Iré donde tú vayas, me quedaré donde estés, tu tierra será mi tierra. Nando se ríe, escéptico ya y cansado de su vida reciente de mil y una medicinas, porque él sí sabe del miedo a marcharse y dejarlo solo, de despertarse el cuerpo en sudores fríos y de alargar la mano temblando para rozar siquiera la única presencia real que ha tenido nunca. Y agradece diariamente esa clase de amor extraño y puro que después de veinte años sigue siendo la envidia de todos.

... que no sepan volar

No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún concepto, que no sepan volar.


Oliverio Girondo.

Lugares de regreso

De nuevo en la estación, de nuevo los andenes, las agujetas en los hombros, las maletas cargadas de libros por leer, de discos escuchados una y mil veces. Otra vez la bienvenida y los abrazos, los bolsos en el coche, los cafés lentos, las llamadas preguntando por los planes: "Veros", responde: "Preferiblemente, de uno en uno. Y en el mismo lugar, porque me falta el tiempo".

Han talado los árboles. Los troncos sirven como asientos y ella, que no distingue un geranio de un rosal, piensa que podrían haberlos arrancado de raíz, como si nunca hubieran existido. Sólo un agujero que muestre lo que hubo. Recuerda noches de hace años, bebidas ya todas las bebidas y fumado la mitad del hachís en El Salvador, cuando El Bola y Mario y Alonso, borrachos como cubas, comenzaban a cantar: "Yo me voy pa l'Alamea", a seguir bebiendo y a seguir fumando y a hablar de fútbol y a recitar poesías y a tomar café o el último gin tonic en el bar más facha de La Macarena. Recuerda un paseo solitario, de introspección, bajo un cielo de plomo en el que caminó sin rumbo desde la Facultad hasta llegar adonde siempre, adonde vivió Carmelo, ese tipo sabio que le enseñó de Historia, que le alimentó el alma con comida cuatro veces por semana y que siempre será su refugio favorito. Vio vida en las ventanas, escuchó voces de etapas que se cierran y regresó para escribirlo todo: "Estoy en casa -comenzó-. Casa significa Sevilla y, de Sevilla, la Alameda de Hércules; y, de la Alameda, el Café Central". Recuerda las palabras que Josémari le dijo un día, en medio de un abrazo con murmullos, en la puerta de otro bar eterno, cuando llegue la lluvia estaremos ahí, pero la lluvia llegó y hacía frío y ella se encontraba siempre demasiado lejos. En otros puertos, en otros andenes, de un lado a otro buscando unas raíces que perdió hace ya ni sabe cuánto.

Hay otros lugares: la Pila del Pato, con Borges, Tagore, Pessoa y Tabucchi leído en italiano. Un patio con carpas rojas, ajedrez y guitarras, Alonso regalándole, cada 26 de junio al llegar las doce, cuatro frases de 'Rosa María', "pensando si el recuerdo es algo ajeno a lo vivido", cambiándole el significado a las palabras, ofreciendo libros y poemas, recordando siempre que la vida importa. El Lokal inencontrable, salvo con un plano, su escenario lleno de latíos, los instrumentos a punto para un circo nómada de resistencia, las tascas de Triana, el Naima de John Coltrane, la calle San Luis llena de heroína hasta que cerraron el chiringuito del Melero, que se habrá muerto ya de sida o sobredosis; El Paladar con sus croquetas y sus proyectos; las noches de Barato en Los Bermejales... Demasiados sitios para apresarlos en dos días, cuando las costumbres de todos han cambiado tanto y cuando los círculos se van reduciendo sin remedio.

La Alameda pronto será un barrizal intransitable y sólo el tesón ha hecho a los antiguos seguir ocupándola, para demostrar que no importan las máquinas, ni las vallas, ni los muertos arrancados. Y a ninguno se le escapa que Sevilla es, quizá, la ciudad más puta y drogadicta de España o quizá es que ella lo sabe porque conoce a la mitad de los que duermen al raso, y que hay demasiado trasiego de gente pidiendo agua para disolver los paquetillos, demasiada marginación, demasiada puñalada danzando por los aires. Pero nadie hará nunca lo que ha de hacer, porque dinero llama a dinero y porque estamos viviendo la suma de los errores de todos. Y desde algunas ventanas de bares acogedores, a pesar de ello, se puede seguir manteniendo la ilusión de que todo sigue como siempre, con el sol en lo alto, sin nubes y sin lluvias.

viernes, 9 de febrero de 2007

... para que no nos duela al caminar.

