jueves, 18 de agosto de 2005

Cadáveres en el armario

Cada uno tiene su propia historia de miedos, de complejos y de creencias absurdas. Cada cual guarda sus cadáveres en el armario, muertos que los demás no entienden y pensamientos que no se narran por destructivos. Vamos como barcazas sin viento, encontrando a gente con las mismas heridas ocultas, intentando sanar lo que no podemos, escuchando terrores, manteniendo prejuicios, eligiendo a quienes nos acompañan durante un rato que se vuelve eterno mientras dura. Siendo dependientes a ratos, rechazando el contacto, tocando y abrazando lo inasible. Levantamos barreras que nos tiran, puentes que nos separan, espacios que nos alejan. Mantenemos los secretos bien guardados, contando lo narrable, sin desnudarnos más que a solas, para que no se nos olvide cómo hacerlo. Nos comunicamos sin palabras, nos protegemos atacándonos. Nos reímos de nosotros mismos, con una crueldad aplastante, tan sólo como una forme de defendernos de las burlas ajenas, que no llegan nunca, o que acaso sí llegan y no nos cogen preparados.
Todo eso no nos fue dado sin más al nacer. Lo aprendimos a base de relacionarnos con otros miedos iguales, que se hicieron uno con los nuestros. Personas que son sólo un puntito en la memoria, porque los verdaderos, quienes te enseñaron a quererte cuando consiguieron que te vieras con sus ojos, tomaron algunos de tus temores y los destruyeron pacientemente, con una violencia casi ingenua.
De vez en cuando, uno se pone al borde del camino para que la gente lo vea y se acerque, porque intuye que sólo con una de las personas que pasen por allí puede recuperar parte de su historia, hasta que aprenda a aceptarla y a saber que no sólo es lo que le ocurre. Se rememora de nuevo lo quqe nunca se quiere contar, los sucesos avergonzantes sobre los que no tuvimos ningún control, pero que se han vuelto cicatrices absurdas. Comenzamos a andar de nuevo, gracias a ese ejercicio que consiste en confiar pese a las traiciones. Y descubrimos que tenemos pasado sobre todo, pero no pese a todo, y que el futuro es incierto, claro, aunque habrá que pelearlo en compañía, como siempre.

2 comentarios:

Palmiralis dijo...

Creo que sabría reconocer tus palabras entre una multitud y yo te debo miles de palabras y de abrazos....

Wagnerganger dijo...

Viernes 9 de mayo de 2008

Cadáveres en el armario

Cada uno tiene su propia historia de miedos, de complejos y de creencias absurdas. Cada cual guarda sus cadáveres en el armario, muertos que los demás no entienden y pensamientos que no se narran por destructivos. Vamos como barcazas sin viento, encontrando a gente con las mismas heridas ocultas, intentando sanar lo que no podemos, escuchando terrores, manteniendo prejuicios, eligiendo a quienes nos acompañan durante un rato que se vuelve eterno mientras dura. Siendo dependientes a ratos, rechazando el contacto, tocando y abrazando lo inasible. Levantamos barreras que nos tiran, puentes que nos separan, espacios que nos alejan. Mantenemos los secretos bien guardados, contando lo narrable, sin desnudarnos más que a solas, para que no se nos olvide cómo hacerlo. Nos comunicamos sin palabras, nos protegemos atacándonos. Nos reímos de nosotros mismos, con una crueldad aplastante, tan sólo como una forme de defendernos de las burlas ajenas, que no llegan nunca, o que acaso sí llegan y no nos cogen preparados.
Todo eso no nos fue dado sin más al nacer. Lo aprendimos a base de relacionarnos con otros miedos iguales, que se hicieron uno con los nuestros. Personas que son sólo un puntito en la memoria, porque los verdaderos, quienes te enseñaron a quererte cuando consiguieron que te vieras con sus ojos, tomaron algunos de tus temores y los destruyeron pacientemente, con una violencia casi ingenua.
De vez en cuando, uno se pone al borde del camino para que la gente lo vea y se acerque, porque intuye que sólo con una de las personas que pasen por allí puede recuperar parte de su historia, hasta que aprenda a aceptarla y a saber que no sólo es lo que le ocurre. Se rememora de nuevo lo quqe nunca se quiere contar, los sucesos avergonzantes sobre los que no tuvimos ningún control, pero que se han vuelto cicatrices absurdas. Comenzamos a andar de nuevo, gracias a ese ejercicio que consiste en confiar pese a las traiciones. Y descubrimos que tenemos pasado sobre todo, pero no pese a todo, y que el futuro es incierto, claro, aunque habrá que pelearlo en compañía, como siempre.