martes, 6 de junio de 2006

Eres deseo, proyecto y búsqueda. Aún no has nacido. Eso significa que falta aún mucho para que comiencen a multiplicarse células y más células en un cuerpo que no será tuyo pero que acabará formando lo que quiera que seas. El cómo seas dependerá de ti: no sólo de ti, desde luego, pero de ti también: de lo que vivas, del concepto que tengas (de tus padres, de tus amigos, del mundo). Lo único que sé de ti son tus posibles nombres (que no se te olvide nunca: nombrar algo es poseerlo). No conozco nada más. No puedo contarte tu historia. Pero sí voy a narrarte la suya.

La llamarás mamá y para ti sólo será eso. Y cuando, dentro de quince años, año arriba año abajo, veas a sus amigos, que te reñirán como si te hubieran parido ellos, pensarás que no tienen ni idea: que a ti no te queda nada por aprender, que pasarás el resto de tu vida con las rentas de esa primera década y media. Pero no voy a hablarte de lo que sabrás: eso corre de tu cuenta. Lo único que podemos hacer nosotros es ponerte en la mano unos cuantos libros y algunas palabras que te sonarán viejas.

Prometí contarte una historia. Lo hice una vez, con una niña que ahora tiene seis o siete años (quizá ocho, hace mucho que no la veo salvo en fotografías: de lo puto que es el dinero, o su falta, ya te darás cuenta tú): le hablé de su padre. A su padre y a tu madre los conocí por la misma época, en el mismo sitio de la misma ciudad. Ha pasado más de una década, así que podría decirte que la he visto crecer. O que he crecido con ella. O que nos hemos crecido mutuamente.

Para ti será mamá. No será hermana, no será hija, no será amiga (no lo será: los padres nunca son amigos). Así que hasta que no seas muy mayor desconocerás ciertas cosas: algunas no las sabrás nunca y no sé si es mejor que sea así. Pero, ahí donde la ves, o la verás, estricta (porque lo será y me partiré de risa cuando la vea), disciplinada, metódica... tendré que contarte que esa mujer conduce como una macarra, tenía un miedo atroz de lo que yo pudiera decirle cuando me contó (hoy: cuando me ha contado hoy) que te estaba buscando (y aun así he sido la primera en saberlo) y se ha liado la manta a la cabeza más veces de lo que quizá tú lo hagas nunca (si eres hombre: si eres mujer, lo mismo la superas).

Quizá sí sepas que me pacifica y que me hace reír. Y que me mira de un modo que me hace imposible ocultarle nada (a mí, que sólo cuento lo contable). Que la he buscado siempre que las fuerzas han fallado (porque fallan muchas veces) y que ha estado pendiente en todo momento. Quizá sí conozcas su tremenda implicación con la gente a la que ama y que la ama (somos unos cuantos, desperdigados por el mundo), cómo nos protege y nos mima. Pero, como serás su hijo y a los hijos hay que domesticarlos, también conocerás un genio que yo me he salvado mucho de sufrir. Váyase lo uno por lo otro: lo otro es que se levantará por las noches en cuanto te oiga respirar medio milisegundo más desacompasado de lo normal; que no dormirá si tienes fiebre o hace frío y que tampoco dormirá después, cuando no sepa lo que te ocurre, ni con quién andas, ni con qué clase de persona perderás la virginidad. Ni mucho después tampoco, cuando decidas vivir con alguien o vivir solo; cuando te rompan el corazón una y mil veces; cuando lleguen los desengaños, las traiciones y las dudas. Le deberás muchas horas de sueño, tú, y eso no se lo podrás pagar nunca, salvo con tu reconocimiento y con tu lealtad.

Y no es porque te haya dado la vida, y una educación y un futuro y... No es por eso, o no es sólo por eso. Se trata también de que puedas, algún día, reconocer lo que ella es. La alegría vital de esa mujer a la que verás mayor, de la que pensarás que no entiende lo que te ocurre o que de estos temas con mi madre no se puede hablar. Es triste eso: que quizá no llegues a descubrir que su comprensión es más grande que su miedo. Y que lo puede todo y que cuando no ha sido capaz, los demás hemos recogido los pedazos, los hemos recompuesto como buenamente hemos podido y aquí paz y después gloria. Y que un día llegó tu padre y le recuperó el brillo en los ojos, la risa y las ganas.

Por eso cuando veo a ese hombre paciente, que llena la casa de galletas, chocolate y bebidas cuando yo voy, como si fuera fiesta grande, siento alivio. Porque supo llegar y supo quedarse y supo hacer más. El mundo se compone de pequeños gestos: una mirada, una historia de amor, un beso en la boca, emborracharte con tus amigos, viajar, construir espacios. De eso nace la gente. Y por eso sobrevive.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Creo que voy a ser egoista. Me tienes que volver a regalar una columna...

arwen dijo...

no soy anónima, soy yo

dooddle dijo...

Pues e sun texto muy bonito, aunque no acabo d eentender su significado plenamente. las fotos también están muy bien. me ha gustado lo que he leído :)

UnaExcusa dijo...

Es que una de mis mejores amigas está buscando tener un niño y eso es lo que yo le escribo al futurible, para cuando sea mayor y lo lea.