"Entonces tu cola se dividirá en dos y se convertirá en lo que los seres humanos llaman piernas. Pero has de saber que eso te producirá tanto dolor como si una espada recién afilada te rajase por la mitad". La pequeña sirena, de Andersen. ¿Lo recuerda? "A cada paso que des te parecerá que pisas cuchillos afilados y que tus pies sangran". Yo lo recuerdo. Casi siempre en los cuentos las transformaciones se producen sin dolor, son instantáneas y completas. Pero esa cola de sirena que se resiste a dejar de serlo. Imagino que habrá habido multitud de interpretaciones sexuales para esa imagen, aunque creo que de niña no pensé en el sexo cuando escuchaba el cuento, y tampoco ahora. Pienso en el dolor de dejar de ser lo que se es, en cuánto puede durar.

Una espada de dos filos nos corta y luego, a cada paso, cada vez que las piernas se separan y los pies tocan el suelo, sentir que se pisan cuchillos afilados. Nunca nos duele tanto querer a alguien. La imagen de Andersen no deja de ser excesiva. Nunca nos duele tanto, pero nos duele. Porque un buen día hay un cuerpo a nuestro lado y comprendemos que si ese cuerpo desapareciera sería para nosotros una mutilación. Entonces damos un paso atrás. Como somos astutos y preservamos no nuestra autonomía, no nuestra libertad, no nuestras costumbres, no todo aquello que si de verdad quisiéramos podríamos en buena parte mantener aun entregándonos del todo. No. Damos un paso atrás y lo que preservamos es nuestra cola de sirena para que no se parta, para que no nos duela al caminar.


Belén Gopegui.

El lado frío de la almohada.

Con olor a madera

Tiene más de setenta años y tres infartos a cuestas, pero jamás hará caso de los médicos que le prohibieron el vino. Cuando cocina es capaz, todavía, de beberse medio litro, pero lo rebaja con casera, creyendo que con eso desafía a la muerte. Y mientras, emperejila, encebolla, macera... y prepara una salsa de cangrejos de río cuyo olor sigo recordando como si hubiera sido ayer cuando la probé por última vez y hace ya más de tres lustros. Su paella es la única que puedo comer: quizá porque fue la primera que llegó a mi boca y, desde entonces, todas las demás me parecen insulsas.

Le han retirado el carnet miles de veces, pero los policías del pueblo le conocen y, cuando le ven conduciendo su coche destartalado, para ir a pescar al pantano de Orellana o donde se le ponga en las narices, porque es terco como una mula, sólo mueven la cabeza y le recuerdan que algún día tendrá un susto, porque casi ni ve, aunque conozca las carreteras y los caminos de campo como nadie. Un día se cayó al canal, con su mujer, y desde entonces ella le tiene pánico al agua. Como en su época no existía el divorcio, la mortifica en cuanto puede llevándola por las orillas.


Guarda, además, miles de cuentos de los que valían a reales, algunas de cuyas historias podría contar ahora mismo sin saltarme un solo párrafo, porque él me descubrió el placer de los cómics con sus colecciones antiguas de Flash Gordon y El Hombre Enmascarado. Sus nietos le han pillado sin fuerzas ya, pero saben que deben aprovechar el tiempo que le quede, porque no hay mejor compañero de juegos ni nadie que disfrute más que él con las películas de dibujos animados y de monstruos extraños o con los relatos de amores imposibles.


Ganó dinero a espuertas, pero nunca le dio importancia y se lo robaron todo, menos su cabeza, que ahora flojea en ocasiones y no se acuerda de las citas importantes. Cuando éramos pequeños, mis hermanos y yo, pensábamos que se trataba de un simple carpintero, hasta que mi madre nos hizo notar que las carpinterías molientes no huelen a mádera de sándalo, a ébano de Egipto, ni a cedro del Líbano. Pero nunca dijo que se dedicaba a exportar y que confió en malos administradores, porque siempre le vimos construyendo puertas, mesas y armarios con paciencia infinita, y llevando serrín a los bares para limpiar los suelos en época de lluvias. Ya no hay bares con serrín y él se cortó cuatro falanges con una sierra grandísima y redonda, pero cuando fue al hospital y le vendaron la mano y le dieron cientos de puntos, comenzó a fraguar la leyenda de que las puntas de sus dedos habían desaparecido cuando luchaba con un león en las sabanas de África.

Aquel hombre afable que todos los domingos nos llevaba a buscar el Cangrejo de las Pinzas de Oro por los ríos de Extremadura, nos enseñó también a decir tacos como hostia puta, joío y la madre que te parió a la tierna edad de seis años y nos hablaba de política un bienio más tarde, cuando no entendíamos nada y seguimos sin entenderlo. Pero jamás encontró interlocutores más atentos, porque no todos los días se tiene la oportunidad de que te explique el mundo quien robó ámbar de ballena a los piratas de los Sargazos y quien descubrió los tesoros de todas las islas.


Ha tenido fieles compañeros, pero ninguno como una perra pastor alemán, llamada Pizquita, cuyo nombre han heredado todos los canes que le han seguido cuando murió de vieja y de lealtad. Me enteré un sábado, recién sucedido, y como nunca he tenido demasiadas lágrimas, pasé horas llorando a mi manera, sola en una ventana mientras mis amigos jugaban a los bucaneros, pensando en el mejor homenaje a ese animal hermoso que todos los años nos regalaba una camada de cachorros de los que jamás nos quedamos ninguno. Entonces prometí escribirle una historia, pero ahora sólo guardo su imagen frente a la puerta verde de la carpintería, a la que no sabría llegar porque hace demasiado tiempo que no la piso y a veces la memoria juega a su antojo con los recuerdos.

Pasamos meses enteros planeando un viaje a la Luna, cuando estuviera redonda y colorida, con una nave que pensamos real. Él sería el piloto, por supuesto, porque sólo él conocía el camino y podía sortear agujeros negros, meteoritos y galaxias. Mi hermano Nacho, el mayor, consiguió el título de primero de a bordo; yo me ocuparía del cuaderno de vuelo, para que te pases el día escribiendo, niña; y a mi hermano Antonio, que siempre fue su preferido porque era el más pequeño, le asignó el más ansiado: el de grumete.

Para comer, bastaban pastillas energéticas que luego se transformarían en lo que nuestros sueños ordenaran. Los trajes espaciales se los había encargado ya a una modista americana llamada NASA, que jamás vendría a probárnoslos porque la materia de la que estaban construidos los hacía ajustables a peso y altura. Sólo había un requisito: que, cuando volviéramos, más sabios y mejores porque habíamos salido del mundo, jamás le contáramos a nadie dónde habíamos estado, que hay lugares que sólo deben ser visitados por cierta gente. Leímos a Julio Verne para prepararnos y, cuando lo teníamos todo a punto, decidimos que queríamos comenzar por cinco semanas en globo o veinte mil leguas de viaje submarino.


Cuando crecimos y la imaginación se nos llenó de cine y de pantallas, nos dimos cuenta de que jamás había hablado de la guerra que vivió. Se construyó un mundo a su medida, y a la nuestra, mucho menos duro, con perros de porcelana en el poyete de la chimenea y un dálmata grande que no ladraba al que abrazar. Pasamos en su casa miles de horas activas, inventando juegos, levantando historias y dando rienda a los deseos. Los fines de semana le estaban dedicados, completamente, porque nadie como él para cuidar de la niñez y hacernos madurar a nuestro ritmo.

Ahora el relevo lo ha tomado su hija Lupe, igual de mal hablada que él, que parió un hijo con parálisis cerebral y que lo arregla todo a base de bofetadas de autoestima. Alejandro nació casi sordo y con la misma cara de gitano que su abuelo, como si el padre no hubiera tenido nada que ver en el asunto. Anda a trompicones, pero sonríe todo el rato y reacciona a los sonidos lentamente. Lupe aceptó lo que le vino en cuanto se lo pusieron en brazos y fue a psicólogos, logopedas y maestros mientras el alma se le hacía añicos e intentaba reconstruírsela de nuevo. Cuando necesita descansar, deja al niño en las mejores manos y se marcha tranquila, por unas horas. Mientras su madre se escandaliza y da voces en el salón, su padre obliga a Alejandro a ponerse de pie y le aplaude los progresos con cientos de besos cariñosos. Si Lupe abre la puerta, la recibe contándole historias exageradas, porque él ha visto a su nieto volar.

Cuando acabe su labor, tengo pendiente con él un viaje a la Luna...

A Antonio Peris

Una Excusa

Cada uno de nosotros sabe, al menos, un par de historias hermosas que desearía contar. La mía trata sobre la limitación. Continuamente me someto a pensamientos que creo reales por el puro placer de la palabra "imposible". La camuflo con la indisciplina, la falta de imaginación y la creencia en las musas. Aún más con todo lo que me queda por leer y con todo lo que no he aprendido todavía, con la insatisfacción constante. ¿Qué límite separa lo que sería de interés universal de lo que sólo tiene validez en la memoria de los más allegados? No lo sé y probablemente no lo sabré nunca.

Me enorgullezco de lo que leo más que de lo que escribo. Carezco de esa vanidad como carezco de la envidia. Ante personas como Stevenson, Tolkien, Shakespeare, Kipling o Kafka a mí sólo se me escapa un silbido. Es la conmoción más absoluta, la pregunta que siempre me ronda: cómo fue posible. Y no digamos ya cuando me enfrento a la poesía: a Pessoa, Lorca, Cortázar, Borges... o a aquellos que le eligen a uno, los que le acompañan, los libros que releemos compulsivamente una y otra vez, por tontos que parezcan o malos que sean. Me gustaría saber contar historias. Quizá, más bien, me gustaría inventar historias. Aunque los grandes temas ya se hayan tratado y sólo consiga exprimirlos de nuevo. ¿Cómo se hace para escribir un libro? Uno perdurable, quiero decir. Uno que reescriba el mundo de nuevo, que amplíe la visión de los demás, que les haga un poco más sabios y más inteligentes, que les lleve a amar, en definitiva, puesto que de eso se trata. La respuesta no incluye solamente trabajo y más trabajo, sino una buena dosis de genialidad, la conciencia de que es lo único que realmente puedes hacer. Tu manera de servir.

No sé si podré hacerlo nunca. No sé si la búsqueda de empleo y dinero, de un techo bajo el que dormir y de un plato caliente, y de ser buena en lo que hago, o quizá de que los demás crean que soy buena, me apartará de eso cuando aún no he comenzado. Hace siglos que sólo escribo cartas, pero los que me conocen opinan que me ven escribiendo más que ninguna otra cosa, y se convencen de ello, y a veces logran entusiasmarme a mí también, por más que les explique una y mil veces por qué no puedo. No puedo vivir las vidas de otros ni ser otros mientras me siga tomando tan en serio. Al final me consuelo pensando en algo que me descubrieron hace poco: Azorín no imaginaba. Contaba lo que veía. A lo mejor yo podría contar lo que veo también. De la manera en que llega a mí. Lo que ocurre es que no he visto muchas cosas. Analizo más que describo, pero sólo desgrano aquello que conozco bien. No los problemas de un país ni su funcionamiento interno. Quizá debería empezar por labores de documentación. La Historia. La que se cuenta y la que no. Lo que existe y lo que no existe. Los mitos, los cuentos, los elfos y las brujas. Las intuiciones que se producen cuando te roza un ángel: esa creatividad. Crear algo que parezca real, que sea tan real que ayude a comprender la realidad en la que nos movemos y, además, con algún tiempo de antelación. Es demasiado ambicioso. Otros lo lograron antes de que yo naciera y esa permanencia sólo se descubre después de siglos, cuando ya no importa porque ya no lo sabrás nunca. Supongo que la escritura es lo más hedonista que hay: un cumplimiento. Escribo porque siempre lo he hecho, por ninguna otra razón. Aún más: escribo para vivir más y de nuevo, para recordar, para repensarme y crecer, porque no sé existir de otra manera. Puedo pasar un mes sin la presencia de los que más amo, pero no sin un papel. Si esto no es determinante, no sé qué lo es, pero eso sólo no me basta. Y esta cualidad es la que lo hace difícil, el placer y el dolor unidos inextricablemente, el orgullo y la burla sobre lo que eres y lo que haces, todo a la vez. El acierto, la maravilla, la admiración y una desazón estúpida. El convencimiento de que, siendo más y sabiendo más, podría hacerlo mejor, y la certeza de que nunca sabré todo lo necesario y nunca seré todo lo que quiero. Acabar algo sabiendo que no le sobra una coma ni le falta nada, que está tal y como debe estar, que los pensamientos son los más certeros y las palabras, las más exactas. La insatisfacción estropeando lo que debería ser sublime si tuviera alas. Ésa es la historia de mi limitación: una excusa.

A Jandro, en 1996.

Tenía veinte años. Diez años más tarde, no ha cambiado nada.

domingo, 4 de febrero de 2007

Ansia en Plaza Francia











Encerrado en mi torre de marfil,
la soledad del cuarto del hotel,
bajo el peso de mi propia ley perdí,
mi propia ley que es roce de tu piel.

Esperándote con ansia en plaza Francia,
la fragancia de tu rosa en mi pellejo,
que no pude borrar en cuatro días,
malditas despedidas, me están volviendo viejo.

En el ropero dejé la campera de cuero,
ahora soy un torero retirado de los ruedos.
Mi dinero me lo gasto en elegancia,
esperándote con ansia en plaza Francia.

En mi cárcel de cristal, te espero,
más allá del bien y del mal, te quiero.

Con mi tarjeta dorada no me puedo comprar nada,
el amor no se puede pagar.

Saco pecho y camino por el techo,
otra vez va a ser mejor comprarlo hecho al amor.

Andrés Calamaro
Me he acordado de ti.

domingo, 28 de enero de 2007

La Balada del Café Central

Hay cierta clase de gente que sólo sale por la Alameda y que la visita cuando quiere sentirse en casa. Hay prostitutas rubias de bote que enseñan las tetas a las siete de la tarde y esperan billetes para espantar el mono, y gorrillas que lanzan litronas para luchar por un terreno que no es suyo ni es de nadie. Están la estatua del maestro Caracol y el bullicio puntual del mercadillo, y la gente se ríe y habla, y hay espacio donde encender un fueguito, tocar el djembé, fumarse unos porros como un rito antiguo, detener el tiempo. Hay días en los que el cielo se te cae trozo a trozo y esa Alameda cabrona e inhóspita, comprometida y acogedora, es el único lugar donde todo se derrumba y se reconstruye, una y otra vez.

El Café Central tiene tres puertas por donde se cuela el frío, y mesas de máquinas de coser para calmar los nervios con el traqueteo. Es uno de los pocos bares de Sevilla donde una puede ponerse a escribir sin que la miren ni le pregunten y hay gente que va sola pidiendo tranquilidad y compañía, porque la soledad sigue siendo hermosa y terrible cuando se espera a alguien que te salve de la soledad y porque toda despedida es una traición si no dura siempre. Yo llegué hace años, me llevó un amigo regalabares callado que se transformó. Ahora hay allí una camarera menudita que lee 'Hamlet' en sus ratos libres, Shakespeare comprado en una librería de viejo, y que te sonríe mientras tú emborronas páginas y esperas. Y una morenaza de pelo largo y labios preparados para la risa, que sortea bailando a los compañeros y que pregunta si ya han llegado los amigos.

Los bares la escogen a una como la escogen quienes van al lado, bares para espantar el miedo, para huir de la lluvia, para reencontrarse. Bares que son capaces de engañar a esta sociedad prejuiciosa y conservadora, donde acuden gays y heteros haciendo rancho común, como si realmente estuviera cerca el día en que todos fuéramos capaces de 'entender' un poco mejor. El Café Central toca sus horas de retirada y los minutos de lucha por llegar a la barra o pillar una mesa y se escucha a Lenny Kravitz y a La Unión, que me traslada a los acantilados de plata de Aguadú en esta Sevilla que no tiene mar.

En el Café Central también hay un camarero de jueves a domingo, un tipo moreno, de pelo corto, fibroso y de nariz aguileña, del que ni siquiera sé el nombre pero que siempre acude salvo cuando no es su día. Tiene una camiseta roja de Spiderman, el Spidey de los viejos tiempos, con el uniforme antiguo, el Trepamuros de mi niñez que aún no tenía una hija que le sustituyera y que malvivía haciendo fotos para un periódico de jefe gruñón. Debe de tener buen gusto si le gustan los cómics, pero sólo he intercambiado con él las palabras "enchilada roja, Coca-Cola y Marqués de Cáceres", porque el oficio de periodista nos está volviendo alcohólicos a todos. Él también sonríe y consigue alegrarte la noche, aunque esté oscura y se tambalee, aunque el camino esté trazado y tú debas regresar y despedirte.

La Balada del Café Central sólo puede cantarse desde la distancia, bares que son otra ciudad, a unos pocos cientos de kilómetros, en un lugar que no elegiste y con locales asépticos sin camareros que sonríen, y sin mesas con gatos y sin algunas caras a las que quisieras ver más a menudo. Se entona bajito, sin conversaciones en corro, sin humo de hachís, sin aroma de vino, sin cuadros de caballos, sin amigos cerca. Esos amigos que esperan verte caminar de nuevo por la Alameda, de nuevo en casa.

sábado, 27 de enero de 2007

Nadie dijo que fuera fácil

Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.

Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.

Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.

El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.

Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.

Arturo Pérez Reverte.

Gracias, señor.

viernes, 26 de enero de 2007

Instantes

Hay alguien que regresa a una ciudad que no fue suya del todo, pero sí un poco suya, para poder cerrar las puertas. Un hombre perdido que recoge a su pareja de años en una estación, pero al que le gustaría dormir con otra. Una mujer, o una niña, que espera que se abra una ventana para poder ser tierna con alguien a quien no puede nombrar. Un duende que disfruta de la nieve en Asturias y lo escribe para que otros lo veamos. Una amiga suya que regresa a Granada y siente las mismas ganas de llorar que yo sentí cuando pisé las calles de Sevilla el fin de semana pasado. Cientos de mujeres poderosas que discuten sobre el feminismo en Mérida y que sí tienen presencia: Nadia Nair, Isel Rivero, Dolores Juliano, Rosa Cobo, Helena Taberna. Un hombre que planea un fin de semana con una mujer de la que no está enamorado, pero con la que se casó. Y una mujer, o una niña, que piensa en tenerlo dentro de su cama otra vez cuando sale en coche a trabajar, a diario.

sábado, 6 de enero de 2007

Manuel Prados, jesuita

Era pequeñito, tenía la espalda hecha cisco y se levantaba a las seis de la mañana para llevar café a un grupo de sintecho que andaba por Sevilla, prostituyéndose y drogándose. Estudió tres carreras. Era jesuita, así que eso no es nada extraño. Ni lo uno ni lo otro.

Creó una comunidad de gente muy distinta. Un atracador de bancos, un homosexual, un reprimido, alguna niña pija, una texana, algún loco. Me mostró la íntima significación de los ritos. Intentó impedir un suicidio, sin conseguirlo. Nos reuníamos en la casa de la Compañía de Jesús, en su capilla, para la Misa. Y era una Eucaristía viva, de colegas, de guitarras, de mucho hablar, de mucho reír. Con un cáliz y un cuenco de porcelana, que le regaló Luis, ceramista, para sustituir a los de madera porque en esa casa no hubo lujos nunca, pero queríamos que fueran también algo nuestro.

Recuerdo a Amanda danzando, con sus zapatillas rosas de ballet, durante la ofrenda, ante un altar y nosotros en corro. Recuerdo a Caja cantar conmigo canciones de Almudena, de Pueblo de Dios. Recuerdo a Manuel Hidalgo agarrándome la mano fuertemente. A José Ramón abrazándome y dando discursos de lo que pensaba y de lo que sentía a todas horas. Y a Pruden, cuando apareció por allí más gordo, sin heroína en el cuerpo, y me dijo, en aquel salón, que le quedaría poco tiempo de vida, que el sida ya se sabe, pero que iba a vivirla bien. Y yo sólo podía abrazarle y zarandearle y decirle, una y otra vez: "qué bien estás, tío. Pero qué bien estás". Recuerdo a Iván y Adrián, a Fernando, a Nani, a Laura... y la voz de ese hombre menudo mirándome a los ojos para decirme: "Cada día cantas mejor". Y sus artículos, sus anécdotas sobre María (el pueblo de Granada, no la Virgen), su fe ("Creo, por eso a veces también dudo"). Su manera de escribir, y de narrar. Y su forma de abrazarme, con las manos en los hombros, porque yo le sacaba la cabeza y porque él casi no podía mover los brazos, ni las piernas.

Era bueno. En el mejor sentido de la palabra bueno.

Y yo le quería.

Ayer me llegó un mensaje de Fernando. El día seis, a las ocho de la tarde (no podré estar) será la Misa por el padre Prados. La nuestra. El día ocho, también en El Gran Poder, la que realizarán sus amigos. Ha muerto.

Con la fe, perdí también otras muchas cosas. Pero hoy me he descubierto buscando una canción, con un nudo en el estómago...


No te pude ver.


No te pude ver, te retiré la mirada;
no eras de mi fe, ni de mi forma de pensar.
Huí de tu hambre, tu miedo y tu agonía.
Tú estabas delatando mi pobre y falso amor.
Y, con ternura, me hiciste ver qué es el amor. Y pensé:

Te buscaré en las calles al pasar.
Me encontraré contigo en quien no espere.
Y, al vivir la vida que me des,
nunca será ajena a ése que halle.

Te pediré que sepa unirme a ti
en cada ser que el mundo ha despreciado.
Y jamás se me podrá olvidar
que, en todos, Dios, presente y vivo está.

Te buscaré en las calles al pasar...

Brotes de Olivo.

PD: Sé feliz con tu Dios, que también fue el mío.

jueves, 4 de enero de 2007

Bajo una pequeña estrella




Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.
Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.
Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.
Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria.
Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado
por alto a cada segundo.
Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo
el primero.
Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.
Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.
Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco
de un minué.
Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño
a las cinco de la mañana.
Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.
Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.
Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,
inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,
absuélveme, aunque fueras un ave disecada.
Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.
Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas
respuestas.
Verdad, no me prestes demasiada atención.
Solemnidad, sé magnánima conmigo.
Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.
No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.
Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.
Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos,
cada una de ellas.
Sé que mientras viva nada me justifica
porque yo misma me lo impido.
Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas
y que me esfuerce después para que parezcan ligeras.


Wislawa Szymborska
Versión en español de Abel A. Murcia

lunes, 1 de enero de 2007

2007

Comienzo a contar el año en otoño y así no se me olvida lo que ocurrió. O por ciudades. Desde junio, en Mérida. Pero antes, ya no recuerdo en qué fechas, en Melilla, Almería, Granada, Sevilla intermitente, temporadas en Madrid... Mi 2006 empezó en junio, trabajando. Antes se desdibuja, salvo algún reportaje para la GEO, divertido y estimulante. El 2007 llega con nueva gente, o con vieja que se muda de ciudad (bienvenida, Sonia) y con amores antiguos, entusiasmos, retos.

Hace mucho que no le escribo una carta a los Reyes, en la única época en que me vuelvo monárquica a ultranza. Sigo pidiendo, me temo, lo mismo que hace seis años (siete: siete ya). Una manta para los días de frío; un poco de esperanza (si es que algún día descubro qué es), muchas risas; ver más a los que están lejos, o sentirlos cerca; descubrir nuevos ojos; que sigan caminando conmigo esos pies; poder abrazar a alguien a quien nunca he abrazado (aunque ahora sean dos "alguien" y no sólo uno, como aquella vez); que siga la buena racha en el trabajo -esto es, Virgencita que me quede como estoy-.

Lo que si sé es lo que habrá. Habrá, los domingos, cafés con Raquel, María y Joaqui. Las citas con Pupe y Cuqui. Viajes a Sevilla, de vez en cuando, para ver a Maricarmen. Propósitos de ir a Granada más a menudo. Calorcito de amigos. Cotidianeidad pura y dura, momentitos. Risas. Supongo, espero, que ningún llanto, porque hace mucho que no lloro y tampoco tengo edad ni salud para berrinches, aunque no podría firmarlo. Habrá conflictos que no sabré gestionar, como siempre. Y obsesiones. Y amor. Y viajes. Y alguna maleta donde guardar lo que no quiere ser perdido.